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1.2.26

Breve crónica de un desajuste feliz en el Museo del Prado

 


Fuimos al Museo del Prado hace unos días con la actitud razonable del visitante culto: paso medido, voz baja, manos a la espalda y esa expresión grave que uno adopta cuando se dispone a entender el Arte. Lo que no sabíamos, ingenuos, es que el Prado no se deja entender: te sucede.

Nada más entrar, la colección permanente empezó a comportarse con una familiaridad impropia de un templo de la alta cultura. Velázquez nos observó con cortesía profesional, como quien toma nota mental de unos visitantes que quizá merezcan ser incluidos en el cuadro, aunque sea al fondo, medio desenfocados. Las Meninas parecían saber algo que nosotros aún no, y el espejo del fondo, ese artefacto filosófico, devolvía una versión nuestra ligeramente más inteligente, como si el museo, generoso, nos concediera una mejora temporal.

Goya, en cambio, no disimuló. Nos miró con ese gesto suyo entre la ironía ilustrada y el cansancio existencial. Los fusilamientos se estremecieron apenas, lo justo para recordarnos que la Historia no está colgada de las paredes: está vigilando. Saturno, por su parte, pareció detenerse un segundo, incómodo, consciente de que se le estaba yendo la mano delante de gente sensible. Fue un momento educadamente violento.

El Bosco, como siempre, decidió que las normas eran orientativas. En uno de sus rincones, un ser híbrido, mitad pez, mitad funcionario medieval, parecía preguntarse si aquello era una sala del Prado o un mal sueño renacentista. Nadie más lo notó. A esas alturas ya habíamos comprendido que el museo elige a quién se le revela.

Y entonces llegamos a la exposición de Antonio Rafael Mengs, donde el tiempo se recoloca la peluca y adopta modales neoclásicos. Mengs no pinta para deslumbrar: pinta para convencer. Sus obras tienen la serenidad de quien cree en el orden del mundo, en la razón, en la belleza como disciplina moral. Todo está donde debe estar. Incluso nosotros.

Allí ocurrió algo sutil pero definitivo: el ruido mental se apagó. Las figuras parecían pensadas antes de existir. La armonía no era decorativa, era casi ética. Uno salía de cada cuadro con la sensación de haber sido corregido interiormente, como si Kant acabara de asentir en silencio desde algún lugar bien iluminado.

En una esquina, juraríamos que una alegoría nos guiñó el ojo. No fue descarado. Mengs jamás sería descarado. Fue un guiño ilustrado, casi académico.

Salimos del Prado distintos. No mejores, eso sería pretencioso, pero sí ligeramente desplazados, como si hubiéramos pasado unas horas fuera del eje habitual de la realidad. Madrid nos recibió con su ruido, su prisa y su caos encantador, pero algo había cambiado: los semáforos parecían composiciones, los transeúntes personajes, y nosotros, modestamente, figuras secundarias de un gran lienzo urbano.

Habíamos ido a ver pintura.

Y salimos con la sospecha inquietante de que el Prado, con su sabia mezcla de genio, razón y delirio, nos había estado mirando a nosotros desde hace siglos.

Después del Prado, salimos a un Madrid frío y lluvioso, recogido en sí mismo. Sol, Preciados y la Gran Vía se sucedían como escenas de una misma obra: el asfalto brillando, los edificios en penumbra, la ciudad convertida en un lienzo húmedo y vivo. Caminábamos despacio, aún con el eco del museo en la mirada.

Nos refugiamos en un café. La taza caliente, el cristal empañado, una música discreta sosteniendo el silencio. Hablamos sin prisa, con esa conversación que no necesita rumbo cuando la compañía es buena. Afuera llovía; dentro, el tiempo parecía haberse puesto de acuerdo con nosotros.

Así se cerró la tarde: arte, ciudad y palabra.

Madrid, en su versión más íntima, nos concedía una armonía sencilla y exacta.



29.1.26

El evangelio según la oreja a la plancha

 


La oreja no se pide.

La oreja se invoca.

Aparece en el plato

como un animal mitológico:

brillante, grasienta,

crujiente por fuera,

obscena por dentro.

No es comida.

Es una amenaza al orden mundial.

Mientras el mundo se llena de gente que cuenta calorías

como quien cuenta pecados,

tú llegas, oreja inmoral,

a recordarnos que la vida

no se mide en años

sino en bocados indecentes.

La oreja no entiende de normas,

ni de nutricionistas,

ni de coaches emocionales.

La oreja entiende de ajo,

de cerveza fria

y de bares donde la servilleta

sirve para limpiarte la boca

y firmar tratados filosóficos.

Cada mordisco es un delito menor.

Cada crujido es una blasfemia.

Cada gota de grasa es un manifiesto político

contra el mundo limpio, light y correcto.

Que venga el sushi con su estética de laboratorio.

Que venga el poke con su falsa espiritualidad.

Que venga el brunch con su colonialismo de huevo poché.

La oreja se ríe.

La oreja escupe.

La oreja manda.

Porque Madrid no se explica con museos,

ni con palacios,

ni con discursos.

Madrid se explica

con una barra pegajosa,

un vaso de cerveza o vermú 

y una oreja a la plancha

que te mira desde el plato

como diciendo:

—Cómetela, cobarde.

Y tú te la comes.

Y en ese instante

comprendes algo terrible y hermoso:

que la civilización es una mentira,

que el fascismo es una p#ta mierda,

y que la única verdad

es esta:

ajo, grasa, pan y gloria.

Que se hunda el mundo.

Que ardan las dietas.

Que lloren los gurús del bienestar.

Mientras haya un bar abierto,

una plancha encendida

y una oreja dispuesta a chisporrotear,

Madrid no caerá.

27.1.26

El idioma de la lluvia


Lleva semanas lloviendo. No es una lluvia cualquiera, sino una sucesión de borrascas que llegan sin pedir permiso, como si el cielo hubiera decidido no conceder treguas. Las nubes se relevan unas a otras con la disciplina de un ejército antiguo, y el agua cae con una perseverancia que ya no sorprende, pero sí transforma.

Así es también la vida. Hay temporadas en las que todo parece estable, luminoso, casi sencillo. Y, de pronto, algo cambia: una pérdida,una decepción, una noticia inesperada. Entonces empieza a llover. Primero con timidez, luego con furia, y después con esa lluvia fina y constante que cala sin hacer ruido. Cuando crees que la tormenta ha pasado, otra borrasca asoma en el horizonte.

Las calles mojadas se parecen a la memoria: reflejan luces que ya no existen, pasos que ya no están, voces que se han ido. Los charcos son como las preguntas que no supimos responder, y el viento, ese viento obstinado, recuerda que nada permanece quieto demasiado tiempo.

Pero incluso en los días más grises hay algo que resiste.

