Se habló en este blog de...

29.1.26

El evangelio según la oreja a la plancha

 


La oreja no se pide.

La oreja se invoca.

Aparece en el plato

como un animal mitológico:

brillante, grasienta,

crujiente por fuera,

obscena por dentro.

No es comida.

Es una amenaza al orden mundial.

Mientras el mundo se llena de gente que cuenta calorías

como quien cuenta pecados,

tú llegas, oreja inmoral,

a recordarnos que la vida

no se mide en años

sino en bocados indecentes.

La oreja no entiende de normas,

ni de nutricionistas,

ni de coaches emocionales.

La oreja entiende de ajo,

de cerveza fria

y de bares donde la servilleta

sirve para limpiarte la boca

y firmar tratados filosóficos.

Cada mordisco es un delito menor.

Cada crujido es una blasfemia.

Cada gota de grasa es un manifiesto político

contra el mundo limpio, light y correcto.

Que venga el sushi con su estética de laboratorio.

Que venga el poke con su falsa espiritualidad.

Que venga el brunch con su colonialismo de huevo poché.

La oreja se ríe.

La oreja escupe.

La oreja manda.

Porque Madrid no se explica con museos,

ni con palacios,

ni con discursos.

Madrid se explica

con una barra pegajosa,

un vaso de cerveza o vermú 

y una oreja a la plancha

que te mira desde el plato

como diciendo:

—Cómetela, cobarde.

Y tú te la comes.

Y en ese instante

comprendes algo terrible y hermoso:

que la civilización es una mentira,

que el fascismo es una p#ta mierda,

y que la única verdad

es esta:

ajo, grasa, pan y gloria.

Que se hunda el mundo.

Que ardan las dietas.

Que lloren los gurús del bienestar.

Mientras haya un bar abierto,

una plancha encendida

y una oreja dispuesta a chisporrotear,

Madrid no caerá.

27.1.26

El idioma de la lluvia


Lleva semanas lloviendo. No es una lluvia cualquiera, sino una sucesión de borrascas que llegan sin pedir permiso, como si el cielo hubiera decidido no conceder treguas. Las nubes se relevan unas a otras con la disciplina de un ejército antiguo, y el agua cae con una perseverancia que ya no sorprende, pero sí transforma.

Así es también la vida. Hay temporadas en las que todo parece estable, luminoso, casi sencillo. Y, de pronto, algo cambia: una pérdida,una decepción, una noticia inesperada. Entonces empieza a llover. Primero con timidez, luego con furia, y después con esa lluvia fina y constante que cala sin hacer ruido. Cuando crees que la tormenta ha pasado, otra borrasca asoma en el horizonte.

Las calles mojadas se parecen a la memoria: reflejan luces que ya no existen, pasos que ya no están, voces que se han ido. Los charcos son como las preguntas que no supimos responder, y el viento, ese viento obstinado, recuerda que nada permanece quieto demasiado tiempo.

Pero incluso en los días más grises hay algo que resiste.

Un árbol que no se rinde, una ventana encendida, el olor a tierra mojada que anuncia que, bajo el barro, la vida sigue trabajando en silencio. La lluvia, aunque parezca castigo, es también una forma de limpieza, una manera de preparar el mundo para algo nuevo.

Quizá los avatares de la vida sean eso: borrascas necesarias. No llegan para destruirnos, sino para obligarnos a mirar de otro modo, a caminar más despacio, a comprender que después de tanta agua,siempre, inevitablemente, vuelve la luz.Y entonces, cuando el cielo se abre por fin, comprendemos que no éramos más débiles, sino más hondos.

26.1.26

La noche inexplicable

 


A comienzos de los años ochenta, cuando España aún aprendía a pronunciarse a sí misma en voz alta, un hombre caminaba por el arcén de la carretera como quien recorre una frase inacabada. Llevaba una mochila ligera, un abrigo gastado y esa mirada indefinida de quienes viajan sin más equipaje que la intuición. Hacía autoestop, como se hacía entonces: con el pulgar erguido y la esperanza discreta de que el mundo todavía fuera hospitalario.

La noche de enero había caído con una claridad casi metafísica. El frío era seco, limpio, sin humedad, y el cielo, despejado, parecía una bóveda de cristal donde las estrellas ardían con una nitidez antigua. La carretera paralela al Mediterráneo, una cinta de asfalto entre huertos, pueblos dormidos y la sombra lejana del mar respiraba un silencio interrumpido apenas por el rumor de algún motor lejano.

