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24.5.26

La película que prometía Lois Lane que nunca vimos

 


Hay películas que envejecen con dignidad, otras que sobreviven gracias a la nostalgia, y algunas que contienen, escondida entre escenas torpes y decisiones discutibles, la promesa fugaz de algo muchísimo mejor. A veces basta una frase, una mirada o un personaje entrando tarde en escena para que el espectador intuya la gran aventura que nunca llegó a rodarse. Y eso es exactamente lo que ocurre en los últimos minutos de Superman III.

En los minutos finales de Superman III, cuando la historia entre Clark Kent y Lana Lang se apaga con una conclusión tan tibia como olvidable, aparece fugazmente Margot Kidder de nuevo en el papel de Lois Lane. Regresa de sus vacaciones con un reportaje de portada bajo el brazo, una investigación sobre corrupción en el Caribe, y lanza aquella frase casi de pasada: “¿Sabes? Supe que estaba metida en algo gordo cuando aquel taxista me secuestró”.

Y ahí, en apenas unos segundos, la película parecía abrir una puerta hacia otra aventura mucho más interesante que la que acabábamos de ver.

Porque aquella línea tenía sabor a serial periodístico, a intriga tropical, a conspiraciones en puertos húmedos llenos de ventiladores lentos, ron barato y funcionarios corruptos. Era el tipo de peripecia que encajaba perfectamente con la Lois Lane más audaz: periodista temeraria, irónica, siempre metida donde no debía. Mientras tanto, la trama principal de la película había preferido perderse entre ordenadores gigantes, humor infantil y villanos caricaturescos.

Muchos espectadores de aquel verano de 1983 seguramente salieron del cine pensando exactamente lo mismo: “Yo quería ver esa película”. La de Lois investigando dictaduras bananeras, siendo perseguida por mercenarios y enviando crónicas imposibles desde algún rincón sofocante del Caribe. No la del magnate informático convertido en villano de dibujos animados.

A veces el cine tiene esas ironías maravillosas: una frase lanzada al pasar contiene más aventura, más misterio y más vida que dos horas enteras de metraje.

19.5.26

Los gorriones de La Cometa


 Hay lugares que no desaparecen del todo aunque cambien de nombre, de dueño o de carta. Lugares que permanecen suspendidos en una especie de memoria salada, como barcos hundidos bajo aguas tranquilas que todavía reflejan la luz de antiguas sobremesas. Igual que esas terrazas blancas de Mojácar donde el viento mueve los manteles como si hojease lentamente las páginas de un verano viejo.

Así me ocurre con "La Cometa". Aquel restaurante frente al mar, humilde y luminoso, donde las mediodías y las noches parecían durar más que en ninguna otra parte, como si el reloj allí estuviese hecho de arena y no de números. Allí estaban siempre los gorriones. Pequeños, descarados, rápidos como pensamientos felices. Bajaban hasta las mesas con la confianza de quien también pertenecía al paisaje, como diminutos marineros del aire reclamando su parte del Mediterráneo. Uno terminaba creyendo que el mar no estaba completo sin ellos, del mismo modo que un poema no lo está sin su última palabra.

Ahora, en el mismo lugar, está el "Cosmo Beach Club". Un nombre moderno, cuidadosamente diseñado para las fotografías y las cartas con palabras extranjeras. Cocina híbrida hispano-francesa-marroquí, cócteles, música que parece salida de un catálogo de aeropuertos o tiendas de ropa. Todo artificialmente medido. Todo tan pulido como una concha vacía. Y, sin embargo, algo falta. O falta todo. Quizá el ruido sencillo de los platos de tapas con las cañas. Quizá el olor a pescado y cerveza fría que se mezclaba con la brisa como una canción popular. O quizá aquellos gorriones de "La Cometa", que parecían saber más de la felicidad que muchos seres humanos, porque hay criaturas pequeñas que entienden secretos enormes.

Porque los gorriones siguen ahí.


