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28.9.26

Oleksandr



Muy de cuando en cuando, hay personas que entran en nuestra vida con la discreción de quienes llegan de puntillas y se marchan casi sin dejar ruido. Personas con las que apenas compartimos unos días, unas cuantas conversaciones entrecortadas, algún gesto de complicidad y quizá un café. Y, sin embargo, cuando desaparecen por la puerta, queda la sensación extraña de haber conocido durante un instante una historia mucho más grande que nosotros.

A Oleksandr lo conocí en una habitación del Hospital Universitario Torrecárdenas, en Almería. Tenía sesenta y cinco años y una presencia que, incluso en la fragilidad de una cama hospitalaria, resultaba inconfundible: era alto, delgado, de ojos claros y escaso pelo, aunque uno podía imaginar que, muchos años atrás, aquel cabello había sido rubio. Tenía el rostro sereno, ligeramente marcado por la edad y por esa expresión de desconcierto que a veces tienen quienes se encuentran de pronto en un lugar que no han elegido y cuya lengua desconocen por completo.

Para mí, además, aquel ingreso tenía un significado especial. A mis 53 años, era la primera vez que pasaba por la experiencia de estar ingresado en un hospital. Hasta entonces, los hospitales habían sido lugares a los que uno acudía, pero de los que siempre terminaba saliendo unas horas después. De repente, una habitación, una cama, los horarios de las comidas, las visitas de los sanitarios y ese lento discurrir de las horas se habían convertido en mi nueva realidad. Quizá por eso la presencia de Oleksandr me impresionó todavía más. En medio de mi propia circunstancia, descubrí que al otro lado de la habitación había otro hombre afrontando su propia incertidumbre, con una historia que apenas podía contarme.

Oleksandr era ucraniano.

Y no sabía una sola palabra de español. Tampoco de inglés.

Aquello convirtió algo tan sencillo como preguntarle cómo se encontraba en una pequeña aventura lingüística. El personal sanitario recurría al Google Translate para intentar comunicarse con él. Nosotros hacíamos lo mismo. Las frases pasaban de una lengua a otra a través de la pantalla de un teléfono, como si aquel pequeño rectángulo luminoso fuera, durante unos días, un improvisado puente entre dos mundos.

Pero había cosas que no necesitaban traducción.

Su mano izquierda no funcionaba bien después del ictus que había sufrido. Necesitaba ayuda para algunas tareas que, en otras circunstancias, cualquiera realizaría sin pensar: abrir el envoltorio de una pastilla, rasgar el sobre del descafeinado del desayuno, manejar algún pequeño objeto. Eran gestos insignificantes, casi ridículos en su sencillez, pero en aquella habitación adquirían una dimensión distinta. Porque cuando el cuerpo nos traiciona, incluso abrir un sobre de café puede convertirse en una tarea para la que necesitamos las manos de otro.

Y Oleksandr necesitaba, sobre todo, compañía.

No sabemos demasiado de su historia. Apenas conseguimos reconstruir algunos fragmentos. Llevaba viviendo en Almería unos dos años. No parecía tener a nadie cerca. Durante los días que coincidimos en aquella habitación no recibió ninguna visita. Apenas hablaba por teléfono con alguien. Su mundo parecía reducirse a aquella cama, sus pocas pertenencias y un teléfono móvil que, de vez en cuando, iluminaba su rostro.

Y sus pertenencias eran sorprendentemente escasas.

Un pantalón corto de deporte. Unas zapatillas. Un polo.

Eso era prácticamente todo lo que tenía consigo.

Aquello nos hizo preguntarnos muchas cosas.

¿De dónde venía exactamente? ¿Había llegado a España buscando trabajo? ¿Qué circunstancias lo habían llevado hasta Almería? ¿Tenía una casa, una habitación, un pequeño apartamento? ¿Qué clase de vida llevaba antes de aquel ictus? ¿Había dejado familia en Ucrania? ¿Hijos? ¿Hermanos? ¿Amigos? ¿Alguien que supiera que estaba ingresado en aquel hospital?

Nos preguntábamos también qué ocurriría cuando cruzara de nuevo la puerta del hospital.

Porque el alta médica resuelve una parte del problema, pero no necesariamente la vida que espera al otro lado.

Pensábamos en él caminando solo por Almería, con una mano que todavía no respondía como antes y con una lengua que no era la de las calles que lo rodeaban. Nos preguntábamos si tendría a alguien que lo ayudara, si sabría desenvolverse, si podría comprar comida, acudir a una farmacia, pedir ayuda o simplemente contarle a alguien que tenía miedo.