Fue un camión quien se detuvo.

Era un Pegaso de cabina cuadrada, color azul desvaído, con los laterales marcados por la herrumbre y el polvo de mil rutas. En la parte trasera, bajo una lona tensa, viajaban cajas de naranjas, alcachofas, tomates y lechugas, como si el invierno hubiera confiado al camión su reserva secreta de vida. El motor ronroneaba con una gravedad casi animal, y el interior olía a gasóleo, tabaco negro y fruta madura.

El camionero se llamaba Manuel Sánchez, aunque todos lo conocían como Manolo el Murciano. Tenía cuarenta y siete años, manos grandes, curtidas por el volante y el sol, y un rostro en el que el cansancio no había logrado borrar una cierta bondad esencial. Había nacido en un pueblo de la huerta murciana, cerca de Orihuela, en una casa donde el agua de las acequias y el olor a tierra húmeda eran parte de la educación sentimental. Estaba casado con Carmen, costurera a tiempo parcial y administradora absoluta de la economía doméstica, y tenía dos hijos: un muchacho de diecisiete años que empezaba a soñar con irse a la ciudad y una niña de diez que aún creía que su padre podía con todo.

—Sube, hombre, que esta noche no está para paseos —dijo Manolo, con esa mezcla de hospitalidad y prudencia que caracterizaba a los españoles de entonces.

Mientras avanzaban hacia el norte, la radio del camión desgranaba coplas antiguas y noticias de una democracia todavía frágil, todavía nerviosa. En los pueblos que atravesaban, las luces amarillas de las farolas dibujaban sombras alargadas sobre fachadas encaladas, bares cerrados y plazas desiertas. España era entonces un país en tránsito: entre el miedo y la esperanza, entre el campo y la ciudad, entre la memoria de lo que había sido y la intuición de lo que quería ser.

Hablaron de cosas sencillas: de carreteras, de precios, de la vida que se iba poniendo difícil. Manolo hablaba con un acento suave, con frases largas, como si cada palabra tuviera que ganarse el derecho a existir.

Fue cerca de la costa, en un tramo donde la carretera se abría al horizonte marino, cuando ocurrió.

Primero fue una luz, alta, inmóvil, demasiado blanca para ser una estrella. Luego otra, y otra más, formando una especie de triángulo imperfecto. No parpadeaban como los aviones, ni se movían como los satélites. Flotaban, suspendidas en el aire, con una quietud inquietante.

Manolo redujo la velocidad sin darse cuenta.

—¿Tú ves eso? —preguntó, con una voz que ya no era del todo firme.

El viajero asintió. Durante unos segundos, ninguno de los dos habló. El motor del Pegaso seguía su ritmo obstinado, pero el mundo parecía haberse detenido. Las luces se desplazaron lentamente, sin ruido, describiendo un arco imposible, y luego se desvanecieron, como si nunca hubieran existido.

Manolo encendió un cigarrillo con manos ligeramente temblorosas.

—En esta carretera se ven cosas raras —murmuró—. Pero yo llevo veinte años en esto… y algo así, no.

Continuaron el viaje en silencio. El frío seguía siendo el mismo, el cielo seguía siendo claro, la carretera seguía extendiéndose hacia Barcelona como una promesa lejana. Pero algo había cambiado: en el interior del camión, entre cajas de fruta y conversaciones truncadas, se había instalado la sensación de que el mundo era más grande, más misterioso, de lo que ninguno de los dos había querido admitir.

Y mientras el Pegaso avanzaba por la noche española, el hombre que hacía autoestop comprendió que aquel viaje no lo recordaría por las ciudades ni por las palabras, sino por ese instante en que, en medio de una España que despertaba, el cielo había parecido abrirse para mostrar un secreto antiguo, reservado solo a quienes se atreven a mirar.

21.1.26

Dante entre los sabios del Limbo


En los primeros compases de La Divina Comedia, cuando el lector aún se está habituando al mapa moral y simbólico del Infierno, Dante detiene el paso para ofrecernos uno de los episodios más delicados y reveladores de todo el poema: el Limbo. No es un lugar de alaridos ni de castigos corporales, sino un territorio de silencio digno, donde el sufrimiento adopta la forma más sutil y, quizá por ello, más conmovedora. Allí, la poesía se vuelve reflexión, homenaje y también confesión.

