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26.1.26

La noche inexplicable

 


A comienzos de los años ochenta, cuando España aún aprendía a pronunciarse a sí misma en voz alta, un hombre caminaba por el arcén de la carretera como quien recorre una frase inacabada. Llevaba una mochila ligera, un abrigo gastado y esa mirada indefinida de quienes viajan sin más equipaje que la intuición. Hacía autoestop, como se hacía entonces: con el pulgar erguido y la esperanza discreta de que el mundo todavía fuera hospitalario.

La noche de enero había caído con una claridad casi metafísica. El frío era seco, limpio, sin humedad, y el cielo, despejado, parecía una bóveda de cristal donde las estrellas ardían con una nitidez antigua. La carretera paralela al Mediterráneo, una cinta de asfalto entre huertos, pueblos dormidos y la sombra lejana del mar respiraba un silencio interrumpido apenas por el rumor de algún motor lejano.

Fue un camión quien se detuvo.

Era un Pegaso de cabina cuadrada, color azul desvaído, con los laterales marcados por la herrumbre y el polvo de mil rutas. En la parte trasera, bajo una lona tensa, viajaban cajas de naranjas, alcachofas, tomates y lechugas, como si el invierno hubiera confiado al camión su reserva secreta de vida. El motor ronroneaba con una gravedad casi animal, y el interior olía a gasóleo, tabaco negro y fruta madura.

El camionero se llamaba Manuel Sánchez, aunque todos lo conocían como Manolo el Murciano. Tenía cuarenta y siete años, manos grandes, curtidas por el volante y el sol, y un rostro en el que el cansancio no había logrado borrar una cierta bondad esencial. Había nacido en un pueblo de la huerta murciana, cerca de Orihuela, en una casa donde el agua de las acequias y el olor a tierra húmeda eran parte de la educación sentimental. Estaba casado con Carmen, costurera a tiempo parcial y administradora absoluta de la economía doméstica, y tenía dos hijos: un muchacho de diecisiete años que empezaba a soñar con irse a la ciudad y una niña de diez que aún creía que su padre podía con todo.

—Sube, hombre, que esta noche no está para paseos —dijo Manolo, con esa mezcla de hospitalidad y prudencia que caracterizaba a los españoles de entonces.

Mientras avanzaban hacia el norte, la radio del camión desgranaba coplas antiguas y noticias de una democracia todavía frágil, todavía nerviosa. En los pueblos que atravesaban, las luces amarillas de las farolas dibujaban sombras alargadas sobre fachadas encaladas, bares cerrados y plazas desiertas. España era entonces un país en tránsito: entre el miedo y la esperanza, entre el campo y la ciudad, entre la memoria de lo que había sido y la intuición de lo que quería ser.

Hablaron de cosas sencillas: de carreteras, de precios, de la vida que se iba poniendo difícil. Manolo hablaba con un acento suave, con frases largas, como si cada palabra tuviera que ganarse el derecho a existir.

Fue cerca de la costa, en un tramo donde la carretera se abría al horizonte marino, cuando ocurrió.

Primero fue una luz, alta, inmóvil, demasiado blanca para ser una estrella. Luego otra, y otra más, formando una especie de triángulo imperfecto. No parpadeaban como los aviones, ni se movían como los satélites. Flotaban, suspendidas en el aire, con una quietud inquietante.

Manolo redujo la velocidad sin darse cuenta.

—¿Tú ves eso? —preguntó, con una voz que ya no era del todo firme.

El viajero asintió. Durante unos segundos, ninguno de los dos habló. El motor del Pegaso seguía su ritmo obstinado, pero el mundo parecía haberse detenido. Las luces se desplazaron lentamente, sin ruido, describiendo un arco imposible, y luego se desvanecieron, como si nunca hubieran existido.

Manolo encendió un cigarrillo con manos ligeramente temblorosas.

—En esta carretera se ven cosas raras —murmuró—. Pero yo llevo veinte años en esto… y algo así, no.

Continuaron el viaje en silencio. El frío seguía siendo el mismo, el cielo seguía siendo claro, la carretera seguía extendiéndose hacia Barcelona como una promesa lejana. Pero algo había cambiado: en el interior del camión, entre cajas de fruta y conversaciones truncadas, se había instalado la sensación de que el mundo era más grande, más misterioso, de lo que ninguno de los dos había querido admitir.

Y mientras el Pegaso avanzaba por la noche española, el hombre que hacía autoestop comprendió que aquel viaje no lo recordaría por las ciudades ni por las palabras, sino por ese instante en que, en medio de una España que despertaba, el cielo había parecido abrirse para mostrar un secreto antiguo, reservado solo a quienes se atreven a mirar.

21.1.26

Dante entre los sabios del Limbo


En los primeros compases de La Divina Comedia, cuando el lector aún se está habituando al mapa moral y simbólico del Infierno, Dante detiene el paso para ofrecernos uno de los episodios más delicados y reveladores de todo el poema: el Limbo. No es un lugar de alaridos ni de castigos corporales, sino un territorio de silencio digno, donde el sufrimiento adopta la forma más sutil y, quizá por ello, más conmovedora. Allí, la poesía se vuelve reflexión, homenaje y también confesión.

El Limbo, primer círculo del Infierno, alberga a las almas virtuosas que vivieron antes de la revelación cristiana o que, sin culpa propia, no conocieron la fe. No padecen tormentos físicos ni están sometidas a castigos espectaculares; su pena es otra, más abstracta y más profunda: la privación eterna de la esperanza. Es una tristeza serena, contenida, que no se expresa en lamentos, sino en la conciencia lúcida de un límite infranqueable.

Dante describe este lugar como un espacio suspendido, casi ajeno al Infierno mismo, donde la dignidad humana se conserva intacta. Es el reino de la razón en su forma más alta, pero también el testimonio de su insuficiencia última sin la luz divina.