Están en la cafetería de las señoras (Cafetería Dani), saltando entre las mesas del desayuno, esperando las migas de las tostadas que caen al suelo como pequeñas nevadas de pan dorado. Se acercan con una mezcla de miedo y costumbre, inclinando la cabeza con esa curiosidad antigua de las criaturas pequeñas, como si escucharan algo invisible bajo el ruido de las cucharillas. Uno de esos gorriones siempre se atreve primero. Luego llegan los demás. Y el sonido de sus patas diminutas sobre las baldosas acaba formando parte del rumor del café recién hecho, de las conversaciones somnolientas y de esa música suave que tienen las mañanas junto al mar.

También están los gorriones del Dolce Vita, quizá los más afortunados de todos, viviendo junto al mar, entre salitre y viento azul. Allí parecen distintos. Más tranquilos. Como si el Mediterráneo les hubiese enseñado una manera más lenta y más sabia de existir. Revolotean cerca de las mesas mientras el sol cae sobre el agua y las montañas lejanas del Cabo de Gata empiezan a teñirse de cobre, igual que brasas que todavía conservan el calor del día.

Y yo tengo la extraña sensación de que siempre son los mismos gorriones.

Los mismos desde aquel primer viaje en 2019, cuando descubrimos las costas almerienses y sentimos que algo dentro de nosotros se aquietaba por fin, como un reloj cansado que deja de hacer ruido. Como si Mojácar y el Cabo de Gata tuviesen la capacidad de colocar el alma en su sitio, igual que el mar devuelve lentamente a la orilla aquello que parecía perdido.

Las carreteras secas entre montañas desnudas. Las chumberas creciendo contra el viento como viejos centinelas verdes. Las playas silenciosas donde el agua parece de vidrio derretido. Las casas blancas encaramadas en la colina como palomas dormidas bajo el sol. El olor a sal, a esparto y a verano antiguo. Todo allí tiene una belleza áspera y luminosa, como esas canciones tristes que, sin embargo, traen paz.

En el Cabo de Gata las tardes tienen una melancolía hermosa, casi cinematográfica. El viento atraviesa las pitas y los volcanes dormidos mientras el mar golpea suavemente las rocas negras, con la paciencia infinita de quien lleva siglos pronunciando el mismo nombre. Y uno comprende que la paz no siempre consiste en dejar de pensar, sino en mirar alrededor y sentir que nada sobra, que incluso el silencio ocupa exactamente el lugar que debe ocupar.


Quizá por eso recordamos a esos gorriones. Porque son testigos diminutos de nuestras vidas. Porque mientras los restaurantes cambian de nombre, las modas pasan y los años avanzan silenciosamente como barcos en el horizonte, ellos siguen regresando a las mismas terrazas, a las mismas migas, al mismo mar.

Y me gusta pensar que el próximo verano volverán a estar allí.

Esperándonos.

Saltando entre las mesas blancas de Mojácar, bajo la misma luz dorada de siempre, como pequeños guardianes del recuerdo, diminutas brújulas con alas que todavía saben guiarnos hacia esa parte de nosotros mismos donde aún habita la calma.