Un árbol que no se rinde, una ventana encendida, el olor a tierra mojada que anuncia que, bajo el barro, la vida sigue trabajando en silencio. La lluvia, aunque parezca castigo, es también una forma de limpieza, una manera de preparar el mundo para algo nuevo.

Quizá los avatares de la vida sean eso: borrascas necesarias. No llegan para destruirnos, sino para obligarnos a mirar de otro modo, a caminar más despacio, a comprender que después de tanta agua,siempre, inevitablemente, vuelve la luz.Y entonces, cuando el cielo se abre por fin, comprendemos que no éramos más débiles, sino más hondos.

26.1.26

La noche inexplicable

 


A comienzos de los años ochenta, cuando España aún aprendía a pronunciarse a sí misma en voz alta, un hombre caminaba por el arcén de la carretera como quien recorre una frase inacabada. Llevaba una mochila ligera, un abrigo gastado y esa mirada indefinida de quienes viajan sin más equipaje que la intuición. Hacía autoestop, como se hacía entonces: con el pulgar erguido y la esperanza discreta de que el mundo todavía fuera hospitalario.

La noche de enero había caído con una claridad casi metafísica. El frío era seco, limpio, sin humedad, y el cielo, despejado, parecía una bóveda de cristal donde las estrellas ardían con una nitidez antigua. La carretera paralela al Mediterráneo, una cinta de asfalto entre huertos, pueblos dormidos y la sombra lejana del mar respiraba un silencio interrumpido apenas por el rumor de algún motor lejano.

Fue un camión quien se detuvo.

Era un Pegaso de cabina cuadrada, color azul desvaído, con los laterales marcados por la herrumbre y el polvo de mil rutas. En la parte trasera, bajo una lona tensa, viajaban cajas de naranjas, alcachofas, tomates y lechugas, como si el invierno hubiera confiado al camión su reserva secreta de vida. El motor ronroneaba con una gravedad casi animal, y el interior olía a gasóleo, tabaco negro y fruta madura.

El camionero se llamaba Manuel Sánchez, aunque todos lo conocían como Manolo el Murciano. Tenía cuarenta y siete años, manos grandes, curtidas por el volante y el sol, y un rostro en el que el cansancio no había logrado borrar una cierta bondad esencial. Había nacido en un pueblo de la huerta murciana, cerca de Orihuela, en una casa donde el agua de las acequias y el olor a tierra húmeda eran parte de la educación sentimental. Estaba casado con Carmen, costurera a tiempo parcial y administradora absoluta de la economía doméstica, y tenía dos hijos: un muchacho de diecisiete años que empezaba a soñar con irse a la ciudad y una niña de diez que aún creía que su padre podía con todo.

—Sube, hombre, que esta noche no está para paseos —dijo Manolo, con esa mezcla de hospitalidad y prudencia que caracterizaba a los españoles de entonces.

Mientras avanzaban hacia el norte, la radio del camión desgranaba coplas antiguas y noticias de una democracia todavía frágil, todavía nerviosa. En los pueblos que atravesaban, las luces amarillas de las farolas dibujaban sombras alargadas sobre fachadas encaladas, bares cerrados y plazas desiertas. España era entonces un país en tránsito: entre el miedo y la esperanza, entre el campo y la ciudad, entre la memoria de lo que había sido y la intuición de lo que quería ser.

Hablaron de cosas sencillas: de carreteras, de precios, de la vida que se iba poniendo difícil. Manolo hablaba con un acento suave, con frases largas, como si cada palabra tuviera que ganarse el derecho a existir.

Fue cerca de la costa, en un tramo donde la carretera se abría al horizonte marino, cuando ocurrió.

Primero fue una luz, alta, inmóvil, demasiado blanca para ser una estrella. Luego otra, y otra más, formando una especie de triángulo imperfecto. No parpadeaban como los aviones, ni se movían como los satélites. Flotaban, suspendidas en el aire, con una quietud inquietante.

Manolo redujo la velocidad sin darse cuenta.

—¿Tú ves eso? —preguntó, con una voz que ya no era del todo firme.

El viajero asintió. Durante unos segundos, ninguno de los dos habló. El motor del Pegaso seguía su ritmo obstinado, pero el mundo parecía haberse detenido. Las luces se desplazaron lentamente, sin ruido, describiendo un arco imposible, y luego se desvanecieron, como si nunca hubieran existido.

Manolo encendió un cigarrillo con manos ligeramente temblorosas.

—En esta carretera se ven cosas raras —murmuró—. Pero yo llevo veinte años en esto… y algo así, no.

Continuaron el viaje en silencio. El frío seguía siendo el mismo, el cielo seguía siendo claro, la carretera seguía extendiéndose hacia Barcelona como una promesa lejana. Pero algo había cambiado: en el interior del camión, entre cajas de fruta y conversaciones truncadas, se había instalado la sensación de que el mundo era más grande, más misterioso, de lo que ninguno de los dos había querido admitir.

Y mientras el Pegaso avanzaba por la noche española, el hombre que hacía autoestop comprendió que aquel viaje no lo recordaría por las ciudades ni por las palabras, sino por ese instante en que, en medio de una España que despertaba, el cielo había parecido abrirse para mostrar un secreto antiguo, reservado solo a quienes se atreven a mirar.

21.1.26

Dante entre los sabios del Limbo


En los primeros compases de La Divina Comedia, cuando el lector aún se está habituando al mapa moral y simbólico del Infierno, Dante detiene el paso para ofrecernos uno de los episodios más delicados y reveladores de todo el poema: el Limbo. No es un lugar de alaridos ni de castigos corporales, sino un territorio de silencio digno, donde el sufrimiento adopta la forma más sutil y, quizá por ello, más conmovedora. Allí, la poesía se vuelve reflexión, homenaje y también confesión.

El Limbo, primer círculo del Infierno, alberga a las almas virtuosas que vivieron antes de la revelación cristiana o que, sin culpa propia, no conocieron la fe. No padecen tormentos físicos ni están sometidas a castigos espectaculares; su pena es otra, más abstracta y más profunda: la privación eterna de la esperanza. Es una tristeza serena, contenida, que no se expresa en lamentos, sino en la conciencia lúcida de un límite infranqueable.

Dante describe este lugar como un espacio suspendido, casi ajeno al Infierno mismo, donde la dignidad humana se conserva intacta. Es el reino de la razón en su forma más alta, pero también el testimonio de su insuficiencia última sin la luz divina.

Guiado por Virgilio, Dante avanza hacia un castillo rodeado por siete murallas y un arroyo defensivo. La arquitectura simbólica no es casual: esas murallas representan las virtudes morales e intelectuales que sostuvieron a los grandes espíritus de la Antigüedad. El castillo no es una fortaleza bélica, sino un bastión del pensamiento humano, un recinto donde la nobleza del entendimiento ha encontrado su morada eterna.