Guiado por Virgilio, Dante avanza hacia un castillo rodeado por siete murallas y un arroyo defensivo. La arquitectura simbólica no es casual: esas murallas representan las virtudes morales e intelectuales que sostuvieron a los grandes espíritus de la Antigüedad. El castillo no es una fortaleza bélica, sino un bastión del pensamiento humano, un recinto donde la nobleza del entendimiento ha encontrado su morada eterna.

En su interior no reina el caos, sino una calma solemne. No hay sombras degradadas, sino figuras reconocibles, erguidas, conscientes de su valor. El Limbo, en este punto, se transforma en una suerte de academia ideal, donde el pasado dialoga consigo mismo.

Es allí donde aparecen Homero, Horacio, Ovidio y Lucano. No entran en escena como espectros anónimos, sino como autoridades vivas de la tradición literaria. Homero, “el poeta soberano”, abre el cortejo; los demás lo acompañan con la gravedad de quienes saben que su palabra ha modelado siglos.

Al ver a Dante, no lo rechazan ni lo observan con distancia. Al contrario, lo acogen. Virgilio ya plenamente integrado entre ellos lo presenta como uno de los suyos. Y en ese gesto, aparentemente sencillo, se produce uno de los actos más audaces de toda la obra: Dante es admitido simbólicamente en el canon clásico.

No se trata de vanidad gratuita. Dante no se proclama heredero por arrogancia, sino por conciencia histórica. Sabe que su poesía nace de esa tradición, que su lengua vulgar bebe del latín, y que su ambición literaria no puede comprenderse sin esos maestros. Al ser recibido entre ellos, se establece una continuidad: la poesía no muere con las épocas, se transforma.

Sin embargo, el momento está atravesado por una melancolía profunda. Estos hombres, admirables en su sabiduría y su arte, están condenados a no ver jamás la luz divina. Han alcanzado lo máximo que la razón humana puede ofrecer, pero ese máximo no basta para la salvación.

Dante contempla esta paradoja con una mezcla de orgullo y compasión. Orgullo, por sentirse digno heredero de una tradición inmensa; compasión, por comprender que incluso la excelencia intelectual tiene un límite infranqueable. El Limbo se convierte así en un espejo: refleja la grandeza del ser humano y, al mismo tiempo, su fragilidad última.

El episodio del Limbo no es solo un homenaje a los poetas y pensadores de la Antigüedad, sino una meditación profunda sobre la relación entre razón, arte y fe. Dante construye un espacio donde la inteligencia humana es honrada sin reservas, pero también situada en su justa medida. La poesía, en La Divina Comedia, se revela como puente entre mundos: une el pasado clásico con la cosmovisión cristiana, la lengua antigua con la nueva, la admiración con la conciencia del límite.

Por eso el Limbo es uno de los pasajes más humanos del poema. No hay en él crueldad ni estridencia, sino una dignidad triste, casi estoica, que nos recuerda que la sabiduría ilumina, pero no salva; que el arte eleva, pero no redime. Y en ese delicado equilibrio, Dante nos ofrece no solo una escena inolvidable, sino una de las reflexiones más altas sobre el destino del pensamiento humano.

15.1.26

Debajo de una alfombra de hojas secas

 


Debajo de una alfombra de hojas secas

duermen los pasos que no dimos,

las palabras que llegaron tarde

y los nombres que el otoño pronunció en voz baja.

Allí quedó la tarde intacta,

con su luz dorada y cansada,

como una promesa que no exigía nada

salvo ser recordada.

El viento pasa página

y el tiempo aprende a ser leve.

Nada se pierde del todo:

solo cambia de forma.

Porque debajo de una alfombra de hojas secas

late aún la semilla,

paciente,

esperando la lluvia justa

para volver a decir primavera.

14.1.26

El breve tribunal del anochecer

 


Al final del día existe un territorio mínimo y casi sagrado: esos cinco minutos en los que uno se sienta, por fin, y deja que el tiempo afloje su nudo. No es descanso todavía, es balance. La conciencia pasa lista con una cortesía severa: lo que fue digno de gratitud, lo que dolió, lo que se dijo mal, lo que no se dijo nunca.

En ese breve recogimiento, el día pierde su ruido y se vuelve materia pensable. Lo bueno no suele ser grandioso. Suele ser leve, casi humilde, una frase justa, una mirada que sostuvo, un silencio que no hizo daño. Lo malo, en cambio, pesa más de lo que ocupa, y se presenta con la obstinación de lo que pide ser entendido antes que olvidado.

Pensar el día no es juzgarlo, sino escucharlo. Es aceptar que no todo estuvo a la altura de lo que uno cree ser, y aun así concederse el derecho a continuar. Es ahí, en esa pausa discreta y sin testigos, donde el individuo se reconcilia con su imperfección y con su esfuerzo. Y quizá por eso esos cinco minutos, tan breves y tan invisibles, son una de las formas más honestas de sabiduría cotidiana.

12.1.26

El último refugio

 


En 1972, cuando España aún respiraba en blanco y negro y los pueblos parecían suspendidos fuera del tiempo, llegó a la Alpujarra un hombre que no figuraba en ningún padrón ni reclamaba pasado alguno. Se hacía llamar Don Francisco, y alquiló una casa de muros encalados en lo alto de un barranco, donde las parras se agarraban a la piedra como si también temieran caer en el olvido.

Nadie preguntó demasiado. En la Alpujarra, la discreción es una forma de cortesía.

Francisco había nacido en 1898, en Granada, hijo único de un notario liberal y de una madre enfermiza que le enseñó a leer antes que a rezar. Estudió Filosofía y Letras, frecuentó tertulias, escribió versos que jamás publicó y amó con la intensidad torpe de quien cree que el tiempo es inagotable. La Guerra Civil lo sorprendió aún joven, incrédulo y vulnerable. Perdió amigos, perdió la fe en las palabras y aprendió a sobrevivir con el silencio.