13.5.26

Jack Taylor


La muerte de Jack Taylor, casi a los 100 años, los cumpliría en octubre, deja un silencio extraño en una parte muy concreta del cine. No era una superestrella al uso, ni un actor de alfombra roja permanente, ni un rostro domesticado por la televisión actual. Era otra cosa. Uno de esos actores cuya cara aparecía de madrugada en una película de terror emitida en televisión, en un viejo VHS alquilado en un videoclub de barrio o en un cine de verano donde aún sobrevivían los ecos del fantástico europeo. Y bastaba verle entrar en escena para que todo adquiriese inmediatamente un aire turbio, elegante o amenazador.
Con Jack Taylor se marcha uno de los últimos supervivientes de aquella generación irrepetible de intérpretes que hicieron grande el cine español más popular, extraño, libre y artesanal de los años 60 y 70. Un cine hecho muchas veces con cuatro duros, con ingenio, con jornadas maratonianas y con directores capaces de levantar castillos góticos en mitad de la meseta castellana o laboratorios infernales en estudios diminutos de Barcelona o Madrid.
Nacido en Estados Unidos pero convertido casi en patrimonio sentimental del cine europeo, Jack Taylor encontró en España un lugar donde desarrollar una carrera imposible de imaginar en Hollywood. Aquí trabajó con directores como Jesús Franco, Amando de Ossorio, León Klimovsky o Paul Naschy, convirtiéndose en un rostro fundamental del fantaterror español. Ahí quedan títulos como La novicia asesinada, El buque maldito, Los ojos azules de la muñeca rota o Conde Drácula, pequeñas piezas de un universo cinematográfico que durante décadas fue despreciado por cierta crítica y que hoy se reivindica como un fenómeno cultural único.
Porque aquel cine tenía algo irrepetible. Era un cine fronterizo, mestizo, desacomplejado. Mezclaba terror gótico, erotismo, policiaco, western europeo, ciencia ficción y thriller psicológico con una naturalidad casi suicida. Las películas podían ser imperfectas, delirantes o incluso ingenuas, pero tenían personalidad. Mucha más personalidad que gran parte del cine industrial actual.
Y alrededor de Jack Taylor orbitaba toda una constelación de secundarios y actores de rostro eterno que construyeron la memoria sentimental del cine español. Hombres y mujeres que quizá las nuevas generaciones ya no identifiquen por su nombre, pero cuya presencia sigue grabada en la retina colectiva.
Ahí estaban Lone Fleming vagando entre templarios zombis; Helga Liné aportando misterio y elegancia; Narciso Ibáñez Menta elevando el terror televisivo y cinematográfico a otra dimensión; Víctor Israel con aquel rostro imposible, mitad expresionismo alemán y mitad taberna castellana; Antonio Mayans apareciendo una y otra vez en el universo de Franco; Fernando Sancho adueñándose del spaghetti western europeo; Frank Braña sobreviviendo a balazos, monstruos y persecuciones; José Lifante convertido en rostro omnipresente del cine quinqui, el western y el fantástico; o Manuel Alexandre, capaz de aparecer en cualquier película y dotarla de humanidad inmediata.
Y, por supuesto, estaba Paul Naschy, probablemente el gran icono del fantaterror español, el hombre lobo Waldemar Daninsky, eterno enamorado del monstruo clásico. Películas como La noche de Walpurgis, El espanto surge de la tumba o La residencia forman parte ya de una arqueología sentimental del cine europeo.
Aquellos actores secundarios sostenían películas enteras con apenas dos frases, una mirada o una manera concreta de encender un cigarro. Eran intérpretes curtidos en doblajes, coproducciones internacionales, rodajes caóticos y presupuestos mínimos. Muchos hacían tres películas al año, o cinco. Algunos rodaban westerns en Almería por la mañana y terror gótico en Madrid semanas después. Y aun así lograban crear personajes memorables.
También pertenecían a una España desaparecida: la de los cines de barrio, los programas dobles, las carteleras dibujadas a mano, las novelas de quiosco, los videoclubs llenos de carátulas imposibles y las sesiones nocturnas donde uno descubría películas extrañas sin saber muy bien qué estaba viendo.
Durante mucho tiempo, este cine fue tratado con condescendencia. Parecía “menor”, casi vergonzoso para cierta intelectualidad cultural. Pero el tiempo ha terminado haciendo justicia. Hoy esas películas tienen seguidores en todo el mundo. Se estudian, se restauran y se reivindican. Directores internacionales han reconocido la influencia del fantaterror español y de aquellos artesanos capaces de crear atmósferas inolvidables con muy pocos medios.
La muerte de Jack Taylor no es solo la despedida de un actor. Es también la despedida simbólica de una época del cine español: imperfecta, excesiva, artesanal y profundamente libre. Una época donde los secundarios eran fundamentales, donde los rostros importaban tanto como los protagonistas y donde existía una forma muy física y humana de hacer cine.
Quizá las nuevas generaciones descubran ahora su figura por curiosidad, navegando entre plataformas o leyendo algún homenaje tardío. Ojalá lo hagan. Porque detrás de Jack Taylor no hay únicamente un actor de culto. Hay toda una memoria del cine europeo. Un tiempo de castillos en ruinas, laboratorios envueltos en niebla, templarios ciegos cabalgando de noche y actores inmensos trabajando sin pedir reconocimiento.
Y en el fondo, ese es el mejor homenaje posible: recordar que el cine también pertenece a quienes nunca encabezaron los carteles con letras gigantes, pero consiguieron que jamás olvidáramos sus rostros.