Eran preguntas que no podíamos responder.

Así que, ante la imposibilidad de ofrecerle grandes soluciones, le ofrecíamos pequeñas cosas.

Algún café de la máquina expendedora del pasillo.

Un gesto. Una mano. Una sonrisa.

A veces, la solidaridad no tiene grandes discursos. Tiene la forma humilde de un vaso de café.

Los días fueron pasando y aquella extraña convivencia hospitalaria fue creando una familiaridad que no necesitaba palabras. Nos entendíamos mediante gestos, miradas, pantallas de teléfono y esa especie de lenguaje universal que aparece cuando dos desconocidos comprenden que, por encima de sus países, sus idiomas y sus historias, están compartiendo la misma vulnerabilidad.

Hasta que llegó el día del alta.

Oleksandr debía marcharse y necesitaba ayuda para vestirse. Le ayudé.

Y quizá fue entonces cuando comprendí que, en realidad, habíamos compartido mucho más de lo que parecía.

No habíamos tenido conversaciones profundas. No conocíamos nuestras historias. Ni siquiera podíamos hablar directamente. No sabía qué libros había leído, qué música escuchaba, qué había amado, qué había perdido, qué sueños había dejado atrás en Ucrania o qué motivos lo habían llevado a escoger Almería como lugar para vivir.

Pero habíamos compartido una habitación.

Y, en un hospital, eso puede ser suficiente para que un desconocido deje de ser completamente desconocido.

Cuando llegó el momento de marcharse, utilizamos una vez más el traductor del teléfono. Oleksandr quiso decirme que quería ser agradecido con aquella persona que había sido amable con él.

Y entonces me entregó su cargador de móvil.

Le pregunté si realmente no lo necesitaba.

Me dijo que no.

Era un objeto sencillo, probablemente de poco valor. Pero en aquel momento aquel cargador pesaba mucho más que cualquier cosa que pudiera comprarse con dinero. Era su manera de devolver algo. De decirme, en la única lengua que podíamos compartir, que había recibido un gesto y quería responder con otro.

Después dijo algunas palabras en ucraniano.

No entendí ninguna, salvo una.

Дякую.

Diákuio.

Gracias.

Yo escribí en el traductor:

«Suerte, Oleksandr. Que la vida te trate bien».

Leyó la pantalla.

Me miró.

Y se despidió con un gesto amable.

Después salió de la habitación.

Y desapareció por el pasillo.

No sé dónde estará ahora Oleksandr.

No sé si regresó a aquella casa que imaginábamos solitaria. No sé si alguien lo esperaba. No sé cómo transcurrieron sus primeros días después del alta. No sé si recuperó la movilidad de su mano izquierda. No sé si consiguió continuar con su vida en Almería o si aquel episodio fue el comienzo de un regreso a Ucrania, de un cambio de ciudad o de cualquier otro camino que ahora mismo resulta imposible imaginar.

Tampoco sé si volveré a verlo.

Probablemente no.

Y quizá esa sea una de las cosas más extrañas y hermosas de la existencia: la cantidad de personas que conocemos durante unos minutos, unas horas o unos días y que, sin embargo, dejan en nosotros una pequeña huella.

La vida está llena de encuentros así.

Llegamos a un hospital pensando que estamos allí por nuestra propia historia, por nuestra propia enfermedad, por nuestro propio miedo. Y de pronto compartimos habitación con alguien que viene de otro país, que habla otra lengua, que ha vivido una vida de la que apenas conocemos unas pocas líneas y que, sin embargo, durante unos días forma parte de nuestra cotidianidad.

Un hospital tiene esa capacidad de desnudar la condición humana.

Allí desaparecen muchas de las cosas con las que normalmente construimos nuestras diferencias. Importan menos las fronteras, los trabajos, las cuentas bancarias, los idiomas, las ideologías, las ciudades de nacimiento o los caminos que cada cual ha recorrido. Allí estamos, esencialmente, reducidos a lo que somos cuando todo lo accesorio desaparece: alguien que tiene miedo, alguien que necesita ayuda, alguien que espera que otro le acerque un vaso de agua, que le abra un sobre, que le explique qué va a ocurrir mañana.

Oleksandr me recordó algo que quizá olvidamos demasiado a menudo: que la humanidad no necesita traducción.

