Se habló en este blog de...

31.12.25

Friar Park


Hay una edad en la vida, y también en la fama, en la que el ruido deja de ser estímulo y se convierte en amenaza. George Harrison alcanzó ese punto mucho antes que otros. Tras haber sido parte del fenómeno cultural más influyente del siglo XX, eligió el repliegue, la lentitud y una espiritualidad silenciosa. Friar Park, en Henley-on-Thames, fue la materialización de esa decisión: una casa inmensa no para exhibirse, sino para desaparecer dentro de ella.

La mansión victoriana, rodeada de jardines simbólicos y senderos casi monásticos, no funcionaba como un palacio, sino como un monasterio laico. Allí, Harrison componía, meditaba, leía y vivía sin agenda pública. A finales de 1999, cuando el mundo miraba obsesivamente al cambio de milenio, él parecía haberse bajado definitivamente de la Historia con mayúsculas.

Pero la Historia, a veces, llama sin permiso.

En la madrugada del 30 de diciembre, un hombre desconocido atravesó los límites de Friar Park con una convicción delirante. Se llamaba Michael Abram, tenía 33 años y padecía una grave esquizofrenia paranoide. Durante meses había alimentado la idea de que los Beatles eran agentes de una influencia oscura y corruptora. En ese relato interior, George Harrison ocupaba un lugar central, casi mítico, como figura a eliminar.

Abram escaló la valla, cruzó los jardines y rompió una ventana para acceder a la casa. El estallido del cristal fue el primer aviso de que la calma había terminado. George y Olivia Harrison despertaron con la certeza inmediata de que algo irreversible estaba ocurriendo. No hubo tiempo para llamadas, ni refugios, ni huida ordenada.

El ataque fue directo y brutal. Armado con un cuchillo de cocina, Abram se lanzó sobre Harrison. El músico recibió varias puñaladas; una de ellas, profunda, atravesó su pulmón izquierdo. El cuerpo que había sobrevivido a giras interminables, excesos juveniles y décadas de tensión emocional, quedó súbitamente indefenso en su propio hogar.

Durante segundos interminables, la escena se movió en el borde de lo irreversible.

La irrupción de Olivia Harrison cambió el curso de los hechos. Sin dramatismo ni épica, actuó con la lucidez que nace del instinto. Utilizó primero una lámpara pesada y después un atizador de chimenea para enfrentarse al agresor. Golpeó, resistió y logró desorientarlo lo suficiente para romper la dinámica del ataque. Esa interrupción, breve, violenta, decisiva, salvó la vida de su marido.

Cuando llegó la policía, encontró a Abram desorientado y a George gravemente herido, pero consciente. En el hospital se confirmó la gravedad de las lesiones. Sobrevivió, sí, pero aquella noche dejó algo más que cicatrices físicas: fracturó definitivamente la idea de refugio.

La noticia sacudió al mundo cultural. No solo por la violencia del acto, sino por su simbolismo. Desde el asesinato de John Lennon en 1980, la sombra de la vulnerabilidad acompañaba a los Beatles supervivientes. Harrison había intentado conjurarla con retiro, espiritualidad y distancia. Friar Park era, en parte, una respuesta a ese miedo antiguo. El ataque demostró que no existe blindaje absoluto frente a la locura ajena.

George y Olivia siguieron viviendo en la mansión, pero el lugar ya no era el mismo. Los jardines seguían floreciendo, las estatuas seguían en su sitio, pero la inocencia del espacio había desaparecido. La casa había dejado de ser solo hogar para convertirse también en escenario.

George Harrison murió en 2001, víctima de un cáncer de pulmón. No hay relación médica directa entre la enfermedad y el ataque, pero quienes lo conocieron bien señalaron que aquel episodio aceleró su desgaste. Fue un golpe tardío, innecesario, cuando ya había entregado al mundo todo lo que tenía que ofrecer.

La noche en que Friar Park fue violentada no es solo una anécdota oscura en la biografía de una leyenda del rock. Es una advertencia: ni la fama domesticada, ni la espiritualidad sincera, ni el retiro voluntario garantizan inmunidad frente al desorden del mundo.

George Harrison pasó la vida buscando equilibrio, sentido y trascendencia. Paradójicamente, fue en el lugar que simbolizaba esa búsqueda donde comprendió, quizá de forma definitiva,


que incluso los mitos habitan en la intemperie. Y que, a veces, la salvación llega no de la música ni de la fe, sino del coraje silencioso de quien está a tu lado.