El Limbo, primer círculo del Infierno, alberga a las almas virtuosas que vivieron antes de la revelación cristiana o que, sin culpa propia, no conocieron la fe. No padecen tormentos físicos ni están sometidas a castigos espectaculares; su pena es otra, más abstracta y más profunda: la privación eterna de la esperanza. Es una tristeza serena, contenida, que no se expresa en lamentos, sino en la conciencia lúcida de un límite infranqueable.

Dante describe este lugar como un espacio suspendido, casi ajeno al Infierno mismo, donde la dignidad humana se conserva intacta. Es el reino de la razón en su forma más alta, pero también el testimonio de su insuficiencia última sin la luz divina.

Guiado por Virgilio, Dante avanza hacia un castillo rodeado por siete murallas y un arroyo defensivo. La arquitectura simbólica no es casual: esas murallas representan las virtudes morales e intelectuales que sostuvieron a los grandes espíritus de la Antigüedad. El castillo no es una fortaleza bélica, sino un bastión del pensamiento humano, un recinto donde la nobleza del entendimiento ha encontrado su morada eterna.

En su interior no reina el caos, sino una calma solemne. No hay sombras degradadas, sino figuras reconocibles, erguidas, conscientes de su valor. El Limbo, en este punto, se transforma en una suerte de academia ideal, donde el pasado dialoga consigo mismo.

Es allí donde aparecen Homero, Horacio, Ovidio y Lucano. No entran en escena como espectros anónimos, sino como autoridades vivas de la tradición literaria. Homero, “el poeta soberano”, abre el cortejo; los demás lo acompañan con la gravedad de quienes saben que su palabra ha modelado siglos.

Al ver a Dante, no lo rechazan ni lo observan con distancia. Al contrario, lo acogen. Virgilio ya plenamente integrado entre ellos lo presenta como uno de los suyos. Y en ese gesto, aparentemente sencillo, se produce uno de los actos más audaces de toda la obra: Dante es admitido simbólicamente en el canon clásico.

No se trata de vanidad gratuita. Dante no se proclama heredero por arrogancia, sino por conciencia histórica. Sabe que su poesía nace de esa tradición, que su lengua vulgar bebe del latín, y que su ambición literaria no puede comprenderse sin esos maestros. Al ser recibido entre ellos, se establece una continuidad: la poesía no muere con las épocas, se transforma.

Sin embargo, el momento está atravesado por una melancolía profunda. Estos hombres, admirables en su sabiduría y su arte, están condenados a no ver jamás la luz divina. Han alcanzado lo máximo que la razón humana puede ofrecer, pero ese máximo no basta para la salvación.

Dante contempla esta paradoja con una mezcla de orgullo y compasión. Orgullo, por sentirse digno heredero de una tradición inmensa; compasión, por comprender que incluso la excelencia intelectual tiene un límite infranqueable. El Limbo se convierte así en un espejo: refleja la grandeza del ser humano y, al mismo tiempo, su fragilidad última.

El episodio del Limbo no es solo un homenaje a los poetas y pensadores de la Antigüedad, sino una meditación profunda sobre la relación entre razón, arte y fe. Dante construye un espacio donde la inteligencia humana es honrada sin reservas, pero también situada en su justa medida. La poesía, en La Divina Comedia, se revela como puente entre mundos: une el pasado clásico con la cosmovisión cristiana, la lengua antigua con la nueva, la admiración con la conciencia del límite.

Por eso el Limbo es uno de los pasajes más humanos del poema. No hay en él crueldad ni estridencia, sino una dignidad triste, casi estoica, que nos recuerda que la sabiduría ilumina, pero no salva; que el arte eleva, pero no redime. Y en ese delicado equilibrio, Dante nos ofrece no solo una escena inolvidable, sino una de las reflexiones más altas sobre el destino del pensamiento humano.

15.1.26

Debajo de una alfombra de hojas secas

 


Debajo de una alfombra de hojas secas

duermen los pasos que no dimos,

las palabras que llegaron tarde

y los nombres que el otoño pronunció en voz baja.

Allí quedó la tarde intacta,

con su luz dorada y cansada,

como una promesa que no exigía nada

salvo ser recordada.