Podíamos hablar con Google Translate, pero también podíamos hablar con una sonrisa. Podíamos escribir frases en una pantalla, pero también podíamos entendernos cuando uno ayudaba al otro a ponerse una camisa. Podíamos desconocer por completo nuestras historias y, aun así, comprender algo esencial de ellas.

Él había llegado desde Ucrania hasta Almería.

Yo había llegado allí por mis propias circunstancias.

Durante unos días, nuestros caminos se cruzaron en una habitación de hospital.

Después volvieron a separarse.

Eso es la vida: una sucesión de encuentros y despedidas, de personas que llegan cuando menos las esperamos y se marchan antes de que tengamos tiempo de preguntarles todo aquello que nos habría gustado saber.

Quizá por eso sigo pensando en Oleksandr.

Porque detrás de aquel hombre alto y delgado, de ojos claros, con su escaso pelo rubio y aquella mano izquierda inmóvil, había una historia entera que nunca llegué a conocer. Una historia que probablemente contenía amor, pérdidas, decisiones, viajes, ilusiones, errores, miedo y esperanza. Una historia tan grande como la de cualquiera de nosotros.

Y, sin embargo, para mí quedará asociada para siempre a algo mucho más sencillo: un sobre de descafeinado que no podía abrir, un café de máquina, una pantalla de teléfono iluminada con palabras traducidas y un pequeño cargador que quiso regalarme como pago imposible por una amabilidad que, sinceramente, no creo que mereciera ningún precio.

Quizá no fui yo quien hizo algo extraordinario.

Quizá lo extraordinario fue que dos desconocidos, separados por miles de kilómetros, por una lengua y por dos vidas completamente distintas, pudieran encontrarse durante unos días en el lugar menos deseado del mundo y reconocerse, aunque fuera brevemente, como compañeros de viaje.

Cuando pienso en aquel momento de su despedida, me gusta imaginar que Oleksandr siguió caminando por Almería.

Que salió del hospital.

Que respiró el aire cálido de la tarde.

Que levantó la mirada hacia el cielo mediterráneo.

Y que, de alguna manera, encontró fuerzas para continuar.

Porque hay personas a las que apenas conocemos y, aun así, deseamos sinceramente que les vaya bien.

Oleksandr es una de ellas.

Y quizá eso sea también una forma de cariño.

No saber nada de alguien y, sin embargo, esperar que la vida sea buena con él.

Suerte, Oleksandr. Que la vida te trate bien.

Y que, allá donde estés, alguien vuelva a abrirte un sobre de café cuando tus manos no puedan hacerlo.

13.9.26

Coloquio de invierno

 


Estamos todavía en verano. Septiembre apenas empieza a quitarle al calendario algunas horas de luz, pero el calor continúa ahí fuera, pegado a las paredes, a las persianas y a esa costumbre nuestra de mirar el cielo buscando una tregua que todavía no llega.

Y, sin embargo, yo acabo de terminar un libro de invierno.

Coloquio de invierno, de Luis Landero.

Quizá sea una pequeña contradicción, pero la literatura está llena de ellas. Uno puede leer sobre la nieve mientras suda, viajar a París sin moverse del sofá o volver a la infancia desde una habitación en la que ya no queda nadie de aquellos años. Los libros tienen esa extraña capacidad de alterar el calendario y de llevarnos a lugares donde el tiempo no sabe exactamente qué hora es.

Luis Landero pertenece a esa clase de escritores que no necesitan levantar demasiado la voz para hacerse escuchar. Nació en Alburquerque, en la provincia de Badajoz, en 1948, y antes de convertirse en uno de los grandes nombres de nuestra narrativa fue profesor de Lengua y Literatura. Llegó a la novela con Juegos de la edad tardía, aquella extraordinaria historia de ilusiones, imposturas y vidas imaginadas que en 1989 le valió el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Narrativa.

Después llegarían Caballeros de fortuna, El mágico aprendiz, El guitarrista, Hoy, Júpiter, Retrato de un hombre inmaduro, Absolución, La vida negociable, Lluvia fina, Una historia ridícula y otros libros en los que Landero ha ido construyendo, con paciencia de artesano, una literatura reconocible y profundamente humana.

También están sus libros más cercanos a la memoria, como El balcón en invierno o El huerto de Emerson, donde la vida y la literatura terminan mezclándose hasta hacerse prácticamente inseparables.