11.5.26

Los Womad de ayer y de hoy

 


Hubo un tiempo en que Cáceres parecía vivir de espaldas al mundo. O quizá no de espaldas, pero sí en un margen tranquilo, polvoriento y algo resignado de la geografía española. A finales de los años ochenta y comienzos de los noventa, Extremadura todavía arrastraba esa vieja sensación de periferia eterna, de tierra hermosa y olvidada, donde las noticias importantes parecían suceder siempre en otra parte. Las grandes giras pasaban de largo, las tendencias culturales llegaban con retraso y la modernidad, muchas veces, venía en autobús de línea desde Madrid con varias horas de demora.

Y entonces apareció el WOMAD.

El festival nacido de la imaginación de Peter Gabriel aterrizó en Cáceres como una especie de milagro improbable. Aquel proyecto multicultural, concebido para reunir músicas del mundo, tradiciones, lenguas y sonidos de distintos continentes, encontró en la ciudad monumental un escenario casi irreal. Nadie habría imaginado que aquellas plazas medievales, acostumbradas al eco de los turistas y al silencio solemne de la piedra antigua, acabarían llenándose de percusiones africanas, gaitas balcánicas, cantos árabes, reggae, flamenco mestizo y ritmos imposibles llegados desde rincones remotos del planeta.

El contraste era perfecto.

Cáceres, con sus murallas, sus cigüeñas y sus calles de otro siglo, se convirtió durante unos días al año en una capital del mundo. Y eso, para quienes crecimos en Extremadura, tenía algo profundamente emocionante. Porque el WOMAD no era solo música. Era una ventana. Una sensación de que el planeta entero cabía de repente en la Plaza Mayor. Era descubrir que existían otros idiomas, otras formas de bailar, otras maneras de mirar la vida.

En aquellos primeros años había algo casi ingenuo y mágico. No existía la hiperconectividad actual. No había móviles grabándolo todo. No se iba al festival pensando en subir vídeos a redes sociales ni en buscar la foto perfecta para Instagram. Se iba simplemente a vivirlo. A perderse entre la multitud. A escuchar grupos de los que no sabías absolutamente nada y que, aun así, terminaban marcándote para siempre.

Yo llegué al WOMAD en 1997.

Y aún puedo recordar aquella sensación.

El calor de mayo suspendido sobre las piedras de la parte antigua. El olor mezclado de cerveza, hierba seca, y otras sustancias, comida callejera y humedad nocturna. Los puestos de artesanía. Las camisetas coloridas. Los tambores sonando a lo lejos mientras uno subía por las escaleras hacia la plaza de San Jorge. Gente de todas partes sentada en el suelo, compartiendo cerveza, calimotxo, conversaciones interminables y una especie de felicidad sencilla que parecía no tener prisa.

El WOMAD de 1997 fue, para muchos, una revelación. Uno era joven y tenía la impresión de que el mundo entero comenzaba allí mismo, entre las luces de la Plaza Mayor y las madrugadas eternas caminando por las calles empedradas. Aquel año dejaron huella actuaciones como las de Khaled, que convirtió la plaza en una fiesta mediterránea imposible de olvidar, o la fuerza de Transglobal Underground, cuyos ritmos parecían llegar directamente de un Londres mestizo y futurista. Había algo especial en aquellos conciertos nocturnos donde las canciones parecían mezclarse con el sonido de las campanas, con las voces lejanas y con el rumor constante de la ciudad respirando.

Luego llegó 1998, y el festival ya era casi un ritual.