27.12.25

Federico García Lorca: el hombre detrás del poeta


 Federico García Lorca, más allá del mito y de la tragedia, fue recordado por quienes lo trataron como un hombre de una personalidad compleja, luminosa y profundamente humana. Sus familiares, amigos y conocidos coinciden en dibujar el retrato de alguien desbordante de vida, sensibilidad y contradicciones, tan intenso en la intimidad como en su obra.

En el ámbito familiar, Lorca era descrito como afectuoso y muy unido a los suyos, especialmente a su madre, Vicenta Lorca, a quien debía su amor por la música y la literatura. En casa era alegre, conversador incansable, con una risa contagiosa y un gusto casi infantil por contar historias, cantar o sentarse al piano. Sin embargo, también mostraba una marcada emotividad: se entristecía con facilidad y vivía los conflictos, propios y ajenos, con una intensidad que a veces preocupaba a los suyos.

Sus amigos lo recuerdan como un ser carismático, generoso y magnético. Tenía una extraordinaria capacidad para reunir a la gente, para crear complicidades y hacer sentir a los demás protagonistas de algo único. Salvador Dalí hablaba de su vitalidad arrolladora y de su talento casi teatral en la conversación; Luis Buñuel, aunque más distante, reconocía su brillantez y su fuerza expresiva. Lorca sabía escuchar, pero también deslumbrar: improvisaba versos, dramatizaba anécdotas y convertía cualquier velada en un pequeño acontecimiento artístico.

Muchos coinciden en señalar su dualidad. Junto al hombre expansivo y festivo convivía otro más sombrío, vulnerable y angustiado. Amigos cercanos, como Rafael Martínez Nadal o Melchor Fernández Almagro, hablaron de sus miedos, de su ansiedad ante el rechazo y de una honda sensación de desarraigo que nunca lo abandonó del todo. Esa fragilidad estaba estrechamente ligada a su condición personal y afectiva, vivida en una sociedad hostil, y a una conciencia muy aguda del dolor, la injusticia y la muerte.

Entre conocidos y compañeros de la Generación del 27, Lorca era visto como alguien profundamente comprometido con el arte y con el pueblo. No era un intelectual distante: se emocionaba con el cante jondo, con los campesinos, con los marginados. Su paso por La Barraca dejó el recuerdo de un hombre entusiasta, trabajador, cercano, que trataba a actores y estudiantes con respeto y cariño, huyendo de cualquier gesto de superioridad.

En conjunto, quienes lo conocieron hablan de Federico García Lorca como de un ser intensamente vivo: alegre y melancólico, tierno y vehemente, brillante y herido. Una personalidad marcada por la necesidad de amar y ser amado, por una sensibilidad extrema ante la belleza y el sufrimiento, y por una autenticidad que no se apagaba ni siquiera en sus momentos de mayor dolor. Esa complejidad humana es, quizá, la que sigue latiendo con tanta fuerza en su obra y en su memoria.

25.12.25

Cristianos de escaparate

 Se envuelven en medallas, procesiones y rosarios como quien se pone un disfraz respetable para salir a la calle. Van a misa, presumen de Semana Santa y hablan de Dios con la boca llena, pero con el corazón vacío. Su fe es de escaparate: reluce, pesa, hace ruido… y no sirve para nada.

Porque el cristianismo no se mide por el número de padrenuestros ni por la devoción a una talla de madera, sino por la compasión hacia el débil. Y ahí fallan estrepitosamente. Desprecian al pobre, señalan al inmigrante, culpan al vulnerable de su miseria y llaman orden a su falta de misericordia. Han cambiado el Evangelio por el prejuicio, y a Cristo por una coartada moral.

Dicen creer en un Dios que nació en un pesebre, pero no soportan ver a un sintecho durmiendo en la calle. Veneran a un crucificado y, sin embargo, no dudan en crucificar al diferente con su odio cotidiano. Invocan el amor al prójimo mientras levantan muros, reales o mentales, y rezuman racismo, miedo y una violencia moral que nada tiene de cristiana.

No es fe lo que practican, es superstición. No es devoción, es costumbre. No es cristianismo, es una parodia grotesca de él. Porque quien desprecia al débil, quien odia al distinto, quien niega la dignidad del otro, podrá llevar medallas, pero no lleva a Cristo. Y podrá llamarse cristiano, pero hace tiempo que dejó de parecerlo.


