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28.9.26

Oleksandr



Muy de cuando en cuando, hay personas que entran en nuestra vida con la discreción de quienes llegan de puntillas y se marchan casi sin dejar ruido. Personas con las que apenas compartimos unos días, unas cuantas conversaciones entrecortadas, algún gesto de complicidad y quizá un café. Y, sin embargo, cuando desaparecen por la puerta, queda la sensación extraña de haber conocido durante un instante una historia mucho más grande que nosotros.

A Oleksandr lo conocí en una habitación del Hospital Universitario Torrecárdenas, en Almería. Tenía sesenta y cinco años y una presencia que, incluso en la fragilidad de una cama hospitalaria, resultaba inconfundible: era alto, delgado, de ojos claros y escaso pelo, aunque uno podía imaginar que, muchos años atrás, aquel cabello había sido rubio. Tenía el rostro sereno, ligeramente marcado por la edad y por esa expresión de desconcierto que a veces tienen quienes se encuentran de pronto en un lugar que no han elegido y cuya lengua desconocen por completo.

Para mí, además, aquel ingreso tenía un significado especial. A mis 53 años, era la primera vez que pasaba por la experiencia de estar ingresado en un hospital. Hasta entonces, los hospitales habían sido lugares a los que uno acudía, pero de los que siempre terminaba saliendo unas horas después. De repente, una habitación, una cama, los horarios de las comidas, las visitas de los sanitarios y ese lento discurrir de las horas se habían convertido en mi nueva realidad. Quizá por eso la presencia de Oleksandr me impresionó todavía más. En medio de mi propia circunstancia, descubrí que al otro lado de la habitación había otro hombre afrontando su propia incertidumbre, con una historia que apenas podía contarme.

Oleksandr era ucraniano.

Y no sabía una sola palabra de español. Tampoco de inglés.

Aquello convirtió algo tan sencillo como preguntarle cómo se encontraba en una pequeña aventura lingüística. El personal sanitario recurría al Google Translate para intentar comunicarse con él. Nosotros hacíamos lo mismo. Las frases pasaban de una lengua a otra a través de la pantalla de un teléfono, como si aquel pequeño rectángulo luminoso fuera, durante unos días, un improvisado puente entre dos mundos.

Pero había cosas que no necesitaban traducción.

Su mano izquierda no funcionaba bien después del ictus que había sufrido. Necesitaba ayuda para algunas tareas que, en otras circunstancias, cualquiera realizaría sin pensar: abrir el envoltorio de una pastilla, rasgar el sobre del descafeinado del desayuno, manejar algún pequeño objeto. Eran gestos insignificantes, casi ridículos en su sencillez, pero en aquella habitación adquirían una dimensión distinta. Porque cuando el cuerpo nos traiciona, incluso abrir un sobre de café puede convertirse en una tarea para la que necesitamos las manos de otro.

Y Oleksandr necesitaba, sobre todo, compañía.

No sabemos demasiado de su historia. Apenas conseguimos reconstruir algunos fragmentos. Llevaba viviendo en Almería unos dos años. No parecía tener a nadie cerca. Durante los días que coincidimos en aquella habitación no recibió ninguna visita. Apenas hablaba por teléfono con alguien. Su mundo parecía reducirse a aquella cama, sus pocas pertenencias y un teléfono móvil que, de vez en cuando, iluminaba su rostro.

Y sus pertenencias eran sorprendentemente escasas.

Un pantalón corto de deporte. Unas zapatillas. Un polo.

Eso era prácticamente todo lo que tenía consigo.

Aquello nos hizo preguntarnos muchas cosas.

¿De dónde venía exactamente? ¿Había llegado a España buscando trabajo? ¿Qué circunstancias lo habían llevado hasta Almería? ¿Tenía una casa, una habitación, un pequeño apartamento? ¿Qué clase de vida llevaba antes de aquel ictus? ¿Había dejado familia en Ucrania? ¿Hijos? ¿Hermanos? ¿Amigos? ¿Alguien que supiera que estaba ingresado en aquel hospital?

Nos preguntábamos también qué ocurriría cuando cruzara de nuevo la puerta del hospital.

Porque el alta médica resuelve una parte del problema, pero no necesariamente la vida que espera al otro lado.

Pensábamos en él caminando solo por Almería, con una mano que todavía no respondía como antes y con una lengua que no era la de las calles que lo rodeaban. Nos preguntábamos si tendría a alguien que lo ayudara, si sabría desenvolverse, si podría comprar comida, acudir a una farmacia, pedir ayuda o simplemente contarle a alguien que tenía miedo.

Eran preguntas que no podíamos responder.

Así que, ante la imposibilidad de ofrecerle grandes soluciones, le ofrecíamos pequeñas cosas.

Algún café de la máquina expendedora del pasillo.

Un gesto. Una mano. Una sonrisa.

A veces, la solidaridad no tiene grandes discursos. Tiene la forma humilde de un vaso de café.

Los días fueron pasando y aquella extraña convivencia hospitalaria fue creando una familiaridad que no necesitaba palabras. Nos entendíamos mediante gestos, miradas, pantallas de teléfono y esa especie de lenguaje universal que aparece cuando dos desconocidos comprenden que, por encima de sus países, sus idiomas y sus historias, están compartiendo la misma vulnerabilidad.

Hasta que llegó el día del alta.

Oleksandr debía marcharse y necesitaba ayuda para vestirse. Le ayudé.

Y quizá fue entonces cuando comprendí que, en realidad, habíamos compartido mucho más de lo que parecía.