En su interior no reina el caos, sino una calma solemne. No hay sombras degradadas, sino figuras reconocibles, erguidas, conscientes de su valor. El Limbo, en este punto, se transforma en una suerte de academia ideal, donde el pasado dialoga consigo mismo.

Es allí donde aparecen Homero, Horacio, Ovidio y Lucano. No entran en escena como espectros anónimos, sino como autoridades vivas de la tradición literaria. Homero, “el poeta soberano”, abre el cortejo; los demás lo acompañan con la gravedad de quienes saben que su palabra ha modelado siglos.

Al ver a Dante, no lo rechazan ni lo observan con distancia. Al contrario, lo acogen. Virgilio ya plenamente integrado entre ellos lo presenta como uno de los suyos. Y en ese gesto, aparentemente sencillo, se produce uno de los actos más audaces de toda la obra: Dante es admitido simbólicamente en el canon clásico.

No se trata de vanidad gratuita. Dante no se proclama heredero por arrogancia, sino por conciencia histórica. Sabe que su poesía nace de esa tradición, que su lengua vulgar bebe del latín, y que su ambición literaria no puede comprenderse sin esos maestros. Al ser recibido entre ellos, se establece una continuidad: la poesía no muere con las épocas, se transforma.

Sin embargo, el momento está atravesado por una melancolía profunda. Estos hombres, admirables en su sabiduría y su arte, están condenados a no ver jamás la luz divina. Han alcanzado lo máximo que la razón humana puede ofrecer, pero ese máximo no basta para la salvación.

Dante contempla esta paradoja con una mezcla de orgullo y compasión. Orgullo, por sentirse digno heredero de una tradición inmensa; compasión, por comprender que incluso la excelencia intelectual tiene un límite infranqueable. El Limbo se convierte así en un espejo: refleja la grandeza del ser humano y, al mismo tiempo, su fragilidad última.

El episodio del Limbo no es solo un homenaje a los poetas y pensadores de la Antigüedad, sino una meditación profunda sobre la relación entre razón, arte y fe. Dante construye un espacio donde la inteligencia humana es honrada sin reservas, pero también situada en su justa medida. La poesía, en La Divina Comedia, se revela como puente entre mundos: une el pasado clásico con la cosmovisión cristiana, la lengua antigua con la nueva, la admiración con la conciencia del límite.

Por eso el Limbo es uno de los pasajes más humanos del poema. No hay en él crueldad ni estridencia, sino una dignidad triste, casi estoica, que nos recuerda que la sabiduría ilumina, pero no salva; que el arte eleva, pero no redime. Y en ese delicado equilibrio, Dante nos ofrece no solo una escena inolvidable, sino una de las reflexiones más altas sobre el destino del pensamiento humano.

15.1.26

Debajo de una alfombra de hojas secas

 


Debajo de una alfombra de hojas secas

duermen los pasos que no dimos,

las palabras que llegaron tarde

y los nombres que el otoño pronunció en voz baja.

Allí quedó la tarde intacta,

con su luz dorada y cansada,

como una promesa que no exigía nada

salvo ser recordada.

El viento pasa página

y el tiempo aprende a ser leve.

Nada se pierde del todo:

solo cambia de forma.

Porque debajo de una alfombra de hojas secas

late aún la semilla,

paciente,

esperando la lluvia justa

para volver a decir primavera.

14.1.26

El breve tribunal del anochecer

 


Al final del día existe un territorio mínimo y casi sagrado: esos cinco minutos en los que uno se sienta, por fin, y deja que el tiempo afloje su nudo. No es descanso todavía, es balance. La conciencia pasa lista con una cortesía severa: lo que fue digno de gratitud, lo que dolió, lo que se dijo mal, lo que no se dijo nunca.

En ese breve recogimiento, el día pierde su ruido y se vuelve materia pensable. Lo bueno no suele ser grandioso. Suele ser leve, casi humilde, una frase justa, una mirada que sostuvo, un silencio que no hizo daño. Lo malo, en cambio, pesa más de lo que ocupa, y se presenta con la obstinación de lo que pide ser entendido antes que olvidado.

Pensar el día no es juzgarlo, sino escucharlo. Es aceptar que no todo estuvo a la altura de lo que uno cree ser, y aun así concederse el derecho a continuar. Es ahí, en esa pausa discreta y sin testigos, donde el individuo se reconcilia con su imperfección y con su esfuerzo. Y quizá por eso esos cinco minutos, tan breves y tan invisibles, son una de las formas más honestas de sabiduría cotidiana.

12.1.26

El último refugio

 


En 1972, cuando España aún respiraba en blanco y negro y los pueblos parecían suspendidos fuera del tiempo, llegó a la Alpujarra un hombre que no figuraba en ningún padrón ni reclamaba pasado alguno. Se hacía llamar Don Francisco, y alquiló una casa de muros encalados en lo alto de un barranco, donde las parras se agarraban a la piedra como si también temieran caer en el olvido.

Nadie preguntó demasiado. En la Alpujarra, la discreción es una forma de cortesía.

Francisco había nacido en 1898, en Granada, hijo único de un notario liberal y de una madre enfermiza que le enseñó a leer antes que a rezar. Estudió Filosofía y Letras, frecuentó tertulias, escribió versos que jamás publicó y amó con la intensidad torpe de quien cree que el tiempo es inagotable. La Guerra Civil lo sorprendió aún joven, incrédulo y vulnerable. Perdió amigos, perdió la fe en las palabras y aprendió a sobrevivir con el silencio.

Su conversión no ocurrió en España.

Fue en 1943, en una ciudad centroeuropea bombardeada y nocturna, cuyo nombre se le había ido borrando como un mal recuerdo que insiste en regresar. Allí trabajaba como traductor para una organización humanitaria. Una noche, durante un apagón, siguió a un hombre herido hasta el sótano de un edificio en ruinas. Creyó ayudarle. Nadie le había enseñado a reconocer el hambre antigua.

El mordisco fue casi un gesto de misericordia. El dolor, breve; la transformación, lenta y cruel. No hubo ataúdes ni rituales románticos: solo fiebre, alucinaciones, una lucidez insoportable y la certeza de haber sido expulsado definitivamente del tiempo humano.

Cuando despertó, el mundo seguía en guerra. Él también.

Durante años vagó por ciudades donde la noche tenía demasiados testigos. Aprendió a alimentarse sin matar, pero cada gesto era una derrota moral. La sangre le devolvía la fuerza, nunca la paz. Conservó, como una maldición, la memoria intacta: recordaba el olor de los libros, el tacto del papel viejo, el sabor del café, el cansancio dulce del amor después de la madrugada.