El viento pasa página

y el tiempo aprende a ser leve.

Nada se pierde del todo:

solo cambia de forma.

Porque debajo de una alfombra de hojas secas

late aún la semilla,

paciente,

esperando la lluvia justa

para volver a decir primavera.

14.1.26

El breve tribunal del anochecer

 


Al final del día existe un territorio mínimo y casi sagrado: esos cinco minutos en los que uno se sienta, por fin, y deja que el tiempo afloje su nudo. No es descanso todavía, es balance. La conciencia pasa lista con una cortesía severa: lo que fue digno de gratitud, lo que dolió, lo que se dijo mal, lo que no se dijo nunca.

En ese breve recogimiento, el día pierde su ruido y se vuelve materia pensable. Lo bueno no suele ser grandioso. Suele ser leve, casi humilde, una frase justa, una mirada que sostuvo, un silencio que no hizo daño. Lo malo, en cambio, pesa más de lo que ocupa, y se presenta con la obstinación de lo que pide ser entendido antes que olvidado.

Pensar el día no es juzgarlo, sino escucharlo. Es aceptar que no todo estuvo a la altura de lo que uno cree ser, y aun así concederse el derecho a continuar. Es ahí, en esa pausa discreta y sin testigos, donde el individuo se reconcilia con su imperfección y con su esfuerzo. Y quizá por eso esos cinco minutos, tan breves y tan invisibles, son una de las formas más honestas de sabiduría cotidiana.

12.1.26

El último refugio

 


En 1972, cuando España aún respiraba en blanco y negro y los pueblos parecían suspendidos fuera del tiempo, llegó a la Alpujarra un hombre que no figuraba en ningún padrón ni reclamaba pasado alguno. Se hacía llamar Don Francisco, y alquiló una casa de muros encalados en lo alto de un barranco, donde las parras se agarraban a la piedra como si también temieran caer en el olvido.

Nadie preguntó demasiado. En la Alpujarra, la discreción es una forma de cortesía.

Francisco había nacido en 1898, en Granada, hijo único de un notario liberal y de una madre enfermiza que le enseñó a leer antes que a rezar. Estudió Filosofía y Letras, frecuentó tertulias, escribió versos que jamás publicó y amó con la intensidad torpe de quien cree que el tiempo es inagotable. La Guerra Civil lo sorprendió aún joven, incrédulo y vulnerable. Perdió amigos, perdió la fe en las palabras y aprendió a sobrevivir con el silencio.

Su conversión no ocurrió en España.

Fue en 1943, en una ciudad centroeuropea bombardeada y nocturna, cuyo nombre se le había ido borrando como un mal recuerdo que insiste en regresar. Allí trabajaba como traductor para una organización humanitaria. Una noche, durante un apagón, siguió a un hombre herido hasta el sótano de un edificio en ruinas. Creyó ayudarle. Nadie le había enseñado a reconocer el hambre antigua.

El mordisco fue casi un gesto de misericordia. El dolor, breve; la transformación, lenta y cruel. No hubo ataúdes ni rituales románticos: solo fiebre, alucinaciones, una lucidez insoportable y la certeza de haber sido expulsado definitivamente del tiempo humano.

Cuando despertó, el mundo seguía en guerra. Él también.

Durante años vagó por ciudades donde la noche tenía demasiados testigos. Aprendió a alimentarse sin matar, pero cada gesto era una derrota moral. La sangre le devolvía la fuerza, nunca la paz. Conservó, como una maldición, la memoria intacta: recordaba el olor de los libros, el tacto del papel viejo, el sabor del café, el cansancio dulce del amor después de la madrugada.

—La eternidad, pensaba, es una forma refinada del castigo.

Detestaba los espejos no por superstición, sino porque no le devolvían preguntas. Había dejado de envejecer, pero seguía acumulando remordimientos. Veía morir a quienes amaba. Asistía, impotente, a la decadencia de los ideales que habían sostenido su juventud. El mundo cambiaba; él permanecía, como una errata persistente en la historia.

España, en los años sesenta, se le apareció como un refugio improbable: un país donde el tiempo avanzaba a trompicones, donde la noche aún era oscura y los pueblos conservaban el pudor de no mirar demasiado. La Alpujarra, en concreto, le ofreció algo esencial: altura, silencio y una relación honesta con la sombra.

