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6.2.26

Manual de supervivencia ante la turra cósmica (o cómo asentir mientras tu mente huye a otra galaxia)


Siempre me ha pasado, mucho, casi a diario: alguien empieza a hablarte con la mejor de las intenciones, noble como un cachorrito, y tú arrancas escuchando de verdad. Atento. Responsable. Ciudadano ejemplar. Pero entonces llegan la segunda frase, la tercera, la subordinada que depende de otra subordinada que a su vez recuerda un antecedente de 1997 en algún pub de la calle John Lennon… y algo en tu interior hace clic.

No es brusco. No es violento. Es una huida elegante. El cerebro se levanta despacio, coge el abrigo y se va sin hacer ruido.

Primero asientes. Luego asientes sin saber por qué. Y, de pronto, atraviesas un umbral invisible y entras en una dimensión paralela, extrasensorial y muy tuya, donde reflexionas sobre asuntos realmente importantes: si cerraste bien la puerta de casa, por qué cojones prestaste aquel libro en 2009, a quién, y si esa persona sigue viva o finge no verte por la calle para no devolvértelo.

Mientras tanto, la otra persona sigue. Sigue mucho. Sigue con pasión, con entusiasmo, con matices, con ejemplos innecesarios y una pequeña digresión que promete ser breve pero acaba teniendo varias temporadas. Y tú ahí, prisionero de una turra cósmica, un rollo patatero de categoría olímpica que ni te va ni te viene, pero que queda feísimo interrumpir. Porque somos educados. O cobardes. O ambas cosas, que suele ir junto.

Así que activas el kit de supervivencia social: mirada seria, ceja levemente fruncida (la ceja del “esto es profundo”), un “claro, claro” colocado con precisión quirúrgica, algún “sí, total” lanzado al azar, y un asentimiento grave, de persona que entiende la vida… aunque no tenga ni idea de lo que se está hablando.

Y todo va más o menos bien hasta que aparece el enemigo final, la pregunta trampa, el jefe de fase:—“¿Me estás siguiendo, verdad?”

Ahí el tiempo se detiene. Porque sabes que no. Sabes que hace rato que no. Sabes que tu cuerpo está ahí, pero tu mente está en otra galaxia, flotando entre recuerdos inútiles y pensamientos existenciales de saldo. Pero sonríes. Asientes otra vez. Educado. Digno. Fingiendo una conexión que se rompió hace veinte minutos y tres incisos.

Y piensas: qué maravilloso es el ser humano, capaz de ausentarse mentalmente sin moverse del sitio.

Porque sí, no escuchamos…pero qué bien disimulamos.

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