—La eternidad, pensaba, es una forma refinada del castigo.

Detestaba los espejos no por superstición, sino porque no le devolvían preguntas. Había dejado de envejecer, pero seguía acumulando remordimientos. Veía morir a quienes amaba. Asistía, impotente, a la decadencia de los ideales que habían sostenido su juventud. El mundo cambiaba; él permanecía, como una errata persistente en la historia.

España, en los años sesenta, se le apareció como un refugio improbable: un país donde el tiempo avanzaba a trompicones, donde la noche aún era oscura y los pueblos conservaban el pudor de no mirar demasiado. La Alpujarra, en concreto, le ofreció algo esencial: altura, silencio y una relación honesta con la sombra.

Eligió Lanjarón, un pueblo encajado entre montañas, donde las campanas marcaban las horas como si aún importaran. Allí podía caminar al anochecer sin levantar sospechas, justificar su palidez con una supuesta enfermedad y su soledad con un pasado que nadie se atrevía a indagar.

Vivía de rentas antiguas y de traducciones esporádicas. Leía a Machado, a Unamuno, a San Juan de la Cruz y a Federico, amigo y confidente, buscando en ellos una forma aceptable del dolor. A veces, al amanecer, se sentaba en el umbral de su casa y observaba cómo el sol empezaba a iluminar Sierra Nevada, sin tocarlo. Esa frontera diaria entre la luz y su cuerpo le parecía la metáfora más precisa de su existencia.

En las noches más claras, Francisco se permitía recordar. Pensaba en la mujer a la que no envejeció junto a él, en los amigos enterrados sin lápida digna, en la vida sencilla que habría tenido: un trabajo modesto, una biblioteca, un hijo al que enseñar a leer.

—No me duele no morir, se decía. Me duele no vivir del todo.

Jamás atacó a nadie del pueblo. Se alimentaba lejos, en caminos solitarios, con una ética frágil pero firme. Sabía que su redención no estaba en la salvación, sino en el límite.

Algunos vecinos cañoneros decían que Don Francisco nunca aparecía de día y que sus ventanas permanecían siempre entornadas. Otros aseguraban que, cuando hablaba, lo hacía con una tristeza antigua, como si viniera de otra época. Nadie sospechó la verdad, porque la verdad, a veces, resulta excesiva incluso para la superstición.

En 1972, mientras España comenzaba a intuir que algo estaba a punto de terminar, un vampiro contemplaba las montañas desde su casa blanca, preguntándose si la eternidad también podía agotarse.

Y por primera vez en décadas, deseó no desaparecer, sino ser perdonado.

9.1.26

El último guardián de las portadas

 


Cada mañana, a las seis y media en punto, Julián levanta la persiana metálica de su quiosco como quien abre una capilla en ruinas. El chirrido es siempre el mismo, un lamento breve que se mezcla con el rumor de la ciudad despertando: los primeros autobuses, algún repartidor somnoliento, el zumbido constante de un mundo que ya no necesita papel para existir.

Es 2026 y Julián sigue vendiendo periódicos.

El quiosco resiste en una esquina discreta, encajado entre una cafetería de cápsulas y una tienda de móviles que cambia de nombre cada año. Sobre el mostrador, los diarios impresos se apilan con una dignidad casi anacrónica. Son pocos. Demasiado pocos. Antes, recuerda, había que reponer a media mañana; ahora, a veces, el fajo regresa intacto al distribuidor, como una carta que nadie quiso abrir.

Lo que más echa de menos son los fines de semana. Hubo un tiempo en que los sábados y domingos eran una fiesta silenciosa: los periódicos deportivos volaban. La gente llegaba temprano, todavía con el eco del partido en la garganta, buscando confirmación, polémica, una portada que justificara la alegría o el enfado. El papel olía a tinta fresca y a derrota ajena. Julián sabía, sin mirar el reloj, cuándo había ganado el equipo local.

Hoy, los resultados se conocen antes de que acabe el encuentro. Las polémicas se consumen en directo, trituradas por tertulias infinitas y notificaciones urgentes. El deporte, como casi todo, se ha vuelto inmediato y evanescente. Ya nadie necesita esperar al día siguiente para leer lo que ya ha olvidado.

Las revistas han ido desapareciendo una a una, sin estridencias. Primero las de música, luego las de cine, después las de viajes, hasta quedar reducidas a un par de títulos que sobreviven más por romanticismo editorial que por ventas reales. Los cómics, antaño refugio de niños y adultos, ocupan ahora una balda estrecha, como un recuerdo mal doblado. Las manos jóvenes ya no hojean; deslizan.

Julián recuerda con especial melancolía las colecciones por fascículos. Aquella liturgia semanal de promesas: enciclopedias imposibles, vajillas que nunca se completaban, barcos en miniatura que exigían paciencia y fe. Había algo profundamente humano en ese compromiso a largo plazo, en la espera, en la construcción lenta de algo que solo tenía sentido si se perseveraba. Hoy todo llega entero o no llega; no se monta, se descarga.

A veces entra algún cliente habitual, casi siempre mayor, que compra el periódico más por costumbre que por necesidad. Hablan del tiempo, de la política, ya sin sorpresa, de cómo todo va demasiado rápido. Julián cobra, da las gracias y observa cómo se alejan con el diario bajo el brazo, como si llevaran un objeto frágil, consciente de su rareza.

Cuando el quiosco queda vacío, Julián mira las portadas con una mezcla de orgullo y resignación. Sabe que pertenece a una estirpe en extinción, a una forma de mediación entre el mundo y la gente que ya no se considera necesaria. Antes era un nodo de información, hoy es casi una nota a pie de página.

Sin embargo, cada mañana vuelve. Coloca los periódicos con esmero, alinea las revistas supervivientes, limpia el cristal del expositor. No lo hace por negocio, hace tiempo que dejó de serlo, sino por lealtad. Al papel, a la tinta, al gesto de pasar página. A la idea, quizá ingenua, de que leer despacio todavía importa.

Julián no odia lo digital. Sabe que el mundo no retrocede. Pero echa de menos el peso de las cosas, su duración, la certeza de que algo existe mientras lo sostienes entre las manos. En 2026, vender periódicos es casi un acto de resistencia, una forma modesta de recordar que hubo un tiempo en que la actualidad no cabía en un bolsillo y que la información, como la vida, dejaba manchas en los dedos.

Y mientras quede alguien que compre un periódico, aunque sea por nostalgia, Julián seguirá levantando la persiana cada mañana, convencido de que hay derrotas que merecen ser defendidas.

