Fuimos al Museo del Prado hace unos días con la actitud razonable del visitante culto: paso medido, voz baja, manos a la espalda y esa expresión grave que uno adopta cuando se dispone a entender el Arte. Lo que no sabíamos, ingenuos, es que el Prado no se deja entender: te sucede.
Nada más entrar, la colección permanente empezó a comportarse con una familiaridad impropia de un templo de la alta cultura. Velázquez nos observó con cortesía profesional, como quien toma nota mental de unos visitantes que quizá merezcan ser incluidos en el cuadro, aunque sea al fondo, medio desenfocados. Las Meninas parecían saber algo que nosotros aún no, y el espejo del fondo, ese artefacto filosófico, devolvía una versión nuestra ligeramente más inteligente, como si el museo, generoso, nos concediera una mejora temporal.
Goya, en cambio, no disimuló. Nos miró con ese gesto suyo entre la ironía ilustrada y el cansancio existencial. Los fusilamientos se estremecieron apenas, lo justo para recordarnos que la Historia no está colgada de las paredes: está vigilando. Saturno, por su parte, pareció detenerse un segundo, incómodo, consciente de que se le estaba yendo la mano delante de gente sensible. Fue un momento educadamente violento.
El Bosco, como siempre, decidió que las normas eran orientativas. En uno de sus rincones, un ser híbrido, mitad pez, mitad funcionario medieval, parecía preguntarse si aquello era una sala del Prado o un mal sueño renacentista. Nadie más lo notó. A esas alturas ya habíamos comprendido que el museo elige a quién se le revela.
Y entonces llegamos a la exposición de Antonio Rafael Mengs, donde el tiempo se recoloca la peluca y adopta modales neoclásicos. Mengs no pinta para deslumbrar: pinta para convencer. Sus obras tienen la serenidad de quien cree en el orden del mundo, en la razón, en la belleza como disciplina moral. Todo está donde debe estar. Incluso nosotros.
Allí ocurrió algo sutil pero definitivo: el ruido mental se apagó. Las figuras parecían pensadas antes de existir. La armonía no era decorativa, era casi ética. Uno salía de cada cuadro con la sensación de haber sido corregido interiormente, como si Kant acabara de asentir en silencio desde algún lugar bien iluminado.
En una esquina, juraríamos que una alegoría nos guiñó el ojo. No fue descarado. Mengs jamás sería descarado. Fue un guiño ilustrado, casi académico.
Salimos del Prado distintos. No mejores, eso sería pretencioso, pero sí ligeramente desplazados, como si hubiéramos pasado unas horas fuera del eje habitual de la realidad. Madrid nos recibió con su ruido, su prisa y su caos encantador, pero algo había cambiado: los semáforos parecían composiciones, los transeúntes personajes, y nosotros, modestamente, figuras secundarias de un gran lienzo urbano.
Habíamos ido a ver pintura.
Y salimos con la sospecha inquietante de que el Prado, con su sabia mezcla de genio, razón y delirio, nos había estado mirando a nosotros desde hace siglos.
Después del Prado, salimos a un Madrid frío y lluvioso, recogido en sí mismo. Sol, Preciados y la Gran Vía se sucedían como escenas de una misma obra: el asfalto brillando, los edificios en penumbra, la ciudad convertida en un lienzo húmedo y vivo. Caminábamos despacio, aún con el eco del museo en la mirada.
Nos refugiamos en un café. La taza caliente, el cristal empañado, una música discreta sosteniendo el silencio. Hablamos sin prisa, con esa conversación que no necesita rumbo cuando la compañía es buena. Afuera llovía; dentro, el tiempo parecía haberse puesto de acuerdo con nosotros.
Así se cerró la tarde: arte, ciudad y palabra.
Madrid, en su versión más íntima, nos concedía una armonía sencilla y exacta.





















