Entre velas que titilan con calma y olor a cera quemada,
el velo del tiempo se vuelve ligero y llega la madrugada.
Es el Día de los Difuntos, la noche en que el alma abriga
la memoria sagrada de aquellos que dio la vida.
Hoy cruzan el puente invisible los pasos que ya no están,
los nombres que el viento nombra y el tiempo no borrará.
Vienen en susurros de brisa, en la sombra de un rincón,
a habitar de nuevo el templo de nuestro propio corazón.
Mis amados que se marcharon, guiados por la quietud,
Vosotros que fuisteis faro, refugio, risa y virtud:
no hay distancia que apague el fuego que en el pecho arde,
ni olvido que gane al tiempo antes de que llegue la tarde.
Vosotros vivis latentes en cada gesto y en cada flor,
en el eco de una palabra y en el rescoldo del amor.
Aunque sus manos ya no toquen ni se escuche su cantar,
su luz sigue siendo el puerto a donde siempre he de volver a recordar.
Descansen en paz, queridos, en la luz eterna y la calma,
que mientras yo tenga memoria, vivirán dentro de mi alma.