8.1.26

Giotto di Bondone: el instante en que la pintura aprendió a mirar al ser humano

 


Cada 8 de enero la historia del arte nos invita a detenernos en Florencia, no tanto para mirar una ciudad como para comprender un giro decisivo en la forma de mirar el mundo. En esa fecha, en 1337, fallecía Giotto di Bondone, un creador que no solo cerraba una vida, sino que abría definitivamente una época. Pintor y arquitecto del Trecento, Giotto es una de esas figuras raras que marcan un antes y un después: con él, el arte occidental comienza a abandonar la rigidez simbólica medieval para acercarse, por primera vez, a la experiencia humana.

Su nombre está inseparablemente unido a la Capilla Scrovegni, o Capilla de la Arena, en Padua, uno de los ciclos pictóricos más extraordinarios de la historia. Allí, entre 1304 y 1306, Giotto desarrolla un lenguaje nuevo, radical para su tiempo, que muchos historiadores consideran el verdadero punto de partida de la pintura moderna. No se trata solo de una mejora técnica, sino de una transformación profunda: el espacio adquiere coherencia, los cuerpos peso, y los rostros emoción.

Dentro de ese conjunto se encuentra La resurrección de Lázaro, una escena tomada del Evangelio de San Juan que Giotto convierte en un drama humano de intensidad contenida. Cristo aparece ordenando el milagro con un gesto sereno y firme, mientras Marta y María, hermanas del difunto, se arrodillan a sus pies en una mezcla de fe, dolor y esperanza. A la derecha, Lázaro emerge aún envuelto en vendas funerarias, sostenido por otros personajes que participan activamente del acontecimiento. La piedra del sepulcro, desplazada por dos figuras en primer plano, subraya el instante exacto de la transición entre la muerte y la vida.

Lo verdaderamente revolucionario no está solo en lo que se narra, sino en cómo se narra. Los testigos del milagro reaccionan de maneras diversas: asombro, incredulidad, temor. Algunas mujeres se cubren el rostro para protegerse del olor del cadáver, un detalle tan cotidiano como audaz para la época. El cuerpo de Lázaro, aún rígido, comienza a mostrar signos de vida en los ojos entreabiertos, mientras el paisaje del fondo, unas montañas simples pero eficace, introduce una sensación de profundidad inédita en la pintura medieval.

Giotto rompe definitivamente con el hieratismo bizantino: sus figuras ya no son símbolos estáticos, sino seres que sienten, miran y ocupan un espacio real. Cada gesto tiene intención, cada mirada establece una relación. En ese tránsito del siglo XIII al XIV, el artista florentino inaugura una nueva manera de entender la imagen: ya no como mero vehículo de lo sagrado, sino como espejo de la condición humana.

Quizá por eso, más de siete siglos después, sus frescos siguen interpelándonos. Giotto no pintó solo milagros o santos; pintó emociones reconocibles, cuerpos vulnerables y escenas que parecen ocurrir ante nuestros ojos. En su obra late la convicción de que el arte puede acercarnos a lo divino precisamente a través de lo humano. Y tal vez ahí resida su legado más profundo: recordarnos que mirar de verdadcon atención, con empatía también puede ser una forma de resurrección.

4.1.26

La edad intacta de la memoria

 


Los recuerdos más antiguos tienen otra fuerza. No los piensas, los ves, los escuchas. No llegan como una idea ordenada ni como un relato lógico, sino como una irrupción, una imagen que se enciende de pronto, un sonido que vuelve con una fidelidad inquietante, un olor que atraviesa los años sin pedir permiso. Son recuerdos que no se dejan domesticar por la razón, no se explican, se manifiestan.

En ellos no hay nostalgia consciente, sino presencia. No recuerdas que eras joven,  vuelves a serlo durante unos segundos. La memoria deja de ser archivo y se convierte en escenario. Ves la luz de una tarde concreta, siempre la misma, escuchas una voz que ya no existe pero que sigue pronunciando tu nombre con idéntica entonación. El tiempo, en esos instantes, no avanza ni retrocede: se pliega.

Quizá por eso duelen o reconfortan con más intensidad. Porque no han pasado porel filtro del lenguaje ni por la corrección del pensamiento adulto. Permanecen intactos, casi salvajes, como fragmentos de una verdad anterior a las explicaciones.Son la materia prima de lo que somos, el sedimento más hondo de la conciencia.

Los recuerdos recientes se cuentan, los antiguos se sienten. No preguntan si quieres volver a ellos. Simplemente aparecen, con la contundencia de lo real, y te recuerdan que, antes de aprender a pensar el mundo, lo habitabas con todos los sentidos abiertos. Y que, en el fondo, aún sigues ahí, mirando, escuchando, esperando.

3.1.26

La arena de los relojes hizo revivir al desierto

 


El desierto amaneció desnudo de sí mismo. No tenía arena, que es como decir que no tenía memoria. Era un vasto territorio de huesos minerales, de costillas de sal y grietas donde antes había habido tiempo. El viento pasaba sin rozar nada, como una frase mal terminada. Allí el horizonte no prometía, sólo repetía.

Los mapas lo seguían llamando desierto por inercia, pero era más bien un error geográfico, una ausencia con nombre propio. Las dunas habían emigrado siglos atrás, cansadas de ser contadas por los pasos y los soles. Lo que quedó fue un silencio tan exacto que dolía.

Un día, aunque “día” es una concesión al lenguaje, comenzaron a llegar los relojes de arena. No los traía nadie. Simplemente aparecían, como aparecen las certezas tardías. Algunos estaban rotos, otros aún latían con ese pulso mínimo que tiene la gravedad cuando se vuelve íntima. Los relojes se abrían solos, y la arena, al caer, no medía el tiempo: lo devolvía.

Cada grano era un segundo arrepentido, un minuto que quiso quedarse, una tarde que no se atrevió a terminar. Al tocar el suelo, la arena no se amontonaba: recordaba. Y al recordar, se multiplicaba. Las grietas se llenaron de instantes, las planicies de horas perdidas, las hondonadas de años que nunca se dijeron adiós.

El desierto empezó a respirar.

Las dunas regresaron con la forma de antiguas preguntas. El viento aprendió a escribir de nuevo. El sol, sorprendido, redujo su arrogancia y se volvió más justo. Allí donde cayó la arena de un reloj olvidado en una mesilla, brotó una duna melancólica; donde se volcó la de un reloj heredado, nació una colina grave, solemne como un apellido.

Cuando el último reloj se vació, el desierto estaba completo. No era fértil, pero era pleno. No ofrecía agua, pero sí sentido. Comprendió entonces que la arena no era materia, sino duración triturada; que el tiempo, para existir, necesita caer en algún sitio.

Desde entonces, el desierto no avanza ni retrocede.

Simplemente permanece, hecho de segundos acumulados, vasto y sereno, recordándonos que incluso lo más estéril puede salvarse si el tiempo decide, por una vez, no huir, sino quedarse.

