Se habló en este blog de...

4.5.26

La rotonda de José Antonio

 


Hay personas que pasan por la vida sin hacer ruido, con esa discreción antigua de quienes no necesitan levantar la voz para dejar huella. Hombres buenos, amables, educados hasta en la manera de estrechar una mano, jubilados que parecen haber entrado en esa edad serena donde el tiempo ya no se mide por relojes, sino por pequeñas ilusiones aún pendientes. Así era José Antonio.

Lo recuerdo inclinado sobre una mesa, hace ya un par de años, con esa mezcla de pudor y entusiasmo que sólo tienen quienes enseñan un sueño muy íntimo. Delante de nosotros, una maqueta a escala cuidadosamente elaborada: la entrada a Mérida convertida en una carta de presentación digna de su historia, una rotonda presidida por la reproducción de un monumento romano, como si la ciudad quisiera anunciar desde el primer kilómetro que allí sigue latiendo Roma bajo cada piedra.

José Antonio pasaba la mano sobre aquella maqueta con la ternura con la que se acaricia algo vivo. Había pensado cada detalle, cada proporción, cada perspectiva. No era un simple capricho urbanístico; era una declaración de amor a su ciudad. Me habló de su intención de presentarlo al Ayuntamiento, de mover papeles, de tocar puertas, de insistir cuanto hiciera falta. En sus ojos había esa luz infantil que a veces regresa en la vejez: la de quien todavía cree que una idea hermosa puede abrirse paso entre la burocracia y la indiferencia.

Luego pasó el tiempo, como pasa siempre, con su desorden de semanas y de meses. Dejé de verlo. Uno piensa que ya habrá ocasión, que un día cualquiera volverá a coincidir con esa persona amable que siempre estaba ahí, en algún rincón de la rutina, y que retomará la conversación justo donde quedó suspendida.

Pero no.

Hace poco me llegó la noticia de su muerte. No sé si fueron unos meses o acaso un año; la memoria, cuando recibe ciertos golpes, pierde la exactitud y sólo conserva el vacío. Y de pronto aquella maqueta regresó a mi pensamiento con una nitidez dolorosa: José Antonio señalando con el dedo la rotonda soñada, explicando dónde iría cada columna, cada arco, cada piedra reproducida con mimo de artesano.

Y sentí una tristeza extraña, no sólo por el hombre que ya no está, sino por ese sueño que quizá se quedó huérfano sobre una mesa, cubriéndose de polvo en alguna habitación silenciosa.

Cuántos proyectos mueren dos veces: primero cuando fallece quien los imaginó, y después cuando nadie recoge el testigo.

Por eso quiero pensar, y casi pedirlo en voz alta, que algún hijo, algún nieto, algún familiar, encuentre entre sus cosas aquella maqueta, aquellos planos, aquellas notas escritas con letra paciente, y comprenda que allí no hay únicamente cartón, medidas y dibujos. Allí hay una ilusión. Allí sigue latiendo José Antonio.

Sería hermoso que alguien tomara ese legado y lo llevara hasta donde él quería llevarlo. Que llamara a la puerta del Ayuntamiento con la misma esperanza con la que él la hubiera llamado. Que presentara el proyecto no como una simple propuesta ornamental, sino como el último deseo civil y silencioso de un hombre enamorado de Mérida.

Tal vez entonces, algún día, quienes entren en la ciudad vean alzarse en una rotonda esa reproducción romana sin saber siquiera la historia que guarda. Y sin embargo, en cada coche que aminore la marcha para contemplarla, en cada visitante que sonría al verla, estaría cumpliéndose algo mucho más profundo que una obra pública.

Estaría cumpliéndose el sueño tardío de un hombre bueno que no llegó a verlo.

Y hay sueños que, precisamente porque sus dueños ya no están, merecen más que nunca ser construidos.

No hay comentarios: