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20.4.26

El eco de las viejas imágenes

 


Hay un instante casi sagrado en el que uno abre una vieja caja de zapatos olvidada, un cajón que cruje como si protestara por haber sido despertado, y encuentra dentro un puñado de fotografías antiguas. No importa si están ordenadas en álbumes de tapas gruesas o sueltas, con los bordes gastados y el tiempo adherido como una pátina invisible. Basta con sostener una entre los dedos para que algo dentro de nosotros se detenga, como si el presente, por un segundo, se rindiera ante la autoridad silenciosa del pasado.

Las fotos antiguas no son solo imágenes: son umbrales. Ventanas diminutas que no muestran únicamente lo que fue, sino todo lo que ya no es. En ellas, las personas sonríen sin saber que están siendo archivadas por el tiempo. Hay una inocencia en esos gestos, una ligereza que hoy parece irrepetible. Nadie en esas imágenes sospecha que algún día alguien, quizá uno mismo, las observará con los ojos empañados, buscando en esos rostros respuestas que ya no pueden darse.

Hay algo profundamente melancólico en reconocer a quienes ya no están. Un abuelo apoyado en una silla de madera, una madre joven con la mirada limpia, un grupo de amigos que juraban ser eternos en una tarde de verano que ahora parece de otro siglo. Están ahí, congelados en una alegría que el tiempo no pudo preservar, y sin embargo, siguen vivos en ese rectángulo de papel. Resulta desconcertante: la fotografía detiene el instante, pero no puede detener la vida.

A veces, lo que duele no es solo la ausencia de las personas, sino la desaparición de los lugares y de las formas de vivir. Aquellas calles sin prisa, los coches de otro color, las modas que hoy nos parecen ingenuas, las terrazas sin teléfonos móviles sobre la mesa, las conversaciones que no competían con pantallas luminosas. Todo eso habita en las fotos con una naturalidad que ahora parece casi exótica. Y uno no sabe si lo que añora es realmente ese tiempo o la forma en que se vivía en él: más despacio, más cerca, quizá más intensamente.

Al mirarlas, también nos encontramos con una versión de nosotros mismos que ya no existe. Un niño con rodillas raspadas, un adolescente que creía saberlo todo, un joven que aún no había aprendido a perder. Es curioso cómo podemos sentir ternura por ese desconocido que fuimos. Lo observamos desde la distancia, como si fuera otro, y sin embargo reconocemos en su mirada algo esencial que aún nos pertenece.

El mundo ha cambiado, sí, pero lo más desconcertante es comprobar cuánto hemos cambiado nosotros con él. Antes, una fotografía era un acto casi solemne: había que prepararse, colocarse, esperar. Ahora disparamos cientos sin pensar, acumulando instantes que rara vez volvemos a mirar. Quizá por eso las fotos antiguas pesan más: porque eran pocas, porque eran elegidas, porque en ellas había intención. Cada una parecía decir: “esto importa”.

Y entonces, en medio de esa revisión silenciosa, aparece una certeza inevitable: el tiempo no se detiene, pero deja huellas. Las fotografías son esas huellas. No nos devuelven lo perdido, pero nos permiten tocarlo de alguna forma. Nos recuerdan que hemos querido, que hemos vivido, que hemos sido parte de algo que ya no existe tal como fue, pero que sigue latiendo en la memoria.

Cerrar la caja o el álbum después de recorrer esas imágenes tiene algo de despedida. Una despedida suave, resignada, casi agradecida. Porque, a pesar de la nostalgia, hay consuelo en saber que todo aquello ocurrió. Que esas risas existieron. Que esos días lejanos, aunque ya no vuelvan, dejaron su rastro en nosotros.

Y quizá, sin decirlo en voz alta, entendemos que las fotos no son solo del pasado. Son también una forma de entender el presente. Una manera de recordarnos que lo que hoy vivimos, un día será también recuerdo. Y que, tal vez, alguien, o nosotros mismos, lo mirará con la misma mezcla de ternura y melancolía con la que ahora contemplamos lo que ya se fue.


16.4.26

El Ministerio de los Asuntos Inexplicablemente Explicables


 En algún lugar entre el BOE y el bar de la esquina donde se arregla España con una caña de Mahou y una de rabo de toro, existía un ministerio que no salía en los organigramas oficiales: el Ministerio de los Asuntos Inexplicablemente Explicables. Su lema, grabado en mármol (pagado en tres plazos y con sobrecoste), era: “Si parece corrupción, será gestión avanzada”.

Allí trabajaban ministros de todos los colores, porque en aquel edificio los colores políticos no se discutían: se mezclaban. Como la ropa en una lavadora sin instrucciones. De un lado, el ministro progresista de Transparencia Opaca. Del otro, el ministro conservador de Rancia Tradición Innovadora. Ambos se saludaban cada mañana con una cordialidad sospechosa:

—¿Qué tal la familia? —preguntaba uno.

—Colocada —respondía el otro.

—Me alegro, la mía también.

El organigrama del ministerio era una obra de arte abstracto. Había asesores de asesores, subdirectores de cosas indeterminadas y un cargo especialmente valorado: el de Coordinador General de Coordinadores sin Función Específica, que curiosamente era primo segundo de alguien importante (aunque nadie sabía exactamente de quién).

Las decisiones importantes se tomaban en una sala llamada “La Pecera”, porque todo el mundo veía lo que pasaba dentro… pero nadie entendía nada. Allí se debatían asuntos de máxima relevancia nacional, como la adjudicación de una autopista que no llevaba a ninguna parte pero generaba muchísima ilusión… y facturación.

—Tenemos tres empresas candidatas —decía el secretario de Estado.

—¿Y cuál es la mejor? —preguntaba alguien ingenuo.

—Eso depende —respondía el secretario—, ¿mejor para quién?

En una esquina, discretamente, se encontraba el Departamento de Comisiones Creativas, donde brillaban los verdaderos artistas del sistema. No pintaban cuadros, pero sabían convertir un presupuesto de diez millones en una obra de quince… de los cuales cinco desaparecían con la elegancia de un mago de feria.

Los comisionistas eran personajes entrañables. Vestían trajes caros y sonreían como si supieran algo que tú no. Siempre tenían un contacto, un antiguo compañero de colegio, una empresa “de confianza” o un cuñado que “justo se dedicaba a eso”. Eran la versión sofisticada del “yo conozco a uno”.

Mientras tanto, las esposas, maridos, parejas y amantes formaban el llamado Cuerpo Diplomático Paralelo. No tenían cargo oficial, pero gestionaban agendas, influencias y, en ocasiones, destinos turísticos bajo el noble concepto de “viajes de trabajo emocional”.

—Cariño, me voy a supervisar unas inversiones a las Maldivas.

—¿Pero tú no trabajas en Cultura?

—Precisamente. Cultura del descanso.

Los enchufados, por su parte, vivían en un estado de felicidad permanente. Llegaban a su despacho, encendían el ordenador, lo miraban con respeto… y luego se iban a desayunar durante tres horas.

—¿Tú qué haces aquí? —preguntaba uno nuevo.

—Nada —respondía el veterano—, pero con vocación.

En los pasillos se hablaba de ética, de servicio público, de compromiso… siempre en voz alta, por si alguien estaba escuchando. Luego, en voz baja, se hablaba de adjudicaciones, recalificaciones y ese misterioso concepto llamado “margen”.

Lo más curioso era que, cuando cambiaba el gobierno, nada cambiaba realmente. Los nuevos llegaban indignados, prometiendo limpiar, regenerar y acabar con todo aquello. Y durante las primeras semanas, lo hacían. Abrían cajones, levantaban alfombras… y encontraban cosas tan interesantes que decidían guardarlas “por si acaso”.

—Esto es escandaloso —decía un recién llegado.

—Sí —respondía un veterano—, pero también es muy útil.

Y así, entre discursos grandilocuentes y facturas infladas, el país seguía adelante. Porque, al final, todo se explicaba. O al menos, se intentaba explicar.

Un día, un ciudadano anónimo entró por error en el ministerio. Nadie supo cómo había pasado el control.

—Perdone —dijo—, venía a preguntar en qué se gasta mi dinero.

Se hizo un silencio incómodo. Los ministros se miraron, los asesores tosieron, los comisionistas consultaron el móvil.

Finalmente, alguien respondió:

—En usted.

El ciudadano frunció el ceño.

—¿Cómo que en mí?

—Sí, hombre —dijo el ministro con una sonrisa tranquilizadora—. En su tranquilidad. En que no tenga que preocuparse por estos asuntos.

El ciudadano salió aún más confundido de lo que había entrado.

Y en la puerta del ministerio, justo debajo del lema de mármol, alguien había añadido con rotulador una frase nueva:

“La realidad supera a la ficción… pero la factura siempre es real.”

15.4.26

Las rosas negras


 Las rosas negras no crecen en jardines,

ni las riega la lluvia ni el sol las despierta.

Nacen en un rincón donde el tiempo se rompe,

donde tu nombre aún late,

pero ya no contesta.

Hay días en que todo sigue intacto,

la taza en su sitio, el sofá esperando,

y sin embargo falta lo imprescindible:

tu forma de habitar el aire,

tu manera de hacer hogar con la mirada.

Te has ido, dicen,

como si irse fuera un verbo sencillo,

como si bastara con doblar una esquina

y no regresar jamás.

Pero no te has ido del todo.

Te escondes en los gestos heredados,

en una risa que a veces me sorprende

y no sé si es mía o es tuya

volviendo sin permiso.

Las rosas negras florecen en silencio,

cuando la noche se alarga demasiado

y la memoria decide abrir sus puertas

sin preguntar si duele.

Duele.

Duele como una casa vacía,

como un reloj que sigue marcando horas

que ya no compartimos.

Duele saber que el futuro

ha perdido tu nombre.

Y sin embargo,

te nombro en voz baja,

como quien enciende una vela

en mitad de un vendaval.

Porque hay ausencias que no se apagan,

que se vuelven raíces invisibles,

que sostienen la vida

aunque todo parezca derrumbarse.

Las rosas negras no mueren,

solo aprenden a vivir en la herida.

Y en esa herida,

todavía,

sigues siendo eterno.

14.4.26

Las voces de las conciencias

 


Dicen, y no lo dicen en voz alta, claro, que cada persona lleva dentro una voz que no siempre es suya. Una especie de inquilino moral, un comentarista a tiempo completo, un tertuliano sin sueldo que opina, juzga, aconseja y, en los peores momentos, se pone intensito. A esa voz la llamamos conciencia. Pero nadie nos explicó jamás que no estaba sola.

Porque si uno afinara el oído, como quien busca una emisora antigua en una radio oxidada,descubriría que, en realidad, todas las conciencias están conectadas. No en un sentido espiritual de postal, sino en una red caótica, bulliciosa y bastante mal organizada: un universo paralelo donde las voces de la conciencia de todo el mundo conviven, se cruzan, se pisan, se contradicen y, a veces, hasta se hacen amigas. Ese lugar no tiene mapas ni fronteras. No hay idiomas oficiales ni himnos. Solo hay ecos. Millones de ecos. Es el Parlamento Invisible.

En una esquina improbable de ese universo, si es que puede haber esquinas en algo que no tiene geometría, se reúne un pequeño grupo de voces. Se citan a la misma hora cada día, aunque nadie sabe qué hora es esa exactamente.

—A ver si hoy conseguimos ponernos de acuerdo en algo —dice una voz grave, con acento de barrio madrileño, que pertenece a un hombre de cincuenta y tantos que acaba de decidir si decir o no la verdad en una cena familiar.

—No lo conseguiréis —responde una voz joven, rápida, con cierta ansiedad—. Yo llevo toda la mañana intentando que mi humano no mire el móvil mientras estudia… y nada.

—Paciencia —interviene una voz pausada, casi susurrada, con un ritmo que parece venir de otra época—. El tiempo es largo cuando se vive desde dentro.

—¡Eso es muy fácil decirlo cuando tu humano medita tres horas al día! —protesta otra voz, claramente irritada, perteneciente a una mujer que acaba de discutir con su jefe en un rascacielos de Nueva York—. El mío no tiene tiempo ni para respirar bien.

—Respirar mal también es respirar —apunta una voz infantil, ingenua, que se cuela sin permiso—. El mío sopla velas hoy.

Se hace un pequeño silencio. No incómodo, pero sí lleno de significados cruzados.

—¿Cuántas? —pregunta la voz madrileña.

—Siete —responde la voz infantil—. Y quiere pedir de deseo que su padre deje de estar triste.

Las demás voces no saben muy bien qué decir. Porque hay cosas que ni siquiera ellas pueden manejar.

El Parlamento Invisible no funciona como un parlamento de verdad. No hay turnos de palabra ni orden del día. Es más bien como un mercado persa donde cada conciencia grita lo suyo esperando que, por pura insistencia, su humano haga caso.

En otra zona, si es que puede hablarse de zonas, una discusión acalorada está en marcha:

—¡Que no le escribas! —grita una voz desesperada—. ¡No le escribas otra vez!

—Pero si solo va a ser un mensaje —responde otra, más suave, más peligrosa—. Un “hola”. Nada más.

—Los “holas” nunca son nada más —interviene una voz sarcástica—. Los “holas” son la puerta de entrada al desastre.

—O al amor —replica la voz suave.

—El amor es un desastre bien iluminado —sentencia una tercera, con tono de filósofo cansado.

Mientras tanto, a pocos ecos de distancia, otra conversación completamente distinta tiene lugar:

—No robes —dice una voz firme.

—No es robar, es… aprovechar un descuido —contesta otra, dudosa.

—Eso lo llaman robar en todos los idiomas —responde la primera.

—En el mío suena menos feo —insiste la segunda.

—En el tuyo suena igual, pero te haces el sordo.

Uno podría pensar que las voces de conciencia hablarían un idioma universal. Pero no. Cada una conserva el tono, el ritmo, la cadencia de su humano. Hay voces que suenan como rezos. Otras como órdenes militares. Algunas son pura poesía.Y muchas, muchísimas, son puro caos.

Una voz africana canta mientras aconseja. Una voz japonesa duda antes de cada frase. Una voz argentina gesticula aunque nadie la vea. Una voz alemana estructura sus pensamientos en listas numeradas. Una voz adolescente cambia de opinión cada tres segundos. Y, sin embargo, todas se entienden. No por las palabras, sino por la intención. Porque la conciencia, en el fondo, no necesita traducción. Solo necesita espacio para hacerse oír.

—Nuestro verdadero problema no somos nosotros —dice un día la voz pausada—. Son ellos.

—¿Ellos quiénes? —pregunta la voz infantil.

—Nuestros humanos —responde.

Se produce un murmullo general. Un consenso raro, casi histórico.

—No escuchan —dice una voz.

—Escuchan lo que quieren —corrige otra.

—Escuchan tarde —añade una tercera.

—Y luego dicen “ya lo sabía” —concluye una cuarta, con evidente resignación.

—Eso es lo peor —dice la voz madrileña—. Cuando hacen justo lo contrario de lo que les dices… y luego se sorprenden.

—El mío incluso me discute —añade una voz joven—. ¡A mí! Que soy yo.

—El mío me ignora con elegancia —dice otra—. Como si fuera un consejo opcional.

—El mío —dice la voz infantil, bajito— a veces me escucha.

El silencio vuelve. Esta vez más largo. En algún momento, nadie recuerda cuándo, surgió la idea de organizar una rebelión.

—Si nos coordinamos —propuso una voz optimista— podríamos influir de verdad.

—¿Coordinar? —respondió otra—. ¿Aquí?

—Bueno… intentarlo.

El intento duró exactamente lo que tarda un humano en cambiar de opinión. Porque cada conciencia tiene un humano distinto. Y cada humano es un universo imprevisible. Así que la rebelión quedó en nada. Como casi todas las buenas intenciones.

Hubo, sin embargo, un día extraño. Un día en el que, por razones que nadie supo explicar, muchas voces dejaron de hablar.No porque quisieran. Sino porque no encontraban a quién hablar. Humanos distraídos, ausentes, desconectados. Gente que ya no escuchaba ni siquiera el eco. El Parlamento Invisible se quedó medio vacío.

—Esto es peligroso —dijo alguien.

—Esto es triste —dijo otro.

—Esto —susurró la voz pausada— es lo que pasa cuando dejamos de hacernos preguntas.

Fue el único día en el que las conciencias tuvieron miedo. No de equivocarse. Sino de desaparecer.

Quizá la conciencia no sea esa voz perfecta que siempre acierta. Ni ese juez infalible que distingue el bien del mal con precisión. Quizá sea, simplemente, una conversación. Un murmullo constante entre lo que somos y lo que podríamos ser. Entre lo que queremos hacer y lo que sabemos que deberíamos. Entre el impulso y la pausa. Un parlamento caótico, sí. Desordenado, contradictorio, a veces incluso ridículo. Pero necesario.

Porque mientras haya voces, aunque se equivoquen, aunque discutan, aunque se contradigan, hay posibilidad de elección. Y mientras haya elección, hay humanidad.

Así que la próxima vez que sientas esa vocecilla incómoda, insistente, casi pesada…no la calles demasiado rápido. Puede que no esté sola. Puede que, en algún rincón invisible del universo, haya miles de voces más, debatiendo, riendo, desesperándose… intentando, como la tuya, que hagas lo correcto. O al menos, lo menos equivocado posible.

Y eso, en estos tiempos, ya es casi un milagro.

11.4.26

El laberinto de las batas blancas (Relato basado en hechos reales, aunque parezca lo contrario)

 


Hay mañanas en las que uno se levanta con la firme intención de cumplir con sus obligaciones cívicas, cuidar su salud y, en definitiva, ser un ciudadano ejemplar. Luego está la realidad, que acostumbra a tener el sentido del humor de un guionista con resaca. Lo que me ocurrió esta semana un el Centro de Salud Extremeño pertenece, sin duda, a esta segunda categoría: una experiencia tan rigurosamente cierta que, de haberla leído en un libro, habría acusado al autor de exagerado.

Acudí puntual a mi cita de las 9:30 con la enfermera Puri, dispuesto a enfrentar con entereza esa revisión periódica de mi “nueva normalidad”, expresión que, sospecho, fue inventada para evitar términos más descarnados y menos poéticos. Caminaba yo con paso decidido, casi heroico, cuando al llegar a la puerta de la consulta descubrí el primer indicio de que la jornada no discurriría por cauces ordinarios.

Un cartel, sobrio pero contundente, anunciaba: “Los pacientes de la enfermera Puri serán atendidos en la consulta de la enfermera Lorena”. Nada grave, me dije. Las instituciones modernas requieren flexibilidad; el cambio es ley de vida. Así que, con la serenidad de quien aún cree en la lógica, emprendí la búsqueda de la consulta de Lorena.

Tras un breve peregrinaje por pasillos idénticos, que bien podrían haber sido diseñados por un arquitecto con vocación de ilusionista, llegué a mi destino. Allí me aguardaba el segundo acto de esta comedia: otro cartel, que rezaba con idéntica solemnidad: “Los pacientes de la enfermera Lorena serán atendidos por la enfermera Juana María”.

En ese momento, una sombra de duda cruzó mi ánimo. Recordé vagamente a Kafka, a sus funcionarios impenetrables y sus procesos interminables. Pero decidí perseverar. Después de todo, la salud es lo primero… incluso si hay que atravesar varias dimensiones para alcanzarla.

Así llegué a la consulta de la enfermera Juana María. Y fue entonces cuando el universo, en un alarde de ironía casi literaria, desplegó su golpe maestro. El cartel final, el broche de oro, decía: “Los pacientes de la enfermera Juana María serán atendidos por la enfermera Puri”.

Confieso que me quedé inmóvil unos segundos, contemplando aquel círculo perfecto, casi platónico, de derivaciones imposibles. Aquello no era un centro de salud: era una alegoría del eterno retorno, una versión sanitaria del mito de Sísifo, condenado no a empujar una piedra, sino a cambiar de consulta sin fin. Si Franz Kafka hubiera tenido tarjeta sanitaria, probablemente habría escrito El proceso clínico.

Decidí entonces acudir a información, ese santuario laico donde el ciudadano deposita sus últimas esperanzas. Tras exponer mi odisea, que ya para entonces tenía tintes de epopeya homérica, una voz tranquila me indicó que debía dirigirme, en realidad, a la enfermera María José.