Su conversión no ocurrió en España.

Fue en 1943, en una ciudad centroeuropea bombardeada y nocturna, cuyo nombre se le había ido borrando como un mal recuerdo que insiste en regresar. Allí trabajaba como traductor para una organización humanitaria. Una noche, durante un apagón, siguió a un hombre herido hasta el sótano de un edificio en ruinas. Creyó ayudarle. Nadie le había enseñado a reconocer el hambre antigua.

El mordisco fue casi un gesto de misericordia. El dolor, breve; la transformación, lenta y cruel. No hubo ataúdes ni rituales románticos: solo fiebre, alucinaciones, una lucidez insoportable y la certeza de haber sido expulsado definitivamente del tiempo humano.

Cuando despertó, el mundo seguía en guerra. Él también.

Durante años vagó por ciudades donde la noche tenía demasiados testigos. Aprendió a alimentarse sin matar, pero cada gesto era una derrota moral. La sangre le devolvía la fuerza, nunca la paz. Conservó, como una maldición, la memoria intacta: recordaba el olor de los libros, el tacto del papel viejo, el sabor del café, el cansancio dulce del amor después de la madrugada.

—La eternidad, pensaba, es una forma refinada del castigo.

Detestaba los espejos no por superstición, sino porque no le devolvían preguntas. Había dejado de envejecer, pero seguía acumulando remordimientos. Veía morir a quienes amaba. Asistía, impotente, a la decadencia de los ideales que habían sostenido su juventud. El mundo cambiaba; él permanecía, como una errata persistente en la historia.

España, en los años sesenta, se le apareció como un refugio improbable: un país donde el tiempo avanzaba a trompicones, donde la noche aún era oscura y los pueblos conservaban el pudor de no mirar demasiado. La Alpujarra, en concreto, le ofreció algo esencial: altura, silencio y una relación honesta con la sombra.

Eligió Lanjarón, un pueblo encajado entre montañas, donde las campanas marcaban las horas como si aún importaran. Allí podía caminar al anochecer sin levantar sospechas, justificar su palidez con una supuesta enfermedad y su soledad con un pasado que nadie se atrevía a indagar.

Vivía de rentas antiguas y de traducciones esporádicas. Leía a Machado, a Unamuno, a San Juan de la Cruz y a Federico, amigo y confidente, buscando en ellos una forma aceptable del dolor. A veces, al amanecer, se sentaba en el umbral de su casa y observaba cómo el sol empezaba a iluminar Sierra Nevada, sin tocarlo. Esa frontera diaria entre la luz y su cuerpo le parecía la metáfora más precisa de su existencia.

En las noches más claras, Francisco se permitía recordar. Pensaba en la mujer a la que no envejeció junto a él, en los amigos enterrados sin lápida digna, en la vida sencilla que habría tenido: un trabajo modesto, una biblioteca, un hijo al que enseñar a leer.

—No me duele no morir, se decía. Me duele no vivir del todo.

Jamás atacó a nadie del pueblo. Se alimentaba lejos, en caminos solitarios, con una ética frágil pero firme. Sabía que su redención no estaba en la salvación, sino en el límite.

Algunos vecinos cañoneros decían que Don Francisco nunca aparecía de día y que sus ventanas permanecían siempre entornadas. Otros aseguraban que, cuando hablaba, lo hacía con una tristeza antigua, como si viniera de otra época. Nadie sospechó la verdad, porque la verdad, a veces, resulta excesiva incluso para la superstición.

En 1972, mientras España comenzaba a intuir que algo estaba a punto de terminar, un vampiro contemplaba las montañas desde su casa blanca, preguntándose si la eternidad también podía agotarse.

Y por primera vez en décadas, deseó no desaparecer, sino ser perdonado.

9.1.26

El último guardián de las portadas

 


Cada mañana, a las seis y media en punto, Julián levanta la persiana metálica de su quiosco como quien abre una capilla en ruinas. El chirrido es siempre el mismo, un lamento breve que se mezcla con el rumor de la ciudad despertando: los primeros autobuses, algún repartidor somnoliento, el zumbido constante de un mundo que ya no necesita papel para existir.

Es 2026 y Julián sigue vendiendo periódicos.

El quiosco resiste en una esquina discreta, encajado entre una cafetería de cápsulas y una tienda de móviles que cambia de nombre cada año. Sobre el mostrador, los diarios impresos se apilan con una dignidad casi anacrónica. Son pocos. Demasiado pocos. Antes, recuerda, había que reponer a media mañana; ahora, a veces, el fajo regresa intacto al distribuidor, como una carta que nadie quiso abrir.

Lo que más echa de menos son los fines de semana. Hubo un tiempo en que los sábados y domingos eran una fiesta silenciosa: los periódicos deportivos volaban. La gente llegaba temprano, todavía con el eco del partido en la garganta, buscando confirmación, polémica, una portada que justificara la alegría o el enfado. El papel olía a tinta fresca y a derrota ajena. Julián sabía, sin mirar el reloj, cuándo había ganado el equipo local.

Hoy, los resultados se conocen antes de que acabe el encuentro. Las polémicas se consumen en directo, trituradas por tertulias infinitas y notificaciones urgentes. El deporte, como casi todo, se ha vuelto inmediato y evanescente. Ya nadie necesita esperar al día siguiente para leer lo que ya ha olvidado.

Las revistas han ido desapareciendo una a una, sin estridencias. Primero las de música, luego las de cine, después las de viajes, hasta quedar reducidas a un par de títulos que sobreviven más por romanticismo editorial que por ventas reales. Los cómics, antaño refugio de niños y adultos, ocupan ahora una balda estrecha, como un recuerdo mal doblado. Las manos jóvenes ya no hojean; deslizan.