El WOMAD, según me han contado, empezaba días antes, mucho antes de que sonara el primer concierto. Empezaba en las conversaciones. En la gente preguntando qué grupos venían aquel año. En los bares llenándose poco a poco. En los primeros viajeros con mochilas enormes. En la sensación de que Cáceres, durante unos días, se transformaba completamente.

Aquellos años tenían además una belleza irrepetible: la sorpresa. Uno no llevaba el festival planificado al minuto. No existían aplicaciones móviles ni horarios consultados veinte veces al día. Muchas veces acababas descubriendo a los mejores artistas casi por accidente. Escuchabas un sonido lejano, doblabas una esquina y allí estaba ocurriendo algo extraordinario.

En 1998 el WOMAD siguió agrandando su leyenda. Aún resuena en la memoria la potencia de Ojos de Brujo, mezclando flamenco, hip hop y ritmos callejeros cuando aquello todavía parecía una rareza revolucionaria. O la delicadeza hipnótica de Natacha Atlas, cuya voz parecía diseñada para perderse entre las piedras iluminadas de la parte antigua. Y unos aún desconocidos Café Quijano. Aquellas noches tenían algo de viaje sin necesidad de moverse de Cáceres.

Y después llegó 1999.

Quizá porque el final del milenio flotaba en el ambiente, quizá porque todos éramos más jóvenes, o quizá porque el recuerdo tiende a embellecer las cosas, pero aquel WOMAD parecía tener una intensidad especial. La ciudad hervía de gente. Había un aire cosmopolita que hoy cuesta explicar a quienes no lo vivieron. Cáceres parecía Londres, Marrakech, Lisboa y La Habana al mismo tiempo. En una sola noche podías escuchar música celta, reggae, flamenco, jazz africano y electrónica tribal.

Y todo convivía de manera natural.

Aquel 1999 dejó conciertos memorables. La energía desbordante de Asian Dub Foundation convirtió la Plaza Mayor en una explosión de baile y reivindicación. Y también hubo momentos casi mágicos con Cesária Évora, cuya voz melancólica parecía detener el tiempo durante unos minutos. Recuerdo mirar alrededor y pensar que muy pocas ciudades podían ofrecer algo así en aquel momento.

El año 2000 tuvo algo simbólico. Era el comienzo de un siglo nuevo y también, sin saberlo, el cierre de una etapa vital. Porque muchas veces no nos damos cuenta de que ciertos años están destinados a convertirse en recuerdo hasta mucho después. Aquel WOMAD todavía conservaba parte de la esencia salvaje y espontánea de los noventa. Aún quedaban noches improvisadas, conversaciones eternas en cualquier rincón y amaneceres caminando lentamente hacia casa mientras las calles recuperaban el silencio.

Y también quedaron actuaciones enormes, como la de Amparanoia, que convirtió el festival en una celebración mestiza y festiva, o la elegancia y profundidad de Youssou N'Dour, cuya música parecía resumir perfectamente el espíritu universal del WOMAD.

Luego la vida siguió.

Y como ocurre tantas veces, uno se fue alejando sin darse cuenta. Cambian las ciudades, cambian las prioridades, cambian los trabajos, los horarios y hasta las personas que nos acompañaban en aquellos años. Durante mucho tiempo el WOMAD siguió existiendo, pero ya desde lejos. Como una música que escuchas a través de una ventana abierta mientras tu vida transcurre en otra parte.

Había años en los que veía alguna noticia. Otros en los que alguien mencionaba un concierto memorable. Pero ya no estaba allí. Y el festival, de alguna forma, quedó unido a una época concreta de la juventud, a unos amigos, a unas noches y a una versión de uno mismo que parecía pertenecer ya al pasado.

Hasta que la vida, con sus extraños círculos, me devolvió definitivamente a Cáceres.

Y entonces volví al WOMAD.

Sobre todo desde 2023.


Y fue una sensación extraña y hermosa al mismo tiempo. Porque muchas cosas habían cambiado, claro. La ciudad es distinta. El festival también. El público también. Incluso uno mismo llega al WOMAD de otra manera. Ya no con aquella ansiedad juvenil por no perderse nada, sino con una mirada más tranquila, más observadora, quizá más melancólica.