Y quizá sea eso lo que más me gusta de Landero: que escribe de la vida sin necesidad de disfrazarla.

En Coloquio de invierno vuelve a demostrarlo.

Un grupo de personas, refugiadas en un hotel de montaña durante la borrasca Filomena, comienza a contar historias. Parece un argumento sencillo, casi antiguo. Como aquellas noches en las que alguien encendía un fuego y los demás se acercaban para escuchar. Antes de que existieran las pantallas, antes de que el silencio se llenara de notificaciones, los seres humanos ya sabíamos que contar una historia podía ser una manera de combatir la oscuridad.

Landero recupera ese viejo ritual.

Y lo hace con humor, con ironía, con inteligencia y, sobre todo, con ternura.

Porque sus personajes no son héroes. Son personas. Con sus contradicciones, sus miserias, sus deseos, sus pequeñas grandezas y esas derrotas que casi todos vamos acumulando sin darnos demasiada cuenta. Landero sabe que detrás de muchas vidas aparentemente insignificantes hay una novela esperando ser contada.

Quizá por eso uno lee sus libros y acaba reconociendo algo de sí mismo en ellos.

Una inseguridad. Una nostalgia. Un sueño que quedó por cumplir. Una conversación que nunca tuvimos. Una versión de nosotros mismos que alguna vez imaginamos y que finalmente no llegó.

Eso hace Landero: mirar a las personas con cierta ironía, pero también con compasión. Reírse de nosotros sin reírse de nosotros. Recordarnos que todos somos un poco ridículos, un poco heroicos y bastante vulnerables.

Coloquio de invierno me ha gustado por eso.

Porque bajo esa apariencia de historias contadas al calor de un refugio hay algo mucho más profundo: la necesidad humana de hablar para no sentirnos solos. De contar lo que nos ocurrió para comprenderlo. De inventar lo que no vivimos para poder vivirlo de alguna manera.

Y quizá por eso no importa demasiado que todavía sea verano.

Mientras yo terminaba el libro, fuera seguía haciendo calor. Pero dentro de sus páginas había nieve, montañas, habitaciones cerradas y personas hablando mientras el invierno golpeaba los cristales.

Y pensé que tal vez leer sea precisamente eso.

Cambiar de estación sin movernos del sitio.

Entrar en un invierno imaginario cuando septiembre todavía conserva el último calor de agosto.

Cerrar un libro y volver al mundo.

Mirar por la ventana.

Y descubrir que sigue siendo verano.

Pero que algo, muy despacio, ha empezado ya a cambiar.

11.9.26

25 años después del 11 de Septiembre


 En la memoria del ser humano, hay días que, aunque pasen los años, permanecen intactos en algún rincón de la memoria. No necesitan fotografías ni calendarios. Basta con pronunciar su fecha y, de pronto, regresan los sonidos, la luz de una tarde, una habitación, una voz en televisión. El 11 de septiembre de 2001 es uno de esos días.

Han pasado veinticinco años.

Veinticinco años desde aquel martes de septiembre en el que el mundo todavía parecía obedecer unas reglas que, sin saberlo, estaban a punto de saltar por los aires.

Era el año 2001. El euro todavía no circulaba físicamente por nuestras manos, llegaría unos meses después, los teléfonos móviles servían fundamentalmente para llamar y mandar mensajes, Internet era todavía una criatura joven y las redes sociales pertenecían a un futuro que nadie imaginaba. George W. Bush acababa de llegar a la Casa Blanca, España vivía los años del gobierno de José María Aznar y en Europa se hablaba de una moneda común, de crecimiento económico y de un nuevo siglo que acababa de comenzar.

Y aquel verano había sido, simplemente, verano.

Uno de esos veranos que todavía parecen pertenecer a otra época. Trabajo sin vacaciones, calor, terrazas, fines de semana de playa, carreteras llenas, periódicos doblados sobre la mesa y televisores encendidos sin que nadie sospechara que, unas semanas después, las imágenes de un lugar llamado Nueva York iban a formar parte para siempre de nuestra memoria.

Yo llegué aquel día de trabajar a casa de mis padres, con los que aúnvivía. Al llegar, como tantas otras veces, comenzó el informativo.

Y entonces aparecieron las primeras noticias.

Al principio no se entendía muy bien qué estaba pasando. Una avioneta, un avión, una explosión, una de las torres del World Trade Center. Las imágenes eran confusas y todavía faltaba información. Había algo extraño en aquella retransmisión: los periodistas hablaban mientras intentaban comprender ellos mismos lo que estaban contando.