22.12.25

Noventa años de luz

 Hoy cumplirías noventa años,

aunque el tiempo, terco, insista

en contar tu ausencia

y no tu nacimiento.

Noventa vueltas al sol

desde aquel primer llanto tuyo,

que sin saberlo

empezó también a cuidarnos.

Fuiste manos antes que palabras,

silencio firme,

mirada que enseñaba

sin levantar la voz.

Nos dejaste el oficio de vivir

con dignidad,

el valor de cumplir la palabra,

y ese modo tuyo

de estar sin hacer ruido

pero sin faltar nunca.

Hoy no hay velas ni abrazos,

pero sí memoria.

Y la memoria, lo sabemos, 


también es una forma de presencia.

Sigues cumpliendo años

en nosotros,

en cada gesto aprendido,

en cada recuerdo que se resiste

a morir contigo.

Feliz cumpleaños, papá.

Allá donde el tiempo

ya no duele.

21.12.25

El gordo que nunca toca y las pequeñas fortunas que sí


 Compramos décimos de la Lotería de Navidad como quien siembra supersticiones. No es un acto racional: es casi un ritual ancestral. En Agosto, en chanclas, sudados y felices, vemos el cartel de “¿Y si toca aquí?” en la calle principal de Lanjarón o en una administración del centro comercial de Mojácar y pensamos: “Por si acaso”. Y ahí empieza todo. Un décimo en Garrucha, otro en Almería, uno más en el pueblo donde veranea el primo segundo de tu cuñado. No vaya a ser que el Gordo tenga GPS y nosotros nos quedemos fuera del mapa.

Desde entonces, vivimos seis meses con una vaga sensación de riqueza latente. No somos ricos, pero podríamos serlo. Esa posibilidad, mínima, microscópica, estadísticamente cruel, nos mantiene ilusionados. Sabemos que hay más probabilidades de que te caiga un piano desde el quinto piso de tu casa que de que te toque el Gordo (y eso que el tarugo de tu vecino ni tiene piano)… pero oye, pianos no hemos visto caer muchos, ¿verdad?

Llega diciembre y los décimos aparecen por casa como si se reprodujeran solos: en la cartera, en el cajón de los calcetines, dentro de un libro que dejamos a medias, en la guantera del coche. Los compartidos son los más peligrosos: “Este es con los del trabajo”, “este con fulano”, “este con el bar”. Y ahí empieza la verdadera angustia: que toque uno que tú no llevas, pero podrías haber llevado.

El día 22 escuchamos a los niños de San Ildefonso con una atención que no prestamos ni a las noticias importantes. Cada número cantado es una pequeña decepción educada: “No pasa nada, quedan muchos premios”. Y mientras, soñamos. Soñamos fuerte. Qué haríamos si tocara: pagar deudas, cambiar de coche (pero sin ostentar), dejar el trabajo “un tiempo”, ayudar a la familia, viajar, vivir mejor… y, por supuesto, repetir mil veces: “Yo no cambiaría, seguiría siendo el mismo”. Mentira piadosa número uno del premiado imaginario.

Y luego, casi siempre, no toca. O toca lo justo para decir “bueno, recuperamos”. Se guarda el décimo como recuerdo, se suspira y se sigue adelante. Y ahí, en ese momento exacto, cuando el mundo no se ha derrumbado, cuando seguimos teniendo café en cápsula, gente a la que llamar, una casa pagada con el sudor de tus cojones, una risa cercana, es cuando conviene recordar algo importante: que la vida que tenemos hoy, con sus rutinas, sus pequeñas alegrías y sus imperfecciones, ya es, en muchos aspectos, un premio mayor.

La lotería está bien: ilusiona, une, da conversación. Pero no debería hacernos olvidar que lo verdaderamente valioso no depende de un bombo, ni de una probabilidad ridícula. Porque hay riquezas que no se compran con ningún décimo: el tiempo compartido, la tranquilidad, la dignidad, el cariño sincero. Y esas, por suerte, no se sortean. Esas, si sabemos verlas, ya nos han tocado. 