Eligió Lanjarón, un pueblo encajado entre montañas, donde las campanas marcaban las horas como si aún importaran. Allí podía caminar al anochecer sin levantar sospechas, justificar su palidez con una supuesta enfermedad y su soledad con un pasado que nadie se atrevía a indagar.

Vivía de rentas antiguas y de traducciones esporádicas. Leía a Machado, a Unamuno, a San Juan de la Cruz y a Federico, amigo y confidente, buscando en ellos una forma aceptable del dolor. A veces, al amanecer, se sentaba en el umbral de su casa y observaba cómo el sol empezaba a iluminar Sierra Nevada, sin tocarlo. Esa frontera diaria entre la luz y su cuerpo le parecía la metáfora más precisa de su existencia.

En las noches más claras, Francisco se permitía recordar. Pensaba en la mujer a la que no envejeció junto a él, en los amigos enterrados sin lápida digna, en la vida sencilla que habría tenido: un trabajo modesto, una biblioteca, un hijo al que enseñar a leer.

—No me duele no morir, se decía. Me duele no vivir del todo.

Jamás atacó a nadie del pueblo. Se alimentaba lejos, en caminos solitarios, con una ética frágil pero firme. Sabía que su redención no estaba en la salvación, sino en el límite.

Algunos vecinos cañoneros decían que Don Francisco nunca aparecía de día y que sus ventanas permanecían siempre entornadas. Otros aseguraban que, cuando hablaba, lo hacía con una tristeza antigua, como si viniera de otra época. Nadie sospechó la verdad, porque la verdad, a veces, resulta excesiva incluso para la superstición.

En 1972, mientras España comenzaba a intuir que algo estaba a punto de terminar, un vampiro contemplaba las montañas desde su casa blanca, preguntándose si la eternidad también podía agotarse.

Y por primera vez en décadas, deseó no desaparecer, sino ser perdonado.

9.1.26

El último guardián de las portadas

 


Cada mañana, a las seis y media en punto, Julián levanta la persiana metálica de su quiosco como quien abre una capilla en ruinas. El chirrido es siempre el mismo, un lamento breve que se mezcla con el rumor de la ciudad despertando: los primeros autobuses, algún repartidor somnoliento, el zumbido constante de un mundo que ya no necesita papel para existir.

Es 2026 y Julián sigue vendiendo periódicos.

El quiosco resiste en una esquina discreta, encajado entre una cafetería de cápsulas y una tienda de móviles que cambia de nombre cada año. Sobre el mostrador, los diarios impresos se apilan con una dignidad casi anacrónica. Son pocos. Demasiado pocos. Antes, recuerda, había que reponer a media mañana; ahora, a veces, el fajo regresa intacto al distribuidor, como una carta que nadie quiso abrir.

Lo que más echa de menos son los fines de semana. Hubo un tiempo en que los sábados y domingos eran una fiesta silenciosa: los periódicos deportivos volaban. La gente llegaba temprano, todavía con el eco del partido en la garganta, buscando confirmación, polémica, una portada que justificara la alegría o el enfado. El papel olía a tinta fresca y a derrota ajena. Julián sabía, sin mirar el reloj, cuándo había ganado el equipo local.

Hoy, los resultados se conocen antes de que acabe el encuentro. Las polémicas se consumen en directo, trituradas por tertulias infinitas y notificaciones urgentes. El deporte, como casi todo, se ha vuelto inmediato y evanescente. Ya nadie necesita esperar al día siguiente para leer lo que ya ha olvidado.

Las revistas han ido desapareciendo una a una, sin estridencias. Primero las de música, luego las de cine, después las de viajes, hasta quedar reducidas a un par de títulos que sobreviven más por romanticismo editorial que por ventas reales. Los cómics, antaño refugio de niños y adultos, ocupan ahora una balda estrecha, como un recuerdo mal doblado. Las manos jóvenes ya no hojean; deslizan.

Julián recuerda con especial melancolía las colecciones por fascículos. Aquella liturgia semanal de promesas: enciclopedias imposibles, vajillas que nunca se completaban, barcos en miniatura que exigían paciencia y fe. Había algo profundamente humano en ese compromiso a largo plazo, en la espera, en la construcción lenta de algo que solo tenía sentido si se perseveraba. Hoy todo llega entero o no llega; no se monta, se descarga.