Yo estaba viendo Antena 3.

Y poco a poco la noticia fue creciendo delante de nuestros ojos.

Después llegó el segundo avión.

Entonces comprendimos que aquello no era un accidente.

La televisión comenzó a cambiar de ritmo. Los informativos dejaron de ser informativos para convertirse en una retransmisión casi permanente de la historia mientras ocurría. Las imágenes se repetían una y otra vez: las Torres Gemelas, el humo, la gente corriendo, el desconcierto, los periodistas buscando palabras donde apenas las había.

Y llegó el Pentágono.

Y otro avión.

Y después la noticia de que una de las torres se había derrumbado.

Recuerdo que terminé de comer y me encerré en mi habitación. No quería perderme nada. Seguía pegado al televisor, viendo aquel especial informativo de Antena 3, intentando ordenar mentalmente una sucesión de acontecimientos que parecía imposible.

El mundo estaba explotando delante de una pantalla.

Y nosotros lo estábamos mirando.

A las ocho había quedado con José para jugar al tenis a las pistas del polideportivo Diocles.

Y durante buena parte de aquella tarde estuve pendiente de la televisión. Hasta prácticamente un rato antes de salir seguí viendo aquel especial en directo. Finalmente tuve que apagar el televisor, vestirme y marcharme.

Quizá esa sea una de las cosas que más me impresionan cuando recuerdo aquel día: que, incluso después de haber visto aquello, todavía salimos a jugar al tenis.

La vida continuaba.

Había una hora para jugar, una cita pendiente, una conversación cualquiera. Mientras en Nueva York se levantaba una nube de polvo sobre las ruinas de las torres, nosotros seguíamos siendo nosotros.

Y no sabíamos que acabábamos de asistir al principio de algo que iba a cambiar nuestras vidas, aunque no fuera de una manera inmediata ni visible.

No fuimos conscientes de ello.

Nadie, probablemente, lo fue.

Porque las grandes transformaciones históricas rara vez se presentan diciendo: a partir de hoy todo será diferente.

Simplemente suceden.

El 11 de septiembre no terminó cuando las televisiones dejaron de emitir aquellas imágenes. Aquello fue solamente el principio.

Después llegó la llamada guerra contra el terrorismo, la invasión de Afganistán, la persecución de Al Qaeda y, dos años más tarde, la guerra de Irak. Llegaron nuevas doctrinas de seguridad, controles en los aeropuertos, guerras preventivas, Patriot Act, Guantánamo, drones y una nueva forma de mirar al extranjero, al sospechoso y también al vecino.

El mapa geopolítico cambió.

Estados Unidos reforzó su papel como potencia militar y política mundial. Oriente Medio entró en una espiral de guerras y desestabilización cuyas consecuencias todavía llegan hasta nuestros días. La invasión de Irak, la posterior descomposición de la región y el vacío que dejó aquel conflicto contribuyeron, años después, al nacimiento y expansión del Estado Islámico.

Y mientras tanto, casi sin darnos cuenta, también cambió nuestra manera de vivir.

Nos acostumbramos a enseñar el contenido de nuestros bolsillos antes de subir a un avión. A quitarnos los zapatos en un aeropuerto. A mirar una cámara de seguridad sin preguntarnos demasiado por ella. A convivir con palabras como terrorismo internacional, alerta antiterrorista o amenaza global.

E Internet se consolidó en nuestras vidas.

Más tarde llegaron Facebook, Twitter, los teléfonos inteligentes, las redes sociales y una sociedad permanentemente conectada. El mundo que en 2001 cabía en un informativo de televisión comenzó a caber en la palma de una mano.

Veinticinco años dan para mucho.

En 2001 éramos más jóvenes. Algunos teníamos menos canas y menos cicatrices. Mi padre estaba vivo. Había personas que formaban parte de nuestra vida y que hoy solo pueden regresar a través del recuerdo.

Éramos también más ingenuos.

Quizá pensábamos que el futuro sería una prolongación del presente. Que las cosas importantes sucedían lejos. Que las guerras eran algo que aparecía en los telediarios y después desaparecía con ellos.

Ahora sabemos que no es así.

Hemos aprendido que la historia no siempre llama a la puerta. A veces entra de golpe, atraviesa la pantalla del televisor y se instala en nuestra memoria para siempre.