16.12.25

Cuando el mar escuchó "La chica de ayer"


 Fue el verano pasado, una de esas noches de agosto en las que el tiempo parece haberse puesto de acuerdo con la felicidad. Paseábamos por el Paseo Marítimo de Vera, cuando el calor ya no aprieta y el aire trae ese rumor salino que mezcla el mar con las terrazas, las conversaciones ajenas y el tintinear de los cubitos de hielo en los vasos. El cielo, aún tibio, conservaba un azul oscuro salpicado de estrellas perezosas, y la luna, cómplice, iluminaba la orilla de la playa, como si supiera que algo pequeño pero memorable estaba a punto de ocurrir.

A unos metros por delante, un grupo de chavales avanzaba con un altavoz portátil Bluetooth de esos que parecen más un electrodoméstico que un complemento juvenil. Grande, negro, orgulloso. Nos miramos con resignación cómplice: ya está, pensamos, ahora caerá algún reguetón machacón de los actuales, con estribillo imposible y letra de usar y tirar. Cosas de la edad, supusimos, porque uno ya va con la guardia alta ante estos artefactos sonoros.

Pero entonces ocurrió el milagro.

De aquel altavoz no brotó ningún ritmo previsible, sino los primeros acordes, claros, inconfundibles, de “La chica de ayer”. Antonio Vega irrumpiendo en el paseo marítimo de Vera como quien vuelve a casa sin avisar. Nos detuvimos en seco. Nos miramos. Sonreímos. Y, sin pedir permiso ni disculpas, empezamos a cantar a pleno pulmón:

“Un día cualquiera no sabes qué hora es…”

La noche pareció ensancharse. El mar siguió respirando a su ritmo. Y algo invisible, pero muy real, nos atravesó el pecho.

Los chicos del altavoz se giraron, primero sorprendidos, luego divertidos. Se miraron entre ellos y, con esa mezcla de incredulidad y alegría genuina que solo tiene la juventud cuando descubre un secreto compartido, soltaron la frase que selló el momento:

—¡¡Se la saben!!

Nosotros, ya cumplidos los cincuenta, pero con alma de adolescentes ochenteros, también nos miramos. Nos reconocimos en ese gesto. En esa canción. En esa certeza de que algunas melodías no envejecen: simplemente esperan. Y, satisfechos, casi solemnes, decidimos que el momento merecía un final a la altura.

Así que nos fuimos a cenar. Gambas rojas de Garrucha, como manda la ley no escrita de las costas almerienses. Marisco brillante, vino frío, conversación lenta. Porque cuando uno está de vacaciones, cuando la noche es amable y la música te ha devuelto durante unos minutos a quien fuiste, no hay prisa para nada.

Mientras cenábamos, pensamos en esos chicos del altavoz, en su inocencia sin saberlo, en su buen gusto quizá heredado, quizá descubierto por azar. Y entendimos que no todo está perdido, que hay puentes invisibles entre generaciones, tendidos con canciones, paseos nocturnos y veranos que se recuerdan sin esfuerzo.

Algunas noches no pasan a la historia por lo extraordinario, sino por lo compartido. Porque la vida, al final, no es más que eso: reconocer una canción en mitad del paseo, cantarla sin pudor y seguir caminando, un poco más jóvenes, hacia una cena que sabe mejor cuando el alma también está de vacaciones.

15.12.25

Héctor Alterio

 


Héctor Alterio se ha ido a los 96 años, pero deja una voz y una presencia que no entienden de despedidas. Actor inmenso, puente vivo entre el teatro, el cine y la memoria, supo decir los textos como quien los ha vivido antes de pronunciarlos, como si cada palabra viniera de una experiencia previa, íntima y verdadera.

Tuvimos la fortuna de verlo en marzo, en el Gran Teatro de Cáceres. Allí estaba: frágil y gigantesco a la vez, con esa dicción suya, precisa y honda, que parecía tallada en el tiempo. Sostenía el silencio de la sala con una autoridad serena, de esas que no se imponen, sino que se ganan. No actuaba: era. Y en ese “ser” cabía toda una vida dedicada al oficio, al respeto por el público y al amor profundo por la palabra.

Ya antes, en 2014, también había podido verlo en Madrid, en En el estanque dorado. Aquella función fue otra lección de contención y humanidad, de cómo envejecer sobre un escenario sin impostura, dejando que el paso del tiempo no reste, sino que sume verdad al personaje. Alterio demostraba que la vejez, en manos de un gran actor, puede ser un territorio fértil, lleno de matices y emoción.