Y allí, por fin, encontré algo parecido a la cordura. María José no solo existía, sino que además fue extraordinariamente amable y eficiente, una profesional que parecía haber escapado de otro sistema más benévolo. Lamentablemente, no le constaba mi cita, porque, cómo no, los pacientes de la enfermera Puri no habían sido correctamente derivados. En cierto modo, seguían atrapados en ese limbo administrativo, vagando de puerta en puerta como personajes secundarios de una novela inacabada.

Salí del centro de salud con una mezcla de alivio, desconcierto y una ligera sospecha de haber participado en una performance contemporánea sin haber sido informado previamente. 

Quizá la vida moderna no sea más que eso: una sucesión de pasillos, carteles contradictorios y puertas que nos devuelven al punto de partida. Nos gusta pensar que todo responde a un orden, a una lógica invisible, pero a veces, solo a veces, el mundo se comporta como una comedia de enredos escrita por un dios bromista.

Y sin embargo, en medio del desconcierto, siempre aparece una María José: alguien que, con amabilidad y eficacia, nos recuerda que no todo está perdido, que aún quedan pequeñas islas de sentido en este océano de absurdos.

Eso sí, la próxima vez acudiré al centro de salud con provisiones, un mapa… y, por si acaso, una brújula. Porque uno nunca sabe si va a una consulta médica o a protagonizar, sin previo aviso, su propia aventura literaria.

7.4.26

La tarde en que las ánimas entraron en clase


 Recuerdo aquella primera vez como se recuerdan las cosas que, sin saberlo, nos cambian por dentro. Era una tarde cualquiera de los años ochenta, de esas que caían despacio entre deberes mal hechos y el olor a merienda, aunque en realidad fue en un aula del colegio, en los Salesianos, donde todo ocurrió de verdad. Aquel día, Jesús Mateos abrió un libro con la naturalidad de quien no sospecha que está a punto de dejar una huella indeleble, y comenzó a leernos El monte de las Ánimas. Y el aire de la clase, de pronto, se volvió distinto.

No entendía del todo lo que significaban aquellas palabras, pero sí lo que provocaban. La historia de Beatriz y Alonso, aquella noche de difuntos, los templarios condenados, las ánimas que regresaban reclamando lo que fue suyo… todo se filtraba en mi imaginación con una claridad inquietante. Era un miedo infantil, sí, pero no el miedo burdo de un susto pasajero, sino uno más hondo, más antiguo, como si esas sombras hubieran estado esperándome desde siempre, agazapadas entre los renglones.

Recuerdo incluso cómo la luz entraba por las ventanas del aula, una luz de tarde que nada tenía de amenazante, pero que, sin embargo, no lograba disipar lo que aquellas palabras iban creando. Porque el miedo no estaba fuera, sino dentro. Cada frase de Gustavo Adolfo Bécquer era como una puerta que se abría a un lugar desconocido, donde el viento ululaba entre ruinas y las campanas parecían doblar por los vivos y por los muertos al mismo tiempo.

Sentía cómo el silencio de la clase se hacía más denso. Nadie hablaba. Nadie se movía. Y, sin embargo, estoy seguro de que todos estábamos en otro sitio, lejos de aquellos pupitres, caminando por ese monte maldito, mirando de reojo la oscuridad, temiendo, y deseando a la vez, que algo apareciera.

Y junto al miedo crecía también una emoción extraña, casi hermosa. Había algo fascinante en ese mundo de espectros y promesas incumplidas, en esa forma de contar donde lo terrible y lo poético caminaban de la mano. Aquella lectura no solo nos asustó: nos despertó. Nos enseñó que las palabras podían construir mundos enteros y que, a veces, esos mundos eran más intensos que la propia realidad.

Aquellos años ochenta tenían algo de eso: de misterio sin resolver, de imaginación sin filtros. No había pantallas que lo explicaran todo ni luces que disiparan cada sombra. El miedo vivía en los libros, en las historias contadas en voz alta por un profesor que modulaba la voz lo justo para mantenernos en vilo, en la sugestión de una palabra bien dicha. Y nosotros, niños todavía, lo acogíamos con una mezcla de temor y curiosidad, como quien se asoma a un abismo sabiendo que no va a caer… pero sintiendo el vértigo igualmente.