Las primeras ediciones tenían algo más caótico, más espontáneo y más despreocupado. Eran menos cómodas, seguramente menos organizadas, pero también más imprevisibles. Había una sensación de descubrimiento continuo. Todo parecía nuevo. El mundo aún conservaba cierta inocencia analógica.

Hoy el WOMAD convive con otra realidad. Los teléfonos móviles iluminan los conciertos. Mucha gente vive el festival a través de una pantalla. Las redes sociales han cambiado incluso la forma de asistir a un evento cultural. Ahora todo queda registrado, fotografiado y compartido al instante.

Pero, aun así, hay algo que permanece intacto.

Cuando cae la noche sobre la Plaza Mayor y empiezan a sonar los primeros acordes, Cáceres vuelve a transformarse. La piedra antigua sigue reflejando las luces igual que hace treinta años. Las cigüeñas continúan vigilando desde las torres. Y durante unos días, la ciudad vuelve a convertirse en ese lugar improbable donde el mundo entero parece reunirse.

Y entonces entiendes que el WOMAD nunca fue solamente música.

Era también el paso del tiempo.

Porque uno escucha canciones distintas según la edad que tiene. No suena igual un tambor africano a los veinte años que a los cuarenta. No se vive igual una madrugada cuando aún crees que todo está por llegar que cuando ya sabes que muchas cosas quedaron atrás.

Y quizá por eso el WOMAD emociona tanto a quienes han crecido con él.

Porque el festival no solo ha cambiado: nosotros también lo hemos hecho.


Muchas personas que estaban allí en 1997 ya no están. Otras siguen regresando cada mayo, casi como quien vuelve a visitar una parte importante de sí mismo. Hay amistades, amores, conversaciones y noches enteras que quedaron atrapadas para siempre entre aquellas plazas.

Y al final, eso es lo verdaderamente importante.

Que el WOMAD, más allá de carteles, artistas o modas, ha terminado formando parte de la memoria sentimental de Cáceres. De varias generaciones enteras. De quienes descubrieron allí la música del mundo. De quienes se enamoraron una madrugada de mayo. De quienes caminaron hasta casa con los oídos zumbando y la sensación de haber vivido algo irrepetible.

Porque hay festivales que solo programan conciertos.

Y luego está el WOMAD, que durante unos días consigue algo mucho más difícil: hacer que una ciudad recuerde quién fue, quién es y quién soñó alguna vez con ser.


6.5.26

La locomotora de los fantasmas

 


A comienzos de los años ochenta, cuando los Salesianos de Mérida seguía siendo para muchos niños emeritenses una especie de ciudadela lejana al otro lado de la escarcha, dos criaturas de cartera marrón, bufanda de punto y sabañones en las manos emprendían cada mañana la misma pequeña expedición polar: Juanjo y Alberto. El colegio, levantado en la entonces periferia de la ciudad junto a la actual Avenida Reina Sofía, obligaba a muchos chavales a caminar un buen trecho entre descampados, cunetas y la presencia constante del ferrocarril. 

Era una Mérida distinta.

Una Mérida de chimeneas industriales humeando al amanecer, de Seat 124 arrancando con tos de viejo fumador, de madres gritando desde los balcones “¡abrígate bien!” y de charcos con una película de hielo tan fina que daba gusto romperla con la punta del zapato.

Aquella mañana de enero parecía salida de una novela inglesa de asesinatos, solo que con bocadillo de Nocilla en el macuto.

La niebla se había tumbado sobre la ciudad como una manta húmeda. Los hierbajos del terraplén estaban cubiertos de escarcha, las alambradas brillaban blancas y en las cunetas el agua dormía inmóvil bajo una piel de cristal. Juanjo y Alberto caminaban encogidos, con el aliento saliéndoles a golpes como si fueran dos locomotorillas humanas.

El sendero que seguían discurría, durante un buen trecho, paralelo a la vía del tren.