Veinticinco años después sigo pudiendo regresar mentalmente a casa de mis padres. Puedo imaginar el televisor encendido, las imágenes de Nueva York, aquella sensación de desconcierto y mi habitación después de comer, con la televisión como única ventana hacia un mundo que parecía haberse vuelto incomprensible.

Y pienso en aquel joven que salió de casa aquella tarde para jugar al tenis sin saber que estaba dejando atrás, sin darse cuenta, una pequeña parte del mundo que había conocido.

Porque quizá esa sea la verdadera distancia que separa aquel 11 de septiembre de este.

No son solamente veinticinco años.

Somos nosotros.

Los que éramos entonces y los que somos ahora.

El mundo cambió aquel día. Pero nosotros también.

Y quizá lo más extraño de cumplir veinticinco años mirando aquella fecha desde la distancia sea comprender que, mientras contemplábamos aquellas torres derrumbarse en Nueva York, también comenzaba a derrumbarse, silenciosamente, una determinada manera de entender el mundo.

Después vendrían guerras, crisis, pandemias, nuevas amenazas, nuevas tecnologías y otras incertidumbres.

Pero algunas imágenes permanecen intactas.

Una pantalla.

Dos torres.

Una tarde de septiembre.

Y la sensación, todavía hoy, de que aquel día comenzó el futuro sin pedirnos permiso.

3.9.26

Un millón en la basura

 


Anoche volví a ver "Un millón en la basura", la película que José María Forqué dirigió en 1967 y que protagonizaron José Luis López Vázquez y Julia Gutiérrez Caba. Y me ha ocurrido algo que sucede cada vez con más frecuencia cuando regreso a determinadas películas: he empezado viendo una historia y he terminado contemplando un pedazo de mi propia memoria.

Porque hay películas que no envejecen exactamente como las personas. Envejecen con nosotros.

Cuando uno las ve por primera vez, apenas percibe la superficie. Una historia, unos personajes, una situación que provoca risa o emoción. Pero pasan los años, cambia nuestra mirada, cambia nuestra vida, y aquella misma película comienza a hablarnos de cosas que antes no éramos capaces de escuchar.

Un millón en la basura es una de ellas.

Pepe, interpretado por un magnífico José Luis López Vázquez, es un hombre humilde que trabaja como barrendero en el Madrid de los años sesenta. Una madrugada encuentra un millón de pesetas entre la basura. Un millón. Una cantidad que entonces podía cambiar la vida de una familia entera.

Y ahí comienza el dilema.

Porque Pepe necesita aquel dinero.

Lo necesita de verdad.

No estamos ante un millonario que encuentra una fortuna y decide si quedársela. Estamos ante un hombre trabajador, con dificultades económicas, cuya familia está amenazada por la pobreza y por la posibilidad de perder su casa. Para él, aquel millón no representa lujo. Representa algo mucho más elemental: respirar.

Y, sin embargo, aparece Consuelo, interpretada por Julia Gutiérrez Caba, para recordarle que hay cosas que no deberían tener precio.


Quizá hoy podamos contemplar aquella moralidad con cierta distancia. La película tiene, inevitablemente, el aroma de su tiempo. Pero sería demasiado fácil quedarnos en eso. Porque debajo de aquella apariencia de comedia costumbrista existe una pregunta que continúa siendo incómodamente actual:

¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar cuando la necesidad llama a nuestra puerta?

Eso es lo que más me ha impresionado al volver a verla.

No el millón.

La necesidad.

Y también la dignidad.

Porque aquel Madrid de 1967 que aparece en la pantalla parece hoy casi irreal. Las calles, los coches, los comercios, las viviendas humildes, los tranvías que todavía formaban parte del paisaje de la ciudad... Todo tiene algo de fotografía familiar.

Una España en blanco y negro que estaba cambiando deprisa, pero que todavía arrastraba demasiadas sombras.

Era la España del desarrollismo, de los primeros televisores, del Seat 600, del turismo que comenzaba a descubrir nuestras costas y de una clase media que poco a poco empezaba a crecer. Pero también era la España de los salarios modestos, de las viviendas precarias, de las familias que contaban las pesetas y de quienes trabajaban toda una vida sin llegar a conocer demasiadas comodidades.

Y ahí está Pepe, empujando su carro por las calles mientras los demás duermen.

Siempre me ha impresionado ese tipo de personajes.