Julián recuerda con especial melancolía las colecciones por fascículos. Aquella liturgia semanal de promesas: enciclopedias imposibles, vajillas que nunca se completaban, barcos en miniatura que exigían paciencia y fe. Había algo profundamente humano en ese compromiso a largo plazo, en la espera, en la construcción lenta de algo que solo tenía sentido si se perseveraba. Hoy todo llega entero o no llega; no se monta, se descarga.

A veces entra algún cliente habitual, casi siempre mayor, que compra el periódico más por costumbre que por necesidad. Hablan del tiempo, de la política, ya sin sorpresa, de cómo todo va demasiado rápido. Julián cobra, da las gracias y observa cómo se alejan con el diario bajo el brazo, como si llevaran un objeto frágil, consciente de su rareza.

Cuando el quiosco queda vacío, Julián mira las portadas con una mezcla de orgullo y resignación. Sabe que pertenece a una estirpe en extinción, a una forma de mediación entre el mundo y la gente que ya no se considera necesaria. Antes era un nodo de información, hoy es casi una nota a pie de página.

Sin embargo, cada mañana vuelve. Coloca los periódicos con esmero, alinea las revistas supervivientes, limpia el cristal del expositor. No lo hace por negocio, hace tiempo que dejó de serlo, sino por lealtad. Al papel, a la tinta, al gesto de pasar página. A la idea, quizá ingenua, de que leer despacio todavía importa.

Julián no odia lo digital. Sabe que el mundo no retrocede. Pero echa de menos el peso de las cosas, su duración, la certeza de que algo existe mientras lo sostienes entre las manos. En 2026, vender periódicos es casi un acto de resistencia, una forma modesta de recordar que hubo un tiempo en que la actualidad no cabía en un bolsillo y que la información, como la vida, dejaba manchas en los dedos.

Y mientras quede alguien que compre un periódico, aunque sea por nostalgia, Julián seguirá levantando la persiana cada mañana, convencido de que hay derrotas que merecen ser defendidas.

8.1.26

Giotto di Bondone: el instante en que la pintura aprendió a mirar al ser humano

 


Cada 8 de enero la historia del arte nos invita a detenernos en Florencia, no tanto para mirar una ciudad como para comprender un giro decisivo en la forma de mirar el mundo. En esa fecha, en 1337, fallecía Giotto di Bondone, un creador que no solo cerraba una vida, sino que abría definitivamente una época. Pintor y arquitecto del Trecento, Giotto es una de esas figuras raras que marcan un antes y un después: con él, el arte occidental comienza a abandonar la rigidez simbólica medieval para acercarse, por primera vez, a la experiencia humana.

Su nombre está inseparablemente unido a la Capilla Scrovegni, o Capilla de la Arena, en Padua, uno de los ciclos pictóricos más extraordinarios de la historia. Allí, entre 1304 y 1306, Giotto desarrolla un lenguaje nuevo, radical para su tiempo, que muchos historiadores consideran el verdadero punto de partida de la pintura moderna. No se trata solo de una mejora técnica, sino de una transformación profunda: el espacio adquiere coherencia, los cuerpos peso, y los rostros emoción.

Dentro de ese conjunto se encuentra La resurrección de Lázaro, una escena tomada del Evangelio de San Juan que Giotto convierte en un drama humano de intensidad contenida. Cristo aparece ordenando el milagro con un gesto sereno y firme, mientras Marta y María, hermanas del difunto, se arrodillan a sus pies en una mezcla de fe, dolor y esperanza. A la derecha, Lázaro emerge aún envuelto en vendas funerarias, sostenido por otros personajes que participan activamente del acontecimiento. La piedra del sepulcro, desplazada por dos figuras en primer plano, subraya el instante exacto de la transición entre la muerte y la vida.

Lo verdaderamente revolucionario no está solo en lo que se narra, sino en cómo se narra. Los testigos del milagro reaccionan de maneras diversas: asombro, incredulidad, temor. Algunas mujeres se cubren el rostro para protegerse del olor del cadáver, un detalle tan cotidiano como audaz para la época. El cuerpo de Lázaro, aún rígido, comienza a mostrar signos de vida en los ojos entreabiertos, mientras el paisaje del fondo, unas montañas simples pero eficace, introduce una sensación de profundidad inédita en la pintura medieval.

Giotto rompe definitivamente con el hieratismo bizantino: sus figuras ya no son símbolos estáticos, sino seres que sienten, miran y ocupan un espacio real. Cada gesto tiene intención, cada mirada establece una relación. En ese tránsito del siglo XIII al XIV, el artista florentino inaugura una nueva manera de entender la imagen: ya no como mero vehículo de lo sagrado, sino como espejo de la condición humana.

Quizá por eso, más de siete siglos después, sus frescos siguen interpelándonos. Giotto no pintó solo milagros o santos; pintó emociones reconocibles, cuerpos vulnerables y escenas que parecen ocurrir ante nuestros ojos. En su obra late la convicción de que el arte puede acercarnos a lo divino precisamente a través de lo humano. Y tal vez ahí resida su legado más profundo: recordarnos que mirar de verdadcon atención, con empatía también puede ser una forma de resurrección.

4.1.26

La edad intacta de la memoria

 


Los recuerdos más antiguos tienen otra fuerza. No los piensas, los ves, los escuchas. No llegan como una idea ordenada ni como un relato lógico, sino como una irrupción, una imagen que se enciende de pronto, un sonido que vuelve con una fidelidad inquietante, un olor que atraviesa los años sin pedir permiso. Son recuerdos que no se dejan domesticar por la razón, no se explican, se manifiestan.