31.12.25

Friar Park


Hay una edad en la vida, y también en la fama, en la que el ruido deja de ser estímulo y se convierte en amenaza. George Harrison alcanzó ese punto mucho antes que otros. Tras haber sido parte del fenómeno cultural más influyente del siglo XX, eligió el repliegue, la lentitud y una espiritualidad silenciosa. Friar Park, en Henley-on-Thames, fue la materialización de esa decisión: una casa inmensa no para exhibirse, sino para desaparecer dentro de ella.

La mansión victoriana, rodeada de jardines simbólicos y senderos casi monásticos, no funcionaba como un palacio, sino como un monasterio laico. Allí, Harrison componía, meditaba, leía y vivía sin agenda pública. A finales de 1999, cuando el mundo miraba obsesivamente al cambio de milenio, él parecía haberse bajado definitivamente de la Historia con mayúsculas.

Pero la Historia, a veces, llama sin permiso.

En la madrugada del 30 de diciembre, un hombre desconocido atravesó los límites de Friar Park con una convicción delirante. Se llamaba Michael Abram, tenía 33 años y padecía una grave esquizofrenia paranoide. Durante meses había alimentado la idea de que los Beatles eran agentes de una influencia oscura y corruptora. En ese relato interior, George Harrison ocupaba un lugar central, casi mítico, como figura a eliminar.

Abram escaló la valla, cruzó los jardines y rompió una ventana para acceder a la casa. El estallido del cristal fue el primer aviso de que la calma había terminado. George y Olivia Harrison despertaron con la certeza inmediata de que algo irreversible estaba ocurriendo. No hubo tiempo para llamadas, ni refugios, ni huida ordenada.

El ataque fue directo y brutal. Armado con un cuchillo de cocina, Abram se lanzó sobre Harrison. El músico recibió varias puñaladas; una de ellas, profunda, atravesó su pulmón izquierdo. El cuerpo que había sobrevivido a giras interminables, excesos juveniles y décadas de tensión emocional, quedó súbitamente indefenso en su propio hogar.

Durante segundos interminables, la escena se movió en el borde de lo irreversible.

La irrupción de Olivia Harrison cambió el curso de los hechos. Sin dramatismo ni épica, actuó con la lucidez que nace del instinto. Utilizó primero una lámpara pesada y después un atizador de chimenea para enfrentarse al agresor. Golpeó, resistió y logró desorientarlo lo suficiente para romper la dinámica del ataque. Esa interrupción, breve, violenta, decisiva, salvó la vida de su marido.

Cuando llegó la policía, encontró a Abram desorientado y a George gravemente herido, pero consciente. En el hospital se confirmó la gravedad de las lesiones. Sobrevivió, sí, pero aquella noche dejó algo más que cicatrices físicas: fracturó definitivamente la idea de refugio.

La noticia sacudió al mundo cultural. No solo por la violencia del acto, sino por su simbolismo. Desde el asesinato de John Lennon en 1980, la sombra de la vulnerabilidad acompañaba a los Beatles supervivientes. Harrison había intentado conjurarla con retiro, espiritualidad y distancia. Friar Park era, en parte, una respuesta a ese miedo antiguo. El ataque demostró que no existe blindaje absoluto frente a la locura ajena.

George y Olivia siguieron viviendo en la mansión, pero el lugar ya no era el mismo. Los jardines seguían floreciendo, las estatuas seguían en su sitio, pero la inocencia del espacio había desaparecido. La casa había dejado de ser solo hogar para convertirse también en escenario.

George Harrison murió en 2001, víctima de un cáncer de pulmón. No hay relación médica directa entre la enfermedad y el ataque, pero quienes lo conocieron bien señalaron que aquel episodio aceleró su desgaste. Fue un golpe tardío, innecesario, cuando ya había entregado al mundo todo lo que tenía que ofrecer.

La noche en que Friar Park fue violentada no es solo una anécdota oscura en la biografía de una leyenda del rock. Es una advertencia: ni la fama domesticada, ni la espiritualidad sincera, ni el retiro voluntario garantizan inmunidad frente al desorden del mundo.

George Harrison pasó la vida buscando equilibrio, sentido y trascendencia. Paradójicamente, fue en el lugar que simbolizaba esa búsqueda donde comprendió, quizá de forma definitiva,


que incluso los mitos habitan en la intemperie. Y que, a veces, la salvación llega no de la música ni de la fe, sino del coraje silencioso de quien está a tu lado.

27.12.25

Federico García Lorca: el hombre detrás del poeta


 Federico García Lorca, más allá del mito y de la tragedia, fue recordado por quienes lo trataron como un hombre de una personalidad compleja, luminosa y profundamente humana. Sus familiares, amigos y conocidos coinciden en dibujar el retrato de alguien desbordante de vida, sensibilidad y contradicciones, tan intenso en la intimidad como en su obra.

En el ámbito familiar, Lorca era descrito como afectuoso y muy unido a los suyos, especialmente a su madre, Vicenta Lorca, a quien debía su amor por la música y la literatura. En casa era alegre, conversador incansable, con una risa contagiosa y un gusto casi infantil por contar historias, cantar o sentarse al piano. Sin embargo, también mostraba una marcada emotividad: se entristecía con facilidad y vivía los conflictos, propios y ajenos, con una intensidad que a veces preocupaba a los suyos.

Sus amigos lo recuerdan como un ser carismático, generoso y magnético. Tenía una extraordinaria capacidad para reunir a la gente, para crear complicidades y hacer sentir a los demás protagonistas de algo único. Salvador Dalí hablaba de su vitalidad arrolladora y de su talento casi teatral en la conversación; Luis Buñuel, aunque más distante, reconocía su brillantez y su fuerza expresiva. Lorca sabía escuchar, pero también deslumbrar: improvisaba versos, dramatizaba anécdotas y convertía cualquier velada en un pequeño acontecimiento artístico.

Muchos coinciden en señalar su dualidad. Junto al hombre expansivo y festivo convivía otro más sombrío, vulnerable y angustiado. Amigos cercanos, como Rafael Martínez Nadal o Melchor Fernández Almagro, hablaron de sus miedos, de su ansiedad ante el rechazo y de una honda sensación de desarraigo que nunca lo abandonó del todo. Esa fragilidad estaba estrechamente ligada a su condición personal y afectiva, vivida en una sociedad hostil, y a una conciencia muy aguda del dolor, la injusticia y la muerte.

Entre conocidos y compañeros de la Generación del 27, Lorca era visto como alguien profundamente comprometido con el arte y con el pueblo. No era un intelectual distante: se emocionaba con el cante jondo, con los campesinos, con los marginados. Su paso por La Barraca dejó el recuerdo de un hombre entusiasta, trabajador, cercano, que trataba a actores y estudiantes con respeto y cariño, huyendo de cualquier gesto de superioridad.