A veces entra algún cliente habitual, casi siempre mayor, que compra el periódico más por costumbre que por necesidad. Hablan del tiempo, de la política, ya sin sorpresa, de cómo todo va demasiado rápido. Julián cobra, da las gracias y observa cómo se alejan con el diario bajo el brazo, como si llevaran un objeto frágil, consciente de su rareza.

Cuando el quiosco queda vacío, Julián mira las portadas con una mezcla de orgullo y resignación. Sabe que pertenece a una estirpe en extinción, a una forma de mediación entre el mundo y la gente que ya no se considera necesaria. Antes era un nodo de información, hoy es casi una nota a pie de página.

Sin embargo, cada mañana vuelve. Coloca los periódicos con esmero, alinea las revistas supervivientes, limpia el cristal del expositor. No lo hace por negocio, hace tiempo que dejó de serlo, sino por lealtad. Al papel, a la tinta, al gesto de pasar página. A la idea, quizá ingenua, de que leer despacio todavía importa.

Julián no odia lo digital. Sabe que el mundo no retrocede. Pero echa de menos el peso de las cosas, su duración, la certeza de que algo existe mientras lo sostienes entre las manos. En 2026, vender periódicos es casi un acto de resistencia, una forma modesta de recordar que hubo un tiempo en que la actualidad no cabía en un bolsillo y que la información, como la vida, dejaba manchas en los dedos.

Y mientras quede alguien que compre un periódico, aunque sea por nostalgia, Julián seguirá levantando la persiana cada mañana, convencido de que hay derrotas que merecen ser defendidas.

8.1.26

Giotto di Bondone: el instante en que la pintura aprendió a mirar al ser humano

 


Cada 8 de enero la historia del arte nos invita a detenernos en Florencia, no tanto para mirar una ciudad como para comprender un giro decisivo en la forma de mirar el mundo. En esa fecha, en 1337, fallecía Giotto di Bondone, un creador que no solo cerraba una vida, sino que abría definitivamente una época. Pintor y arquitecto del Trecento, Giotto es una de esas figuras raras que marcan un antes y un después: con él, el arte occidental comienza a abandonar la rigidez simbólica medieval para acercarse, por primera vez, a la experiencia humana.

Su nombre está inseparablemente unido a la Capilla Scrovegni, o Capilla de la Arena, en Padua, uno de los ciclos pictóricos más extraordinarios de la historia. Allí, entre 1304 y 1306, Giotto desarrolla un lenguaje nuevo, radical para su tiempo, que muchos historiadores consideran el verdadero punto de partida de la pintura moderna. No se trata solo de una mejora técnica, sino de una transformación profunda: el espacio adquiere coherencia, los cuerpos peso, y los rostros emoción.

Dentro de ese conjunto se encuentra La resurrección de Lázaro, una escena tomada del Evangelio de San Juan que Giotto convierte en un drama humano de intensidad contenida. Cristo aparece ordenando el milagro con un gesto sereno y firme, mientras Marta y María, hermanas del difunto, se arrodillan a sus pies en una mezcla de fe, dolor y esperanza. A la derecha, Lázaro emerge aún envuelto en vendas funerarias, sostenido por otros personajes que participan activamente del acontecimiento. La piedra del sepulcro, desplazada por dos figuras en primer plano, subraya el instante exacto de la transición entre la muerte y la vida.

Lo verdaderamente revolucionario no está solo en lo que se narra, sino en cómo se narra. Los testigos del milagro reaccionan de maneras diversas: asombro, incredulidad, temor. Algunas mujeres se cubren el rostro para protegerse del olor del cadáver, un detalle tan cotidiano como audaz para la época. El cuerpo de Lázaro, aún rígido, comienza a mostrar signos de vida en los ojos entreabiertos, mientras el paisaje del fondo, unas montañas simples pero eficace, introduce una sensación de profundidad inédita en la pintura medieval.

Giotto rompe definitivamente con el hieratismo bizantino: sus figuras ya no son símbolos estáticos, sino seres que sienten, miran y ocupan un espacio real. Cada gesto tiene intención, cada mirada establece una relación. En ese tránsito del siglo XIII al XIV, el artista florentino inaugura una nueva manera de entender la imagen: ya no como mero vehículo de lo sagrado, sino como espejo de la condición humana.