En ellos no hay nostalgia consciente, sino presencia. No recuerdas que eras joven,  vuelves a serlo durante unos segundos. La memoria deja de ser archivo y se convierte en escenario. Ves la luz de una tarde concreta, siempre la misma, escuchas una voz que ya no existe pero que sigue pronunciando tu nombre con idéntica entonación. El tiempo, en esos instantes, no avanza ni retrocede: se pliega.

Quizá por eso duelen o reconfortan con más intensidad. Porque no han pasado porel filtro del lenguaje ni por la corrección del pensamiento adulto. Permanecen intactos, casi salvajes, como fragmentos de una verdad anterior a las explicaciones.Son la materia prima de lo que somos, el sedimento más hondo de la conciencia.

Los recuerdos recientes se cuentan, los antiguos se sienten. No preguntan si quieres volver a ellos. Simplemente aparecen, con la contundencia de lo real, y te recuerdan que, antes de aprender a pensar el mundo, lo habitabas con todos los sentidos abiertos. Y que, en el fondo, aún sigues ahí, mirando, escuchando, esperando.

3.1.26

La arena de los relojes hizo revivir al desierto

 


El desierto amaneció desnudo de sí mismo. No tenía arena, que es como decir que no tenía memoria. Era un vasto territorio de huesos minerales, de costillas de sal y grietas donde antes había habido tiempo. El viento pasaba sin rozar nada, como una frase mal terminada. Allí el horizonte no prometía, sólo repetía.

Los mapas lo seguían llamando desierto por inercia, pero era más bien un error geográfico, una ausencia con nombre propio. Las dunas habían emigrado siglos atrás, cansadas de ser contadas por los pasos y los soles. Lo que quedó fue un silencio tan exacto que dolía.

Un día, aunque “día” es una concesión al lenguaje, comenzaron a llegar los relojes de arena. No los traía nadie. Simplemente aparecían, como aparecen las certezas tardías. Algunos estaban rotos, otros aún latían con ese pulso mínimo que tiene la gravedad cuando se vuelve íntima. Los relojes se abrían solos, y la arena, al caer, no medía el tiempo: lo devolvía.

Cada grano era un segundo arrepentido, un minuto que quiso quedarse, una tarde que no se atrevió a terminar. Al tocar el suelo, la arena no se amontonaba: recordaba. Y al recordar, se multiplicaba. Las grietas se llenaron de instantes, las planicies de horas perdidas, las hondonadas de años que nunca se dijeron adiós.

El desierto empezó a respirar.

Las dunas regresaron con la forma de antiguas preguntas. El viento aprendió a escribir de nuevo. El sol, sorprendido, redujo su arrogancia y se volvió más justo. Allí donde cayó la arena de un reloj olvidado en una mesilla, brotó una duna melancólica; donde se volcó la de un reloj heredado, nació una colina grave, solemne como un apellido.

Cuando el último reloj se vació, el desierto estaba completo. No era fértil, pero era pleno. No ofrecía agua, pero sí sentido. Comprendió entonces que la arena no era materia, sino duración triturada; que el tiempo, para existir, necesita caer en algún sitio.

Desde entonces, el desierto no avanza ni retrocede.

Simplemente permanece, hecho de segundos acumulados, vasto y sereno, recordándonos que incluso lo más estéril puede salvarse si el tiempo decide, por una vez, no huir, sino quedarse.

31.12.25

Friar Park


Hay una edad en la vida, y también en la fama, en la que el ruido deja de ser estímulo y se convierte en amenaza. George Harrison alcanzó ese punto mucho antes que otros. Tras haber sido parte del fenómeno cultural más influyente del siglo XX, eligió el repliegue, la lentitud y una espiritualidad silenciosa. Friar Park, en Henley-on-Thames, fue la materialización de esa decisión: una casa inmensa no para exhibirse, sino para desaparecer dentro de ella.

La mansión victoriana, rodeada de jardines simbólicos y senderos casi monásticos, no funcionaba como un palacio, sino como un monasterio laico. Allí, Harrison componía, meditaba, leía y vivía sin agenda pública. A finales de 1999, cuando el mundo miraba obsesivamente al cambio de milenio, él parecía haberse bajado definitivamente de la Historia con mayúsculas.

Pero la Historia, a veces, llama sin permiso.

En la madrugada del 30 de diciembre, un hombre desconocido atravesó los límites de Friar Park con una convicción delirante. Se llamaba Michael Abram, tenía 33 años y padecía una grave esquizofrenia paranoide. Durante meses había alimentado la idea de que los Beatles eran agentes de una influencia oscura y corruptora. En ese relato interior, George Harrison ocupaba un lugar central, casi mítico, como figura a eliminar.

Abram escaló la valla, cruzó los jardines y rompió una ventana para acceder a la casa. El estallido del cristal fue el primer aviso de que la calma había terminado. George y Olivia Harrison despertaron con la certeza inmediata de que algo irreversible estaba ocurriendo. No hubo tiempo para llamadas, ni refugios, ni huida ordenada.

El ataque fue directo y brutal. Armado con un cuchillo de cocina, Abram se lanzó sobre Harrison. El músico recibió varias puñaladas; una de ellas, profunda, atravesó su pulmón izquierdo. El cuerpo que había sobrevivido a giras interminables, excesos juveniles y décadas de tensión emocional, quedó súbitamente indefenso en su propio hogar.

Durante segundos interminables, la escena se movió en el borde de lo irreversible.

La irrupción de Olivia Harrison cambió el curso de los hechos. Sin dramatismo ni épica, actuó con la lucidez que nace del instinto. Utilizó primero una lámpara pesada y después un atizador de chimenea para enfrentarse al agresor. Golpeó, resistió y logró desorientarlo lo suficiente para romper la dinámica del ataque. Esa interrupción, breve, violenta, decisiva, salvó la vida de su marido.

Cuando llegó la policía, encontró a Abram desorientado y a George gravemente herido, pero consciente. En el hospital se confirmó la gravedad de las lesiones. Sobrevivió, sí, pero aquella noche dejó algo más que cicatrices físicas: fracturó definitivamente la idea de refugio.