En conjunto, quienes lo conocieron hablan de Federico García Lorca como de un ser intensamente vivo: alegre y melancólico, tierno y vehemente, brillante y herido. Una personalidad marcada por la necesidad de amar y ser amado, por una sensibilidad extrema ante la belleza y el sufrimiento, y por una autenticidad que no se apagaba ni siquiera en sus momentos de mayor dolor. Esa complejidad humana es, quizá, la que sigue latiendo con tanta fuerza en su obra y en su memoria.

25.12.25

Cristianos de escaparate

 Se envuelven en medallas, procesiones y rosarios como quien se pone un disfraz respetable para salir a la calle. Van a misa, presumen de Semana Santa y hablan de Dios con la boca llena, pero con el corazón vacío. Su fe es de escaparate: reluce, pesa, hace ruido… y no sirve para nada.

Porque el cristianismo no se mide por el número de padrenuestros ni por la devoción a una talla de madera, sino por la compasión hacia el débil. Y ahí fallan estrepitosamente. Desprecian al pobre, señalan al inmigrante, culpan al vulnerable de su miseria y llaman orden a su falta de misericordia. Han cambiado el Evangelio por el prejuicio, y a Cristo por una coartada moral.

Dicen creer en un Dios que nació en un pesebre, pero no soportan ver a un sintecho durmiendo en la calle. Veneran a un crucificado y, sin embargo, no dudan en crucificar al diferente con su odio cotidiano. Invocan el amor al prójimo mientras levantan muros, reales o mentales, y rezuman racismo, miedo y una violencia moral que nada tiene de cristiana.

No es fe lo que practican, es superstición. No es devoción, es costumbre. No es cristianismo, es una parodia grotesca de él. Porque quien desprecia al débil, quien odia al distinto, quien niega la dignidad del otro, podrá llevar medallas, pero no lleva a Cristo. Y podrá llamarse cristiano, pero hace tiempo que dejó de parecerlo.


22.12.25

Noventa años de luz

 Hoy cumplirías noventa años,

aunque el tiempo, terco, insista

en contar tu ausencia

y no tu nacimiento.

Noventa vueltas al sol

desde aquel primer llanto tuyo,

que sin saberlo

empezó también a cuidarnos.

Fuiste manos antes que palabras,

silencio firme,

mirada que enseñaba

sin levantar la voz.

Nos dejaste el oficio de vivir

con dignidad,

el valor de cumplir la palabra,

y ese modo tuyo

de estar sin hacer ruido

pero sin faltar nunca.

Hoy no hay velas ni abrazos,

pero sí memoria.

Y la memoria, lo sabemos, 


también es una forma de presencia.

Sigues cumpliendo años

en nosotros,

en cada gesto aprendido,

en cada recuerdo que se resiste

a morir contigo.

Feliz cumpleaños, papá.

Allá donde el tiempo

ya no duele.

21.12.25

El gordo que nunca toca y las pequeñas fortunas que sí


 Compramos décimos de la Lotería de Navidad como quien siembra supersticiones. No es un acto racional: es casi un ritual ancestral. En Agosto, en chanclas, sudados y felices, vemos el cartel de “¿Y si toca aquí?” en la calle principal de Lanjarón o en una administración del centro comercial de Mojácar y pensamos: “Por si acaso”. Y ahí empieza todo. Un décimo en Garrucha, otro en Almería, uno más en el pueblo donde veranea el primo segundo de tu cuñado. No vaya a ser que el Gordo tenga GPS y nosotros nos quedemos fuera del mapa.

Desde entonces, vivimos seis meses con una vaga sensación de riqueza latente. No somos ricos, pero podríamos serlo. Esa posibilidad, mínima, microscópica, estadísticamente cruel, nos mantiene ilusionados. Sabemos que hay más probabilidades de que te caiga un piano desde el quinto piso de tu casa que de que te toque el Gordo (y eso que el tarugo de tu vecino ni tiene piano)… pero oye, pianos no hemos visto caer muchos, ¿verdad?

Llega diciembre y los décimos aparecen por casa como si se reprodujeran solos: en la cartera, en el cajón de los calcetines, dentro de un libro que dejamos a medias, en la guantera del coche. Los compartidos son los más peligrosos: “Este es con los del trabajo”, “este con fulano”, “este con el bar”. Y ahí empieza la verdadera angustia: que toque uno que tú no llevas, pero podrías haber llevado.

El día 22 escuchamos a los niños de San Ildefonso con una atención que no prestamos ni a las noticias importantes. Cada número cantado es una pequeña decepción educada: “No pasa nada, quedan muchos premios”. Y mientras, soñamos. Soñamos fuerte. Qué haríamos si tocara: pagar deudas, cambiar de coche (pero sin ostentar), dejar el trabajo “un tiempo”, ayudar a la familia, viajar, vivir mejor… y, por supuesto, repetir mil veces: “Yo no cambiaría, seguiría siendo el mismo”. Mentira piadosa número uno del premiado imaginario.

Y luego, casi siempre, no toca. O toca lo justo para decir “bueno, recuperamos”. Se guarda el décimo como recuerdo, se suspira y se sigue adelante. Y ahí, en ese momento exacto, cuando el mundo no se ha derrumbado, cuando seguimos teniendo café en cápsula, gente a la que llamar, una casa pagada con el sudor de tus cojones, una risa cercana, es cuando conviene recordar algo importante: que la vida que tenemos hoy, con sus rutinas, sus pequeñas alegrías y sus imperfecciones, ya es, en muchos aspectos, un premio mayor.

La lotería está bien: ilusiona, une, da conversación. Pero no debería hacernos olvidar que lo verdaderamente valioso no depende de un bombo, ni de una probabilidad ridícula. Porque hay riquezas que no se compran con ningún décimo: el tiempo compartido, la tranquilidad, la dignidad, el cariño sincero. Y esas, por suerte, no se sortean. Esas, si sabemos verlas, ya nos han tocado. 

16.12.25

Cuando el mar escuchó "La chica de ayer"


 Fue el verano pasado, una de esas noches de agosto en las que el tiempo parece haberse puesto de acuerdo con la felicidad. Paseábamos por el Paseo Marítimo de Vera, cuando el calor ya no aprieta y el aire trae ese rumor salino que mezcla el mar con las terrazas, las conversaciones ajenas y el tintinear de los cubitos de hielo en los vasos. El cielo, aún tibio, conservaba un azul oscuro salpicado de estrellas perezosas, y la luna, cómplice, iluminaba la orilla de la playa, como si supiera que algo pequeño pero memorable estaba a punto de ocurrir.