Quizá por eso, más de siete siglos después, sus frescos siguen interpelándonos. Giotto no pintó solo milagros o santos; pintó emociones reconocibles, cuerpos vulnerables y escenas que parecen ocurrir ante nuestros ojos. En su obra late la convicción de que el arte puede acercarnos a lo divino precisamente a través de lo humano. Y tal vez ahí resida su legado más profundo: recordarnos que mirar de verdadcon atención, con empatía también puede ser una forma de resurrección.

4.1.26

La edad intacta de la memoria

 


Los recuerdos más antiguos tienen otra fuerza. No los piensas, los ves, los escuchas. No llegan como una idea ordenada ni como un relato lógico, sino como una irrupción, una imagen que se enciende de pronto, un sonido que vuelve con una fidelidad inquietante, un olor que atraviesa los años sin pedir permiso. Son recuerdos que no se dejan domesticar por la razón, no se explican, se manifiestan.

En ellos no hay nostalgia consciente, sino presencia. No recuerdas que eras joven,  vuelves a serlo durante unos segundos. La memoria deja de ser archivo y se convierte en escenario. Ves la luz de una tarde concreta, siempre la misma, escuchas una voz que ya no existe pero que sigue pronunciando tu nombre con idéntica entonación. El tiempo, en esos instantes, no avanza ni retrocede: se pliega.

Quizá por eso duelen o reconfortan con más intensidad. Porque no han pasado porel filtro del lenguaje ni por la corrección del pensamiento adulto. Permanecen intactos, casi salvajes, como fragmentos de una verdad anterior a las explicaciones.Son la materia prima de lo que somos, el sedimento más hondo de la conciencia.

Los recuerdos recientes se cuentan, los antiguos se sienten. No preguntan si quieres volver a ellos. Simplemente aparecen, con la contundencia de lo real, y te recuerdan que, antes de aprender a pensar el mundo, lo habitabas con todos los sentidos abiertos. Y que, en el fondo, aún sigues ahí, mirando, escuchando, esperando.

3.1.26

La arena de los relojes hizo revivir al desierto

 


El desierto amaneció desnudo de sí mismo. No tenía arena, que es como decir que no tenía memoria. Era un vasto territorio de huesos minerales, de costillas de sal y grietas donde antes había habido tiempo. El viento pasaba sin rozar nada, como una frase mal terminada. Allí el horizonte no prometía, sólo repetía.

Los mapas lo seguían llamando desierto por inercia, pero era más bien un error geográfico, una ausencia con nombre propio. Las dunas habían emigrado siglos atrás, cansadas de ser contadas por los pasos y los soles. Lo que quedó fue un silencio tan exacto que dolía.

Un día, aunque “día” es una concesión al lenguaje, comenzaron a llegar los relojes de arena. No los traía nadie. Simplemente aparecían, como aparecen las certezas tardías. Algunos estaban rotos, otros aún latían con ese pulso mínimo que tiene la gravedad cuando se vuelve íntima. Los relojes se abrían solos, y la arena, al caer, no medía el tiempo: lo devolvía.

Cada grano era un segundo arrepentido, un minuto que quiso quedarse, una tarde que no se atrevió a terminar. Al tocar el suelo, la arena no se amontonaba: recordaba. Y al recordar, se multiplicaba. Las grietas se llenaron de instantes, las planicies de horas perdidas, las hondonadas de años que nunca se dijeron adiós.

El desierto empezó a respirar.

Las dunas regresaron con la forma de antiguas preguntas. El viento aprendió a escribir de nuevo. El sol, sorprendido, redujo su arrogancia y se volvió más justo. Allí donde cayó la arena de un reloj olvidado en una mesilla, brotó una duna melancólica; donde se volcó la de un reloj heredado, nació una colina grave, solemne como un apellido.

Cuando el último reloj se vació, el desierto estaba completo. No era fértil, pero era pleno. No ofrecía agua, pero sí sentido. Comprendió entonces que la arena no era materia, sino duración triturada; que el tiempo, para existir, necesita caer en algún sitio.

Desde entonces, el desierto no avanza ni retrocede.

Simplemente permanece, hecho de segundos acumulados, vasto y sereno, recordándonos que incluso lo más estéril puede salvarse si el tiempo decide, por una vez, no huir, sino quedarse.