Los recuerdos más antiguos tienen otra fuerza. No los piensas, los ves, los escuchas. No llegan como una idea ordenada ni como un relato lógico, sino como una irrupción, una imagen que se enciende de pronto, un sonido que vuelve con una fidelidad inquietante, un olor que atraviesa los años sin pedir permiso. Son recuerdos que no se dejan domesticar por la razón, no se explican, se manifiestan.
En ellos no hay nostalgia consciente, sino presencia. No recuerdas que eras joven, vuelves a serlo durante unos segundos. La memoria deja de ser archivo y se convierte en escenario. Ves la luz de una tarde concreta, siempre la misma, escuchas una voz que ya no existe pero que sigue pronunciando tu nombre con idéntica entonación. El tiempo, en esos instantes, no avanza ni retrocede: se pliega.
Quizá por eso duelen o reconfortan con más intensidad. Porque no han pasado porel filtro del lenguaje ni por la corrección del pensamiento adulto. Permanecen intactos, casi salvajes, como fragmentos de una verdad anterior a las explicaciones.Son la materia prima de lo que somos, el sedimento más hondo de la conciencia.
Los recuerdos recientes se cuentan, los antiguos se sienten. No preguntan si quieres volver a ellos. Simplemente aparecen, con la contundencia de lo real, y te recuerdan que, antes de aprender a pensar el mundo, lo habitabas con todos los sentidos abiertos. Y que, en el fondo, aún sigues ahí, mirando, escuchando, esperando.