La noticia sacudió al mundo cultural. No solo por la violencia del acto, sino por su simbolismo. Desde el asesinato de John Lennon en 1980, la sombra de la vulnerabilidad acompañaba a los Beatles supervivientes. Harrison había intentado conjurarla con retiro, espiritualidad y distancia. Friar Park era, en parte, una respuesta a ese miedo antiguo. El ataque demostró que no existe blindaje absoluto frente a la locura ajena.

George y Olivia siguieron viviendo en la mansión, pero el lugar ya no era el mismo. Los jardines seguían floreciendo, las estatuas seguían en su sitio, pero la inocencia del espacio había desaparecido. La casa había dejado de ser solo hogar para convertirse también en escenario.

George Harrison murió en 2001, víctima de un cáncer de pulmón. No hay relación médica directa entre la enfermedad y el ataque, pero quienes lo conocieron bien señalaron que aquel episodio aceleró su desgaste. Fue un golpe tardío, innecesario, cuando ya había entregado al mundo todo lo que tenía que ofrecer.

La noche en que Friar Park fue violentada no es solo una anécdota oscura en la biografía de una leyenda del rock. Es una advertencia: ni la fama domesticada, ni la espiritualidad sincera, ni el retiro voluntario garantizan inmunidad frente al desorden del mundo.

George Harrison pasó la vida buscando equilibrio, sentido y trascendencia. Paradójicamente, fue en el lugar que simbolizaba esa búsqueda donde comprendió, quizá de forma definitiva,


que incluso los mitos habitan en la intemperie. Y que, a veces, la salvación llega no de la música ni de la fe, sino del coraje silencioso de quien está a tu lado.

27.12.25

Federico García Lorca: el hombre detrás del poeta


 Federico García Lorca, más allá del mito y de la tragedia, fue recordado por quienes lo trataron como un hombre de una personalidad compleja, luminosa y profundamente humana. Sus familiares, amigos y conocidos coinciden en dibujar el retrato de alguien desbordante de vida, sensibilidad y contradicciones, tan intenso en la intimidad como en su obra.

En el ámbito familiar, Lorca era descrito como afectuoso y muy unido a los suyos, especialmente a su madre, Vicenta Lorca, a quien debía su amor por la música y la literatura. En casa era alegre, conversador incansable, con una risa contagiosa y un gusto casi infantil por contar historias, cantar o sentarse al piano. Sin embargo, también mostraba una marcada emotividad: se entristecía con facilidad y vivía los conflictos, propios y ajenos, con una intensidad que a veces preocupaba a los suyos.

Sus amigos lo recuerdan como un ser carismático, generoso y magnético. Tenía una extraordinaria capacidad para reunir a la gente, para crear complicidades y hacer sentir a los demás protagonistas de algo único. Salvador Dalí hablaba de su vitalidad arrolladora y de su talento casi teatral en la conversación; Luis Buñuel, aunque más distante, reconocía su brillantez y su fuerza expresiva. Lorca sabía escuchar, pero también deslumbrar: improvisaba versos, dramatizaba anécdotas y convertía cualquier velada en un pequeño acontecimiento artístico.

Muchos coinciden en señalar su dualidad. Junto al hombre expansivo y festivo convivía otro más sombrío, vulnerable y angustiado. Amigos cercanos, como Rafael Martínez Nadal o Melchor Fernández Almagro, hablaron de sus miedos, de su ansiedad ante el rechazo y de una honda sensación de desarraigo que nunca lo abandonó del todo. Esa fragilidad estaba estrechamente ligada a su condición personal y afectiva, vivida en una sociedad hostil, y a una conciencia muy aguda del dolor, la injusticia y la muerte.

Entre conocidos y compañeros de la Generación del 27, Lorca era visto como alguien profundamente comprometido con el arte y con el pueblo. No era un intelectual distante: se emocionaba con el cante jondo, con los campesinos, con los marginados. Su paso por La Barraca dejó el recuerdo de un hombre entusiasta, trabajador, cercano, que trataba a actores y estudiantes con respeto y cariño, huyendo de cualquier gesto de superioridad.

En conjunto, quienes lo conocieron hablan de Federico García Lorca como de un ser intensamente vivo: alegre y melancólico, tierno y vehemente, brillante y herido. Una personalidad marcada por la necesidad de amar y ser amado, por una sensibilidad extrema ante la belleza y el sufrimiento, y por una autenticidad que no se apagaba ni siquiera en sus momentos de mayor dolor. Esa complejidad humana es, quizá, la que sigue latiendo con tanta fuerza en su obra y en su memoria.

25.12.25

Cristianos de escaparate

 Se envuelven en medallas, procesiones y rosarios como quien se pone un disfraz respetable para salir a la calle. Van a misa, presumen de Semana Santa y hablan de Dios con la boca llena, pero con el corazón vacío. Su fe es de escaparate: reluce, pesa, hace ruido… y no sirve para nada.

Porque el cristianismo no se mide por el número de padrenuestros ni por la devoción a una talla de madera, sino por la compasión hacia el débil. Y ahí fallan estrepitosamente. Desprecian al pobre, señalan al inmigrante, culpan al vulnerable de su miseria y llaman orden a su falta de misericordia. Han cambiado el Evangelio por el prejuicio, y a Cristo por una coartada moral.

Dicen creer en un Dios que nació en un pesebre, pero no soportan ver a un sintecho durmiendo en la calle. Veneran a un crucificado y, sin embargo, no dudan en crucificar al diferente con su odio cotidiano. Invocan el amor al prójimo mientras levantan muros, reales o mentales, y rezuman racismo, miedo y una violencia moral que nada tiene de cristiana.