Su carrera cinematográfica es igualmente imprescindible. Ahí están títulos como La tregua, El hijo de la novia, Cría Cuervos, La historia oficial o El crimen de Cuenca, que ayudan a entender la dimensión de un actor capaz de atravesar géneros, épocas y países sin perder nunca su identidad. Pero si hay una película que para mí ocupa un lugar especial, esa es El nido, de Jaime de Armiñán. No solo por la delicadeza y la hondura de su interpretación, sino también por lo que representa emocionalmente: fue rodada en Sequeros, pueblo de la sierra de Francia,en la provincia de Salamanca, muy cerca de nuestra adorada  Miranda del Castañar, un lugar que añade una capa íntima y cercana al recuerdo de esa película y de su trabajo en ella.

Se marcha un actor imprescindible, uno de esos que ya no abundan. Pero quedan sus palabras, sus gestos, su manera única de mirar al público como si aún quedara algo importante por contarnos. Y lo queda. Siempre.

11.12.25

La obstinada elegancia de una torre que nunca quiso ser recta

 


En 1934, a Mussolini le entró un ataque súbito de purismo arquitectónico, o de vanidad monumental, a saber, y decidió que la Torre de Pisa debía dejar de comportarse como una turista borracha y colocarse firme, erguida y obediente. Esa tendencia suya a verlo todo como una cuestión de disciplina militar le hizo pensar que una torre medieval torcida era poco menos que una afrenta al decoro nacional.

Los ingenieros del régimen, armados de taladros, hormigón y una fe ciega en las soluciones a martillazos, perforaron 361 agujeros en los cimientos y vertieron 90 metros cúbicos de un hormigón tan patriótico como inútil. La operación parecía más un experimento de alquimia fascista que un trabajo de ingeniería. El resultado fue impecable en su fracaso: la torre, ofendida quizá por el trato, se hundió un poco más en su esponjoso lecho toscano, como quien se encoge en la cama para que lo dejen en paz.

La inclinación de la torre no era ningún capricho moderno: venía inclinándose desde el siglo XII, cuando alguien tuvo la idea de construir un campanario monumental sobre un terreno más blando que el panettone. Durante siglos, arquitectos y maestros de obra intentaron corregirla con métodos más o menos sensatos. Ninguno triunfó del todo, pero al menos ninguno tuvo la desfachatez de empeorar la situación con tanto entusiasmo.

Hubo que esperar a los años noventa para que un grupo internacional de ingenieros decidiera cambiar el enfoque: menos músculos y más neuronas. En vez de intentar enderezarla como quien regaña a un recluta, optaron por comprender su caprichoso equilibrio. Con contrapesos, extracción estratégica de tierra y un respeto casi zen por la historia del monumento, lograron reducir la inclinación lo suficiente como para garantizar su seguridad sin extirparle su célebre torcedura.

Hoy la Torre de Pisa sigue siendo uno de los monumentos más visitados del planeta, no por su perfección, sino por su gloriosa imperfección. Si pudiera hablar, quizá diría, con cierto orgullo de diva: “Intentaron corregirme… y aquí sigo, inclinada, legendaria y más fotogénica que nunca.”

10.12.25

Jorge Ilegal

 


Jorge Ilegal, alma incansable de Ilegales, ha muerto a los 70 años, y con él se va algo más que un músico: se va un símbolo de libertad, descaro y coherencia. Para muchos, incluida mi generación, Jorge no era solo una voz; era una actitud. La prueba viviente de que el rock podía ser elegante y brutal al mismo tiempo, inteligente sin perder fiereza, irónico sin convertirse en parodia.

Su muerte pesa porque su vida fue un puñetazo constante contra la complacencia. Desde aquellos primeros acordes que descubrimos en cintas desgastadas, cuando Europa ha muerto sonaba casi a profecía y Soy un macarra era una broma que algunos no entendían, hasta los conciertos más recientes, donde seguía moviéndose con ese aire de tipo que había pactado solo con sí mismo, Jorge mantenía la misma esencia: la del que no se vende, la del que no se doblega.

Hay recuerdos que ahora regresan como fogonazos. Aquella primera vez que escuché Tiempos nuevos, tiempos salvajes en una antigua cinta de cassette por pura casualidad, y de repente la habitación pareció cambiar de color. O esas noches en las que, buscando algo que sacudiera el ánimo, bastaba poner un disco de Ilegales a un volumen que rozaba lo irresponsable para sentir que todo era posible… o al menos soportable.

