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3.1.26

La arena de los relojes hizo revivir al desierto

 


El desierto amaneció desnudo de sí mismo. No tenía arena, que es como decir que no tenía memoria. Era un vasto territorio de huesos minerales, de costillas de sal y grietas donde antes había habido tiempo. El viento pasaba sin rozar nada, como una frase mal terminada. Allí el horizonte no prometía, sólo repetía.

Los mapas lo seguían llamando desierto por inercia, pero era más bien un error geográfico, una ausencia con nombre propio. Las dunas habían emigrado siglos atrás, cansadas de ser contadas por los pasos y los soles. Lo que quedó fue un silencio tan exacto que dolía.

Un día, aunque “día” es una concesión al lenguaje, comenzaron a llegar los relojes de arena. No los traía nadie. Simplemente aparecían, como aparecen las certezas tardías. Algunos estaban rotos, otros aún latían con ese pulso mínimo que tiene la gravedad cuando se vuelve íntima. Los relojes se abrían solos, y la arena, al caer, no medía el tiempo: lo devolvía.

Cada grano era un segundo arrepentido, un minuto que quiso quedarse, una tarde que no se atrevió a terminar. Al tocar el suelo, la arena no se amontonaba: recordaba. Y al recordar, se multiplicaba. Las grietas se llenaron de instantes, las planicies de horas perdidas, las hondonadas de años que nunca se dijeron adiós.

El desierto empezó a respirar.

Las dunas regresaron con la forma de antiguas preguntas. El viento aprendió a escribir de nuevo. El sol, sorprendido, redujo su arrogancia y se volvió más justo. Allí donde cayó la arena de un reloj olvidado en una mesilla, brotó una duna melancólica; donde se volcó la de un reloj heredado, nació una colina grave, solemne como un apellido.

Cuando el último reloj se vació, el desierto estaba completo. No era fértil, pero era pleno. No ofrecía agua, pero sí sentido. Comprendió entonces que la arena no era materia, sino duración triturada; que el tiempo, para existir, necesita caer en algún sitio.

Desde entonces, el desierto no avanza ni retrocede.

Simplemente permanece, hecho de segundos acumulados, vasto y sereno, recordándonos que incluso lo más estéril puede salvarse si el tiempo decide, por una vez, no huir, sino quedarse.

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