No es fe lo que practican, es superstición. No es devoción, es costumbre. No es cristianismo, es una parodia grotesca de él. Porque quien desprecia al débil, quien odia al distinto, quien niega la dignidad del otro, podrá llevar medallas, pero no lleva a Cristo. Y podrá llamarse cristiano, pero hace tiempo que dejó de parecerlo.


22.12.25

Noventa años de luz

 Hoy cumplirías noventa años,

aunque el tiempo, terco, insista

en contar tu ausencia

y no tu nacimiento.

Noventa vueltas al sol

desde aquel primer llanto tuyo,

que sin saberlo

empezó también a cuidarnos.

Fuiste manos antes que palabras,

silencio firme,

mirada que enseñaba

sin levantar la voz.

Nos dejaste el oficio de vivir

con dignidad,

el valor de cumplir la palabra,

y ese modo tuyo

de estar sin hacer ruido

pero sin faltar nunca.

Hoy no hay velas ni abrazos,

pero sí memoria.

Y la memoria, lo sabemos, 


también es una forma de presencia.

Sigues cumpliendo años

en nosotros,

en cada gesto aprendido,

en cada recuerdo que se resiste

a morir contigo.

Feliz cumpleaños, papá.

Allá donde el tiempo

ya no duele.

21.12.25

El gordo que nunca toca y las pequeñas fortunas que sí


 Compramos décimos de la Lotería de Navidad como quien siembra supersticiones. No es un acto racional: es casi un ritual ancestral. En Agosto, en chanclas, sudados y felices, vemos el cartel de “¿Y si toca aquí?” en la calle principal de Lanjarón o en una administración del centro comercial de Mojácar y pensamos: “Por si acaso”. Y ahí empieza todo. Un décimo en Garrucha, otro en Almería, uno más en el pueblo donde veranea el primo segundo de tu cuñado. No vaya a ser que el Gordo tenga GPS y nosotros nos quedemos fuera del mapa.

Desde entonces, vivimos seis meses con una vaga sensación de riqueza latente. No somos ricos, pero podríamos serlo. Esa posibilidad, mínima, microscópica, estadísticamente cruel, nos mantiene ilusionados. Sabemos que hay más probabilidades de que te caiga un piano desde el quinto piso de tu casa que de que te toque el Gordo (y eso que el tarugo de tu vecino ni tiene piano)… pero oye, pianos no hemos visto caer muchos, ¿verdad?

Llega diciembre y los décimos aparecen por casa como si se reprodujeran solos: en la cartera, en el cajón de los calcetines, dentro de un libro que dejamos a medias, en la guantera del coche. Los compartidos son los más peligrosos: “Este es con los del trabajo”, “este con fulano”, “este con el bar”. Y ahí empieza la verdadera angustia: que toque uno que tú no llevas, pero podrías haber llevado.

El día 22 escuchamos a los niños de San Ildefonso con una atención que no prestamos ni a las noticias importantes. Cada número cantado es una pequeña decepción educada: “No pasa nada, quedan muchos premios”. Y mientras, soñamos. Soñamos fuerte. Qué haríamos si tocara: pagar deudas, cambiar de coche (pero sin ostentar), dejar el trabajo “un tiempo”, ayudar a la familia, viajar, vivir mejor… y, por supuesto, repetir mil veces: “Yo no cambiaría, seguiría siendo el mismo”. Mentira piadosa número uno del premiado imaginario.

Y luego, casi siempre, no toca. O toca lo justo para decir “bueno, recuperamos”. Se guarda el décimo como recuerdo, se suspira y se sigue adelante. Y ahí, en ese momento exacto, cuando el mundo no se ha derrumbado, cuando seguimos teniendo café en cápsula, gente a la que llamar, una casa pagada con el sudor de tus cojones, una risa cercana, es cuando conviene recordar algo importante: que la vida que tenemos hoy, con sus rutinas, sus pequeñas alegrías y sus imperfecciones, ya es, en muchos aspectos, un premio mayor.

La lotería está bien: ilusiona, une, da conversación. Pero no debería hacernos olvidar que lo verdaderamente valioso no depende de un bombo, ni de una probabilidad ridícula. Porque hay riquezas que no se compran con ningún décimo: el tiempo compartido, la tranquilidad, la dignidad, el cariño sincero. Y esas, por suerte, no se sortean. Esas, si sabemos verlas, ya nos han tocado. 

16.12.25

Cuando el mar escuchó "La chica de ayer"


 Fue el verano pasado, una de esas noches de agosto en las que el tiempo parece haberse puesto de acuerdo con la felicidad. Paseábamos por el Paseo Marítimo de Vera, cuando el calor ya no aprieta y el aire trae ese rumor salino que mezcla el mar con las terrazas, las conversaciones ajenas y el tintinear de los cubitos de hielo en los vasos. El cielo, aún tibio, conservaba un azul oscuro salpicado de estrellas perezosas, y la luna, cómplice, iluminaba la orilla de la playa, como si supiera que algo pequeño pero memorable estaba a punto de ocurrir.

A unos metros por delante, un grupo de chavales avanzaba con un altavoz portátil Bluetooth de esos que parecen más un electrodoméstico que un complemento juvenil. Grande, negro, orgulloso. Nos miramos con resignación cómplice: ya está, pensamos, ahora caerá algún reguetón machacón de los actuales, con estribillo imposible y letra de usar y tirar. Cosas de la edad, supusimos, porque uno ya va con la guardia alta ante estos artefactos sonoros.

Pero entonces ocurrió el milagro.

De aquel altavoz no brotó ningún ritmo previsible, sino los primeros acordes, claros, inconfundibles, de “La chica de ayer”. Antonio Vega irrumpiendo en el paseo marítimo de Vera como quien vuelve a casa sin avisar. Nos detuvimos en seco. Nos miramos. Sonreímos. Y, sin pedir permiso ni disculpas, empezamos a cantar a pleno pulmón:

“Un día cualquiera no sabes qué hora es…”

La noche pareció ensancharse. El mar siguió respirando a su ritmo. Y algo invisible, pero muy real, nos atravesó el pecho.