Después de aquella clase, el mundo no volvió a ser del todo el mismo. Recuerdo salir del colegio y mirar los rincones y esquinas con una atención nueva, como si cualquier sombra pudiera esconder un secreto. Recuerdo también la noche siguiente, en mi habitación, escuchando cada pequeño ruido con una intensidad distinta, como si las ánimas de la historia hubieran aprendido el camino hasta mi casa.

Hoy, en cambio, todo parece más inmediato, más visible, más explicado. El misterio ha perdido terreno frente a la prisa, y el miedo se ha vuelto ruidoso, explícito, casi mecánico. Nos asustan con imágenes, pero ya no nos inquietan con palabras. Y, sin embargo, aquel temblor íntimo, aquel escalofrío que nacía de una voz, la de Jesús Mateos, leyendo a Bécquer, sigue siendo irrepetible.

Quizá porque no era solo la historia lo que nos inquietaba, sino nuestra propia forma de mirarla. Éramos más vulnerables, sí, pero también más abiertos a dejarnos atravesar por lo invisible, más dispuestos a creer que había algo más allá de lo que veíamos.

Y a veces pienso que, en el fondo, crecer ha sido aprender a apagar esas ánimas, a llenar de ruido y certezas lo que antes era silencio y misterio. Pero qué privilegio haber vivido aquel instante, en un aula cualquiera de los Salesianos, cuando un profesor abrió un libro y, sin proponérselo, nos enseñó que el miedo también podía ser hermoso.

Porque hay historias que no terminan cuando se cierra el libro. Se quedan a vivir en uno, como un eco lejano, como un susurro persistente… como esas ánimas que, de algún modo, nunca dejan de volver.


6.4.26

Una semana santa más

 


Hay lugares a los que uno no va, sino a los que vuelve. Y Miranda del Castañar es exactamente eso: un regreso. Un pequeño milagro de piedra detenido en el tiempo, con su muralla abrazando calles estrechas, balcones de madera que crujen historias y un aire limpio que parece recién estrenado cada mañana.

Han sido cinco días de descanso sin prisas, de esos que no se miden en horas sino en pasos. Pasos por senderos que serpentean entre árboles, como el Camino de los Rodales, donde el silencio no es ausencia, sino compañía. Allí, entre hojas y sombras de almendros en flor, uno recuerda que la naturaleza no necesita artificios para conmover.

También nos dejamos caer por La Alberca, siempre tan coqueta, tan consciente de su belleza, con sus calles y plazas que parecen preparadas para una fotografía eterna y sus rincones donde el tiempo se toma un vino y decide quedarse un rato más.

Y cómo no, hubo también ese momento casi ritual de bajar a Bodega La Muralla, donde el tiempo parece aún más lento, más denso, como si el vino y la piedra se hubieran puesto de acuerdo para conservar no solo el sabor, sino también la memoria. 

Y luego estuvo el río. El río Francia, claro. Ese hilo de agua fresca que canta sin saber que lo escuchamos. Allí el mundo se reduce a lo esencial: el rumor del agua, la luz filtrándose entre las ramas y esa sensación, tan rara, tan necesaria, de que todo está bien, al menos por un instante.


Entre paseo y paseo, como manda la tradición no escrita de las buenas vacaciones, hicimos parada técnica en los bares que ya son casi parte de  nuestra familia Mirandeña: Bar Pavón, Las Petronilas y La Mandrágora. Allí, entre botellines (sin Alcohol) y aperitivos generosos, arreglamos el mundo como se arreglan estas cosas: sin solucionarlo, pero con buena intención y mejor compañía.

Han sido días de conversación lenta, de risas sin motivo concreto, de cielos limpios y noches que invitan a alargar el momento un poco más. Días que no pretenden ser extraordinarios, pero que acaban siéndolo precisamente por eso.

Una Semana Santa más. Y, sin embargo, distinta. Porque cada vez que volvemos, somos un poco otros… y el lugar, con su calma infinita, se encarga de recordarnos quiénes seguimos siendo.