Los hombres y mujeres que sostienen las ciudades sin que nadie repare demasiado en ellos. El barrendero que limpia lo que otros ensucian. El cartero que recorre las calles mientras los demás esperan sus cartas. El trabajador que madruga cuando todavía no ha amanecido.

Quizá por eso López Vázquez resulta tan conmovedor.

Porque Pepe no parece un personaje cinematográfico.

Parece alguien que podríamos haber conocido.

Alguien que podría haber vivido en nuestro barrio, que habría tomado un café en el mismo bar, que habría regresado a casa cansado después de una jornada de trabajo.

Y quizá ahí resida una parte de la grandeza del cine español de aquella época: en su capacidad para convertir a la gente corriente en protagonista.

También aparecen esos rostros que forman parte de nuestra memoria cinematográfica: Aurora Redondo, Juanjo Menéndez, Rafael López Somoza, Rafaela Aparicio, José Sazatornil... y un joven José Sacristán. Rostros que pertenecen a una época en la que los actores parecían formar parte de nuestras propias familias.


Y luego está Madrid.

Ese Madrid que hoy contemplamos casi con la misma curiosidad con la que miraríamos fotografías antiguas.

Forqué no solamente cuenta una historia. Sin pretenderlo quizá, conserva una ciudad. Una manera de vivir. Una forma de hablar. Una España que el tiempo terminó llevándose por delante.

Por eso esta noche he sentido cierta melancolía.

No exactamente por aquella España, que también tuvo sus miserias, sus silencios y sus injusticias, sino por el paso del tiempo.

Porque cuando uno alcanza cierta edad empieza a comprender que algunas cosas que creía eternas eran solamente provisionales.

Las ciudades cambian. Las personas cambian. Los barrios cambian. Los actores desaparecen.

Y un día descubrimos que aquella película que vimos quizá de pasada, aquella que estaba en la televisión mientras nosotros hacíamos cualquier otra cosa, se ha convertido en una pequeña cápsula del tiempo.

Y nosotros también hemos quedado dentro de ella.

Un millón en la basura me ha hecho pensar esta noche en todas esas cosas que la vida va dejando atrás.

En las pesetas que ya no existen. En los teléfonos con cable. En los televisores de tubo. En los cines de barrio. En aquellos actores que parecían inmortales. En nuestros padres. En nuestra infancia. En la gente que ya no está. Y también en nosotros mismos.

Porque quizá lo verdaderamente hermoso de volver a determinadas películas no sea recuperar el pasado, sino descubrir cuánto hemos cambiado nosotros desde la última vez que las vimos.

Cuando somos jóvenes pensamos que tenemos mucho tiempo por delante.

Cuando pasan los años empezamos a mirar hacia atrás.

Y entonces entendemos que la vida se parece bastante a aquella película: muchas veces estamos buscando grandes fortunas cuando, en realidad, lo verdaderamente valioso estaba delante de nosotros y no supimos reconocerlo.

Una conversación. Una persona. Una tarde cualquiera. Una casa llena de gente. Un padre que todavía estaba. Un amigo al que todavía podíamos telefonear.

Una época que entonces nos parecía vulgar y que ahora daríamos cualquier cosa por recuperar durante una hora.

Quizá por eso Un millón en la basura me ha parecido esta noche mucho más triste y mucho más hermosa que cuando la conocí.

Porque ahora sé que el tiempo es el único tesoro que no podemos encontrar en ningún cubo de basura.

Y que, cuando finalmente comprendemos su valor, ya no hay millón que pueda comprarlo.

Pepe encuentra una fortuna entre los desperdicios.

Nosotros, en cambio, pasamos la vida buscando la felicidad entre lo que todavía no tenemos.

Y quizá la verdadera lección de aquella vieja película de 1967 sea precisamente esa:

que algunas de las cosas más valiosas de nuestra vida solo adquieren su verdadero precio cuando ya se han convertido en recuerdo.

Esta noche, al terminar la película, he apagado la televisión y me he quedado unos segundos en silencio.

Madrid seguía ahí, en blanco y negro.

Pepe seguía caminando.

El millón seguía esperando una decisión.

Y durante un instante he tenido la extraña sensación de que, en algún lugar, también seguíamos nosotros.

Más jóvenes. Más ingenuos. Sin saber todavía que algún día miraríamos hacia atrás y comprenderíamos que nuestra propia vida era, también, una película que estábamos viendo sin saber que algún día echaríamos de menos aquellas escenas.