Aquellas vías tenían algo hipnótico para dos niños de aquella edad. Los raíles desaparecían en la leche espesa de la niebla como si condujeran a otro país o, mejor aún, a otro mundo. De vez en cuando aparecía a lo lejos el silbido de un mercancías, o el rumor metálico de vagones maniobrando en la estación, pero esa mañana no se oía nada.

Nada.

Ni pájaros.

Ni coches.

Ni el ladrido de un perro.

Solo sus pasos crujiendo sobre la escarcha.

—Hoy parece que se ha muerto Mérida —murmuró Juanjo.

Alberto, que ya llevaba el miedo infantil instalado en el cuerpo por culpa de haber visto días antes una película de fantasmas en la tele, no respondió. Miraba fijamente hacia la vía.

Y entonces ocurrió.

Primero fue un zumbido.

Muy leve.

Un rumor de hierros rozándose, como una cadena arrastrada por el suelo de una catedral vacía.

Después una vibración.

Luego, desde el corazón blanco de la niebla, surgió una luz amarillenta, mortecina, indecisa, como el ojo enfermo de un cíclope.

Los dos se detuvieron.

Sintieron cómo el frío dejaba de importarles.

Aquello venía hacia ellos.

Pero no era un tren normal.

No tenía la longitud solemne de los convoyes de viajeros ni el traqueteo conocido de los mercancías. Era una cosa baja, rara, desproporcionada. Una silueta deforme avanzando despacio, despacísimo, soltando bufidos cortos, con una especie de plataforma detrás cargada de hierros, herramientas y sombras humanas inmóviles.

La niebla le daba una apariencia irreal.

La máquina surgía y desaparecía.

Por momentos parecía flotar.

Por momentos parecía no tocar siquiera los raíles.

Y aquel chirrido… aquel chirrido metálico y agudo era exactamente el sonido que, en la imaginación de dos niños de diez años, debía de emitir un tren del infierno.

Juanjo agarró a Alberto del brazo con una fuerza memorable.

—¿Tú estás viendo eso?

—Sí.

—Eso no es de aquí.

—No.

Se quedaron petrificados.

Con la cartera colgando.

Con la nariz roja.

Con el alma suspendida.

La locomotora fantasmal pasó frente a ellos a no más de veinte metros. Dentro de la cabina, apenas visible, una figura con gorra volvió la cabeza. El rostro, deformado por la niebla y el cristal empañado, pareció el de un maquinista muerto hacía cincuenta años regresando a comprobar si el Guadiana seguía en su sitio.

Los niños no corrieron porque el miedo absoluto no siempre permite correr.

A veces solo permite convertirse en estatua.

La máquina siguió avanzando con una lentitud funeraria y terminó tragada otra vez por la niebla, hacia la estación.

Solo entonces Juanjo habló:

—Como esto se lo contemos a Don Jesús no nos cree ni San Juan Bosco.

Y echaron a andar casi sin sentir las piernas, mirando cada dos pasos hacia atrás por si el espectro ferroviario decidía regresar para llevárselos a un depósito secreto lleno de almas infantiles y cuadernos Rubio.

Durante semanas aquella visión fue tema central de sus conversaciones, adornada cada día con nuevos detalles: que si el maquinista no tenía cara, que si detrás iban hombres sin manos, que si el tren no hacía ruido de verdad sino como lamentos.

Hasta que el tiempo, ese aguafiestas profesional de la infancia, puso las cosas en su sitio.

Años después supieron que aquella aparición no era otra cosa que una dresina de vía, uno de esos vehículos ferroviarios auxiliares utilizados por las brigadas de mantenimiento para transportar operarios, herramientas y material de reparación por los raíles. 

Es decir: no vieron el Expreso de los Condenados.

Vieron a cuatro ferroviarios con mono azul y una caja de llaves inglesas.

Pero claro… eso se sabe tiempo después, con hipoteca y colesterol. 

Con diez años, una mañana de niebla, junto a las vías y camino del colegio, uno no veía una dresina.

Veía directamente a Satán haciendo labores de conservación.

