Ambrosio Fernández no nació en Madrid. Nació en Talavera de la Reina, en una casa donde el reloj del salón sonaba demasiado fuerte y las discusiones se hablaban en voz baja, que es peor. Su padre era mecánico; su madre, costurera. En casa había dos normas claras: se trabaja, y no se queja uno mucho, que siempre hay alguien peor. Ambrosio no fue mal estudiante, pero tampoco brillante. Era de esos chavales que observaban más de lo que hablaban. Le gustaba desmontar cosas. No para arreglarlas. Solo para entender por qué demonios funcionaban.
Descubrió la óptica casi por accidente. Un verano, trabajando en una tienda de gafas de un primo lejano, vio algo que le marcó para siempre: una señora probándose gafas, viéndose por primera vez bien en años… y llorando. Ahí pensó: Hostia… ver bien es medio vivir. Estudió lo justo, trabajó mucho, y a los 24 años se vino a Madrid con una maleta, cien mil pesetas y la convicción de que iba a sobrevivir por puro cabezonismo.
Llegó a la calle Capitán Blanco Argibay en 1999, cuando el barrio ya era mezcla, ruido, vida y cableado imposible. El local que encontró estaba medio muerto. Antes había sido una tienda de ultramarinos, un videoclub y una asesoría que duró lo que dura un yogur abierto en agosto. Ambrosio lo vio y dijo: Bueno… peor no puede ir. Siempre decía eso. Nunca aprendía.
Firmó el alquiler. Pintó él mismo las paredes. Durmió tres meses en un colchón detrás del gabinete porque no llegaba para piso. Y poco a poco, la óptica empezó a ser de barrio. No de franquicia. No de centro comercial. De barrio.
Ambrosio se casó joven. Demasiado joven. Su ex mujer, Laura, quería estabilidad, ascensos, vida ordenada. Ambrosio quería pagar facturas y que la óptica no cerrara. El divorcio fue limpio. Sin guerra. Sin odio. Solo cansancio. No tuvieron hijos. Ambrosio decía que con mantener viva la óptica ya tenía criatura suficiente. Su madre murió en 2012. Su padre en 2018. Ambrosio heredó dos cosas: un reloj que ya no funciona y la costumbre de seguir aunque no apetezca.
En Capitán Blanco Argibay, Ambrosio no estaba solo. Youssef, del locutorio, le arregló la persiana gratis cuando se rompió. Mei, del bazar, le fía pilas y cinta adhesiva desde hace quince años. Rafael, repartidor dominicano con sonrisa eterna, le trae comida cuando Ambrosio trabaja doce horas seguidas. Cuando Ambrosio volvió del “casi muerto”, Rafael dijo:
—Coño, loco, ni la muerte quiere pagar gafas.
Youssef añadió:
—Hermano, si te mueres, avisa, que cierro el locutorio y voy al funeral.
Mei, más seca pero igual de clara, sentenció:
—Usted no morir. Usted cabezota.
El barrio, mientras tanto, nunca se quedaba quieto. Una inmobiliaria buitre llevaba tiempo intentando comprar el edificio. Prometían modernizar la zona. Ambrosio traducía: nos quieren echar con sonrisa. Dos portales más abajo había un narcopiso. Ambrosio no se metía, pero veía cosas. Y pensaba que allí el que sobrevive no es el más fuerte. Es el que sabe cuándo mirar para otro lado. Y luego estaba la soledad invisible. Vecinos mayores que venían “a graduarse”… y en realidad venían a hablar. Ambrosio les hacía revisión gratis si veía que necesitaban compañía más que gafas. Decía que el aislamiento social no lo cubre la Seguridad Social, pero debería.
Aquel lunes, la calle amaneció con su gris habitual, mezcla de nubes, humo de bares y exhaustos camiones de reparto. Ambrosio levantó la persiana a las nueve en punto. El metal chirrió como si también odiara los lunes. La gente de Tetuán ya estaba en la calle. Abuelos bajando a por pan, repartidores maldiciendo portales sin ascensor, niños mirando con cara de sospecha a los desconocidos. La óptica olía a limpieza industrial, café barato y perfume barato de los vecinos que entraban a curiosear.
Primero entró Youssef. —Ambrosio, hermano, otra vez veo doble.
—¿Has dormido? —preguntó Ambrosio.
—Tres horas.
—No es la vista. Es la vida, Youssef.
Después, Mei con su habitual eficiencia: —Señor Ambrosio, necesito gafas para cerca, para lejos y para clientes pesados.
—Para lo último aún no han inventado lentes.
Y luego Rafael, repartidor dominicano: —Ambrosio, ponme unas gafas que me hagan ver a mi ex más fea.
—Eso no es óptica. Eso es milagro.
A las 10:42, mientras ajustaba unas varillas, Ambrosio sintió un pinchazo. Miró al espejo del gabinete, luego al escaparate donde la calle seguía su ritmo: la señora gritando al teléfono, un niño llorando porque no quería ir al cole, un repartidor maldiciendo su ruta. Y pensó: Bueno… si hay que palmar, al menos aquí hay ambiente. Cayó entre un expositor de monturas y un cartel optimista que prometía “ver la vida mejor”.
Cuando abrió los ojos, no vio Tetuán. Vio una sala blanca, con sillas incómodas y una máquina de turnos. Pantalla: “Turno 203 — Gestión de almas ordinarias”. —Ni muerto me salto la cola —murmuró.
En la ventanilla, un ángel con cara de administrativo de Hacienda en campaña de renta le pidió nombre y profesión. —Barrio —añadió Ambrosio. El ángel levantó la vista. —Ah… zona con carácter. —¿Qué día es hoy? —preguntó Ambrosio. —Lunes. Ambrosio suspiró. —Pues sí que empiezo bien la semana.
El ángel volvió con un error administrativo. —Ambrosio… hay un error. —Siempre lo hay. —Te hemos traído antes de tiempo. —¿Mucho antes? —Bastante. —¿Tengo que volver a Tetuán? —Sí. —¿Y a trabajar? —Sí. —Bueno… peor sería volver un domingo por la tarde.
Despertó en la ambulancia. Sirena, luz azul. Tetuán pasando por la ventanilla: los bares, los kebabs, los portales con historia. —¿Dónde estamos? —Tetuán. —Vale… sigo en el mundo real entonces.
Desde entonces, Ambrosio trabaja igual que antes. Ha puesto una silla extra en la óptica. Para clientes, vecinos, quien necesite sentarse un rato y no pensar. Y repite a quien quiera escuchar: la vida es como unas progresivas mal hechas. No ves bien ni de cerca ni de lejos. Pero tiras. Y cada mañana, al subir la persiana en Capitán Blanco Argibay, piensa: sigo vivo. El barrio sigue vivo. De momento, empate técnico con la muerte.

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