A unos metros por delante, un grupo de chavales avanzaba con un altavoz portátil Bluetooth de esos que parecen más un electrodoméstico que un complemento juvenil. Grande, negro, orgulloso. Nos miramos con resignación cómplice: ya está, pensamos, ahora caerá algún reguetón machacón de los actuales, con estribillo imposible y letra de usar y tirar. Cosas de la edad, supusimos, porque uno ya va con la guardia alta ante estos artefactos sonoros.

Pero entonces ocurrió el milagro.

De aquel altavoz no brotó ningún ritmo previsible, sino los primeros acordes, claros, inconfundibles, de “La chica de ayer”. Antonio Vega irrumpiendo en el paseo marítimo de Vera como quien vuelve a casa sin avisar. Nos detuvimos en seco. Nos miramos. Sonreímos. Y, sin pedir permiso ni disculpas, empezamos a cantar a pleno pulmón:

“Un día cualquiera no sabes qué hora es…”

La noche pareció ensancharse. El mar siguió respirando a su ritmo. Y algo invisible, pero muy real, nos atravesó el pecho.

Los chicos del altavoz se giraron, primero sorprendidos, luego divertidos. Se miraron entre ellos y, con esa mezcla de incredulidad y alegría genuina que solo tiene la juventud cuando descubre un secreto compartido, soltaron la frase que selló el momento:

—¡¡Se la saben!!

Nosotros, ya cumplidos los cincuenta, pero con alma de adolescentes ochenteros, también nos miramos. Nos reconocimos en ese gesto. En esa canción. En esa certeza de que algunas melodías no envejecen: simplemente esperan. Y, satisfechos, casi solemnes, decidimos que el momento merecía un final a la altura.

Así que nos fuimos a cenar. Gambas rojas de Garrucha, como manda la ley no escrita de las costas almerienses. Marisco brillante, vino frío, conversación lenta. Porque cuando uno está de vacaciones, cuando la noche es amable y la música te ha devuelto durante unos minutos a quien fuiste, no hay prisa para nada.

Mientras cenábamos, pensamos en esos chicos del altavoz, en su inocencia sin saberlo, en su buen gusto quizá heredado, quizá descubierto por azar. Y entendimos que no todo está perdido, que hay puentes invisibles entre generaciones, tendidos con canciones, paseos nocturnos y veranos que se recuerdan sin esfuerzo.

Algunas noches no pasan a la historia por lo extraordinario, sino por lo compartido. Porque la vida, al final, no es más que eso: reconocer una canción en mitad del paseo, cantarla sin pudor y seguir caminando, un poco más jóvenes, hacia una cena que sabe mejor cuando el alma también está de vacaciones.

15.12.25

Héctor Alterio

 


Héctor Alterio se ha ido a los 96 años, pero deja una voz y una presencia que no entienden de despedidas. Actor inmenso, puente vivo entre el teatro, el cine y la memoria, supo decir los textos como quien los ha vivido antes de pronunciarlos, como si cada palabra viniera de una experiencia previa, íntima y verdadera.

Tuvimos la fortuna de verlo en marzo, en el Gran Teatro de Cáceres. Allí estaba: frágil y gigantesco a la vez, con esa dicción suya, precisa y honda, que parecía tallada en el tiempo. Sostenía el silencio de la sala con una autoridad serena, de esas que no se imponen, sino que se ganan. No actuaba: era. Y en ese “ser” cabía toda una vida dedicada al oficio, al respeto por el público y al amor profundo por la palabra.

Ya antes, en 2014, también había podido verlo en Madrid, en En el estanque dorado. Aquella función fue otra lección de contención y humanidad, de cómo envejecer sobre un escenario sin impostura, dejando que el paso del tiempo no reste, sino que sume verdad al personaje. Alterio demostraba que la vejez, en manos de un gran actor, puede ser un territorio fértil, lleno de matices y emoción.

Su carrera cinematográfica es igualmente imprescindible. Ahí están títulos como La tregua, El hijo de la novia, Cría Cuervos, La historia oficial o El crimen de Cuenca, que ayudan a entender la dimensión de un actor capaz de atravesar géneros, épocas y países sin perder nunca su identidad. Pero si hay una película que para mí ocupa un lugar especial, esa es El nido, de Jaime de Armiñán. No solo por la delicadeza y la hondura de su interpretación, sino también por lo que representa emocionalmente: fue rodada en Sequeros, pueblo de la sierra de Francia,en la provincia de Salamanca, muy cerca de nuestra adorada  Miranda del Castañar, un lugar que añade una capa íntima y cercana al recuerdo de esa película y de su trabajo en ella.

Se marcha un actor imprescindible, uno de esos que ya no abundan. Pero quedan sus palabras, sus gestos, su manera única de mirar al público como si aún quedara algo importante por contarnos. Y lo queda. Siempre.

11.12.25

La obstinada elegancia de una torre que nunca quiso ser recta

 


En 1934, a Mussolini le entró un ataque súbito de purismo arquitectónico, o de vanidad monumental, a saber, y decidió que la Torre de Pisa debía dejar de comportarse como una turista borracha y colocarse firme, erguida y obediente. Esa tendencia suya a verlo todo como una cuestión de disciplina militar le hizo pensar que una torre medieval torcida era poco menos que una afrenta al decoro nacional.

Los ingenieros del régimen, armados de taladros, hormigón y una fe ciega en las soluciones a martillazos, perforaron 361 agujeros en los cimientos y vertieron 90 metros cúbicos de un hormigón tan patriótico como inútil. La operación parecía más un experimento de alquimia fascista que un trabajo de ingeniería. El resultado fue impecable en su fracaso: la torre, ofendida quizá por el trato, se hundió un poco más en su esponjoso lecho toscano, como quien se encoge en la cama para que lo dejen en paz.

La inclinación de la torre no era ningún capricho moderno: venía inclinándose desde el siglo XII, cuando alguien tuvo la idea de construir un campanario monumental sobre un terreno más blando que el panettone. Durante siglos, arquitectos y maestros de obra intentaron corregirla con métodos más o menos sensatos. Ninguno triunfó del todo, pero al menos ninguno tuvo la desfachatez de empeorar la situación con tanto entusiasmo.

Hubo que esperar a los años noventa para que un grupo internacional de ingenieros decidiera cambiar el enfoque: menos músculos y más neuronas. En vez de intentar enderezarla como quien regaña a un recluta, optaron por comprender su caprichoso equilibrio. Con contrapesos, extracción estratégica de tierra y un respeto casi zen por la historia del monumento, lograron reducir la inclinación lo suficiente como para garantizar su seguridad sin extirparle su célebre torcedura.

Hoy la Torre de Pisa sigue siendo uno de los monumentos más visitados del planeta, no por su perfección, sino por su gloriosa imperfección. Si pudiera hablar, quizá diría, con cierto orgullo de diva: “Intentaron corregirme… y aquí sigo, inclinada, legendaria y más fotogénica que nunca.”