Y quizá ahí residía la grandeza de aquellos inviernos de los ochenta: que cualquier escarcha era Siberia, cualquier charco era un lago polar, cualquier descampado parecía territorio inexplorado… y cualquier cacharro de Renfe podía convertirse, gracias a la niebla y a la imaginación, en el tren fantasma más terrorífico que haya pasado jamás por Mérida.

4.5.26

La rotonda de José Antonio

 


Hay personas que pasan por la vida sin hacer ruido, con esa discreción antigua de quienes no necesitan levantar la voz para dejar huella. Hombres buenos, amables, educados hasta en la manera de estrechar una mano, jubilados que parecen haber entrado en esa edad serena donde el tiempo ya no se mide por relojes, sino por pequeñas ilusiones aún pendientes. Así era José Antonio.

Lo recuerdo inclinado sobre una mesa, hace ya un par de años, con esa mezcla de pudor y entusiasmo que sólo tienen quienes enseñan un sueño muy íntimo. Delante de nosotros, una maqueta a escala cuidadosamente elaborada: la entrada a Mérida convertida en una carta de presentación digna de su historia, una rotonda presidida por la reproducción de un monumento romano, como si la ciudad quisiera anunciar desde el primer kilómetro que allí sigue latiendo Roma bajo cada piedra.

José Antonio pasaba la mano sobre aquella maqueta con la ternura con la que se acaricia algo vivo. Había pensado cada detalle, cada proporción, cada perspectiva. No era un simple capricho urbanístico; era una declaración de amor a su ciudad. Me habló de su intención de presentarlo al Ayuntamiento, de mover papeles, de tocar puertas, de insistir cuanto hiciera falta. En sus ojos había esa luz infantil que a veces regresa en la vejez: la de quien todavía cree que una idea hermosa puede abrirse paso entre la burocracia y la indiferencia.

Luego pasó el tiempo, como pasa siempre, con su desorden de semanas y de meses. Dejé de verlo. Uno piensa que ya habrá ocasión, que un día cualquiera volverá a coincidir con esa persona amable que siempre estaba ahí, en algún rincón de la rutina, y que retomará la conversación justo donde quedó suspendida.

Pero no.

Hace poco me llegó la noticia de su muerte. No sé si fueron unos meses o acaso un año; la memoria, cuando recibe ciertos golpes, pierde la exactitud y sólo conserva el vacío. Y de pronto aquella maqueta regresó a mi pensamiento con una nitidez dolorosa: José Antonio señalando con el dedo la rotonda soñada, explicando dónde iría cada columna, cada arco, cada piedra reproducida con mimo de artesano.

Y sentí una tristeza extraña, no sólo por el hombre que ya no está, sino por ese sueño que quizá se quedó huérfano sobre una mesa, cubriéndose de polvo en alguna habitación silenciosa.

Cuántos proyectos mueren dos veces: primero cuando fallece quien los imaginó, y después cuando nadie recoge el testigo.

Por eso quiero pensar, y casi pedirlo en voz alta, que algún hijo, algún nieto, algún familiar, encuentre entre sus cosas aquella maqueta, aquellos planos, aquellas notas escritas con letra paciente, y comprenda que allí no hay únicamente cartón, medidas y dibujos. Allí hay una ilusión. Allí sigue latiendo José Antonio.

Sería hermoso que alguien tomara ese legado y lo llevara hasta donde él quería llevarlo. Que llamara a la puerta del Ayuntamiento con la misma esperanza con la que él la hubiera llamado. Que presentara el proyecto no como una simple propuesta ornamental, sino como el último deseo civil y silencioso de un hombre enamorado de Mérida.

Tal vez entonces, algún día, quienes entren en la ciudad vean alzarse en una rotonda esa reproducción romana sin saber siquiera la historia que guarda. Y sin embargo, en cada coche que aminore la marcha para contemplarla, en cada visitante que sonría al verla, estaría cumpliéndose algo mucho más profundo que una obra pública.

Estaría cumpliéndose el sueño tardío de un hombre bueno que no llegó a verlo.

Y hay sueños que, precisamente porque sus dueños ya no están, merecen más que nunca ser construidos.