Incluso quien no lo conoció personalmente lo siente cercano: por la crudeza lúcida de sus letras, por esa ironía fina que parecía decirte “no te tomes tan en serio, pero tampoco te rindas”.

Jorge era el tipo de artista que no hablaba para gustar, sino para decir. Y sus canciones, rabiosas, poéticas, desobedientes, se quedaron grabadas en la memoria de quienes crecimos con ellas como pequeñas brújulas en mitad del caos.

Hoy se apaga una voz irrepetible, pero permanece su eco: en los garitos oscuros, en los coches que llevaron su música a todo volumen por carreteras secundarias, en los que aprendieron que la honestidad también puede ser eléctrica.

Se va Jorge Ilegal, sí, pero quedan sus canciones como cicatrices hermosas. Y queda esa sensación íntima de que, en cierto modo, todos fuimos un poco más libres gracias a él.

4.12.25

Sueño Surrealista

 


Soñé, o eso creo, que caminaba por una llanura derretida, como si Dalí hubiese decidido darle vacaciones a los relojes y ponerlos a sudar bajo un sol de mercurio. En medio del paisaje, Diego Armando Maradona regateaba a una jirafa transparente mientras arengaba a la atmósfera: “¡La pelota no se mancha, che, pero el cielo sí que se arruga!”. A cada gambeta, el aire chisporroteaba como un vinilo viejo.

De pronto apareció Ángel Cristo montado no en un león, sino en un enorme caballito de madera que avanzaba a trompicones, como si alguien lo hubiera dejado a medio tallar. Él, solemne, levantaba una trompeta dorada que emitía sonidos de carrillón oxidado. Tras él, danzando torcido y desafiante, surgió El Langui, declamando versos imposibles: “Lo que no late, no existe; lo que existe, resbala”. Y el eco se multiplicó en cientos de pequeñas carcajadas de papel.

Fue entonces cuando un señor de Salamanca , con boina impecable y voz de profesor jubilado, irrumpió en escena para anunciar, sin venir a cuento: “La Plaza Mayor está hoy especialmente cuadrada”. Nadie le cuestionó la sentencia; en los sueños, la geometría obedece a quien habla más seriamente.

A su lado, un vendedor de sombreros ofrecía modelos imposibles: uno con alas de colibrí, otro con bigote incorporado, otro que lloraba lágrimas de fieltro inglés. Yo estuve a punto de comprarle uno, pero en ese instante Bram… o quizá Brasil Stoker, su primo tropical y algo vampírico, se deslizó entre nosotros recitando un evangelio de sombras y mangos maduros. Cada sílaba liberaba un murciélago con acento carioca.

Y para rematar, ahí, en el horizonte, caminaban The Proclaimers. Caminaban y caminaban, mil millas y mil más, pero sin llegar jamás a ningún sitio, repitiendo un estribillo que en el sueño sonaba como un himno metafísico: “We would walk to the end of logic, if only feet could think”.

Desperté con la absoluta certeza, absurda, pero solemne, de que todos ellos habían estado discutiendo algo profundamente importante. Quizá el sentido de la existencia. O quizá solo el precio de un sombrero que todavía hoy creo oír sollozar en mi mesilla.

1.12.25

Diciembre


 Diciembre llega lento,

como un susurro frío en la cristalería del alba,

con las manos cargadas de bruma

y un olor a leña que despierta a los tejados

que sueñan con echar a volar.


En sus bolsillos guarda

los últimos restos del año:

un reloj que late fuera de hora,

tres copos que cantan en coro

y un deseo dormido dentro de una nuez.


Hay un silencio nuevo en las calles,

un rumor de luces que tiemblan

como si el viento quisiera apagarlas

para dibujar con ellas un mapa secreto

sobre las ventanas empañadas.


Diciembre sabe a hogar,

a regreso de sombras amistosas,

a pasos que crujen sobre la noche

como si el suelo fuese una vieja postal

que decide contarnos su historia.


Y mientras el mundo se recoge

en el borde de un sueño,

él nos recuerda que el tiempo también se extravía,

que a veces el frío es solo un pájaro blanco

posado en el hombro del día.


Porque diciembre, en el fondo,

es la despedida más dulce del año:

esa en la que uno mira hacia atrás

y ve cómo los recuerdos bailan

con abrigos demasiado grandes,

y entiende, sin prisa,

que aún queda luz por encender

en los cajones donde duermen las horas.