No habíamos tenido conversaciones profundas. No conocíamos nuestras historias. Ni siquiera podíamos hablar directamente. No sabía qué libros había leído, qué música escuchaba, qué había amado, qué había perdido, qué sueños había dejado atrás en Ucrania o qué motivos lo habían llevado a escoger Almería como lugar para vivir.

Pero habíamos compartido una habitación.

Y, en un hospital, eso puede ser suficiente para que un desconocido deje de ser completamente desconocido.

Cuando llegó el momento de marcharse, utilizamos una vez más el traductor del teléfono. Oleksandr quiso decirme que quería ser agradecido con aquella persona que había sido amable con él.

Y entonces me entregó su cargador de móvil.

Le pregunté si realmente no lo necesitaba.

Me dijo que no.

Era un objeto sencillo, probablemente de poco valor. Pero en aquel momento aquel cargador pesaba mucho más que cualquier cosa que pudiera comprarse con dinero. Era su manera de devolver algo. De decirme, en la única lengua que podíamos compartir, que había recibido un gesto y quería responder con otro.

Después dijo algunas palabras en ucraniano.

No entendí ninguna, salvo una.

Дякую.

Diákuio.

Gracias.

Yo escribí en el traductor:

«Suerte, Oleksandr. Que la vida te trate bien».

Leyó la pantalla.

Me miró.

Y se despidió con un gesto amable.

Después salió de la habitación.

Y desapareció por el pasillo.

No sé dónde estará ahora Oleksandr.

No sé si regresó a aquella casa que imaginábamos solitaria. No sé si alguien lo esperaba. No sé cómo transcurrieron sus primeros días después del alta. No sé si recuperó la movilidad de su mano izquierda. No sé si consiguió continuar con su vida en Almería o si aquel episodio fue el comienzo de un regreso a Ucrania, de un cambio de ciudad o de cualquier otro camino que ahora mismo resulta imposible imaginar.

Tampoco sé si volveré a verlo.

Probablemente no.

Y quizá esa sea una de las cosas más extrañas y hermosas de la existencia: la cantidad de personas que conocemos durante unos minutos, unas horas o unos días y que, sin embargo, dejan en nosotros una pequeña huella.

La vida está llena de encuentros así.

Llegamos a un hospital pensando que estamos allí por nuestra propia historia, por nuestra propia enfermedad, por nuestro propio miedo. Y de pronto compartimos habitación con alguien que viene de otro país, que habla otra lengua, que ha vivido una vida de la que apenas conocemos unas pocas líneas y que, sin embargo, durante unos días forma parte de nuestra cotidianidad.

Un hospital tiene esa capacidad de desnudar la condición humana.

Allí desaparecen muchas de las cosas con las que normalmente construimos nuestras diferencias. Importan menos las fronteras, los trabajos, las cuentas bancarias, los idiomas, las ideologías, las ciudades de nacimiento o los caminos que cada cual ha recorrido. Allí estamos, esencialmente, reducidos a lo que somos cuando todo lo accesorio desaparece: alguien que tiene miedo, alguien que necesita ayuda, alguien que espera que otro le acerque un vaso de agua, que le abra un sobre, que le explique qué va a ocurrir mañana.

Oleksandr me recordó algo que quizá olvidamos demasiado a menudo: que la humanidad no necesita traducción.

Podíamos hablar con Google Translate, pero también podíamos hablar con una sonrisa. Podíamos escribir frases en una pantalla, pero también podíamos entendernos cuando uno ayudaba al otro a ponerse una camisa. Podíamos desconocer por completo nuestras historias y, aun así, comprender algo esencial de ellas.

Él había llegado desde Ucrania hasta Almería.

Yo había llegado allí por mis propias circunstancias.

Durante unos días, nuestros caminos se cruzaron en una habitación de hospital.

Después volvieron a separarse.

Eso es la vida: una sucesión de encuentros y despedidas, de personas que llegan cuando menos las esperamos y se marchan antes de que tengamos tiempo de preguntarles todo aquello que nos habría gustado saber.

Quizá por eso sigo pensando en Oleksandr.

Porque detrás de aquel hombre alto y delgado, de ojos claros, con su escaso pelo rubio y aquella mano izquierda inmóvil, había una historia entera que nunca llegué a conocer. Una historia que probablemente contenía amor, pérdidas, decisiones, viajes, ilusiones, errores, miedo y esperanza. Una historia tan grande como la de cualquiera de nosotros.

Y, sin embargo, para mí quedará asociada para siempre a algo mucho más sencillo: un sobre de descafeinado que no podía abrir, un café de máquina, una pantalla de teléfono iluminada con palabras traducidas y un pequeño cargador que quiso regalarme como pago imposible por una amabilidad que, sinceramente, no creo que mereciera ningún precio.

Quizá no fui yo quien hizo algo extraordinario.

Quizá lo extraordinario fue que dos desconocidos, separados por miles de kilómetros, por una lengua y por dos vidas completamente distintas, pudieran encontrarse durante unos días en el lugar menos deseado del mundo y reconocerse, aunque fuera brevemente, como compañeros de viaje.

Cuando pienso en aquel momento de su despedida, me gusta imaginar que Oleksandr siguió caminando por Almería.

Que salió del hospital.

Que respiró el aire cálido de la tarde.

Que levantó la mirada hacia el cielo mediterráneo.

Y que, de alguna manera, encontró fuerzas para continuar.

Porque hay personas a las que apenas conocemos y, aun así, deseamos sinceramente que les vaya bien.

Oleksandr es una de ellas.

Y quizá eso sea también una forma de cariño.

No saber nada de alguien y, sin embargo, esperar que la vida sea buena con él.

Suerte, Oleksandr. Que la vida te trate bien.

Y que, allá donde estés, alguien vuelva a abrirte un sobre de café cuando tus manos no puedan hacerlo.

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