Los chicos del altavoz se giraron, primero sorprendidos, luego divertidos. Se miraron entre ellos y, con esa mezcla de incredulidad y alegría genuina que solo tiene la juventud cuando descubre un secreto compartido, soltaron la frase que selló el momento:

—¡¡Se la saben!!

Nosotros, ya cumplidos los cincuenta, pero con alma de adolescentes ochenteros, también nos miramos. Nos reconocimos en ese gesto. En esa canción. En esa certeza de que algunas melodías no envejecen: simplemente esperan. Y, satisfechos, casi solemnes, decidimos que el momento merecía un final a la altura.

Así que nos fuimos a cenar. Gambas rojas de Garrucha, como manda la ley no escrita de las costas almerienses. Marisco brillante, vino frío, conversación lenta. Porque cuando uno está de vacaciones, cuando la noche es amable y la música te ha devuelto durante unos minutos a quien fuiste, no hay prisa para nada.

Mientras cenábamos, pensamos en esos chicos del altavoz, en su inocencia sin saberlo, en su buen gusto quizá heredado, quizá descubierto por azar. Y entendimos que no todo está perdido, que hay puentes invisibles entre generaciones, tendidos con canciones, paseos nocturnos y veranos que se recuerdan sin esfuerzo.

Algunas noches no pasan a la historia por lo extraordinario, sino por lo compartido. Porque la vida, al final, no es más que eso: reconocer una canción en mitad del paseo, cantarla sin pudor y seguir caminando, un poco más jóvenes, hacia una cena que sabe mejor cuando el alma también está de vacaciones.

15.12.25

Héctor Alterio

 


Héctor Alterio se ha ido a los 96 años, pero deja una voz y una presencia que no entienden de despedidas. Actor inmenso, puente vivo entre el teatro, el cine y la memoria, supo decir los textos como quien los ha vivido antes de pronunciarlos, como si cada palabra viniera de una experiencia previa, íntima y verdadera.

Tuvimos la fortuna de verlo en marzo, en el Gran Teatro de Cáceres. Allí estaba: frágil y gigantesco a la vez, con esa dicción suya, precisa y honda, que parecía tallada en el tiempo. Sostenía el silencio de la sala con una autoridad serena, de esas que no se imponen, sino que se ganan. No actuaba: era. Y en ese “ser” cabía toda una vida dedicada al oficio, al respeto por el público y al amor profundo por la palabra.

Ya antes, en 2014, también había podido verlo en Madrid, en En el estanque dorado. Aquella función fue otra lección de contención y humanidad, de cómo envejecer sobre un escenario sin impostura, dejando que el paso del tiempo no reste, sino que sume verdad al personaje. Alterio demostraba que la vejez, en manos de un gran actor, puede ser un territorio fértil, lleno de matices y emoción.

Su carrera cinematográfica es igualmente imprescindible. Ahí están títulos como La tregua, El hijo de la novia, Cría Cuervos, La historia oficial o El crimen de Cuenca, que ayudan a entender la dimensión de un actor capaz de atravesar géneros, épocas y países sin perder nunca su identidad. Pero si hay una película que para mí ocupa un lugar especial, esa es El nido, de Jaime de Armiñán. No solo por la delicadeza y la hondura de su interpretación, sino también por lo que representa emocionalmente: fue rodada en Sequeros, pueblo de la sierra de Francia,en la provincia de Salamanca, muy cerca de nuestra adorada  Miranda del Castañar, un lugar que añade una capa íntima y cercana al recuerdo de esa película y de su trabajo en ella.

Se marcha un actor imprescindible, uno de esos que ya no abundan. Pero quedan sus palabras, sus gestos, su manera única de mirar al público como si aún quedara algo importante por contarnos. Y lo queda. Siempre.

11.12.25

La obstinada elegancia de una torre que nunca quiso ser recta

 


En 1934, a Mussolini le entró un ataque súbito de purismo arquitectónico, o de vanidad monumental, a saber, y decidió que la Torre de Pisa debía dejar de comportarse como una turista borracha y colocarse firme, erguida y obediente. Esa tendencia suya a verlo todo como una cuestión de disciplina militar le hizo pensar que una torre medieval torcida era poco menos que una afrenta al decoro nacional.

Los ingenieros del régimen, armados de taladros, hormigón y una fe ciega en las soluciones a martillazos, perforaron 361 agujeros en los cimientos y vertieron 90 metros cúbicos de un hormigón tan patriótico como inútil. La operación parecía más un experimento de alquimia fascista que un trabajo de ingeniería. El resultado fue impecable en su fracaso: la torre, ofendida quizá por el trato, se hundió un poco más en su esponjoso lecho toscano, como quien se encoge en la cama para que lo dejen en paz.

La inclinación de la torre no era ningún capricho moderno: venía inclinándose desde el siglo XII, cuando alguien tuvo la idea de construir un campanario monumental sobre un terreno más blando que el panettone. Durante siglos, arquitectos y maestros de obra intentaron corregirla con métodos más o menos sensatos. Ninguno triunfó del todo, pero al menos ninguno tuvo la desfachatez de empeorar la situación con tanto entusiasmo.

Hubo que esperar a los años noventa para que un grupo internacional de ingenieros decidiera cambiar el enfoque: menos músculos y más neuronas. En vez de intentar enderezarla como quien regaña a un recluta, optaron por comprender su caprichoso equilibrio. Con contrapesos, extracción estratégica de tierra y un respeto casi zen por la historia del monumento, lograron reducir la inclinación lo suficiente como para garantizar su seguridad sin extirparle su célebre torcedura.

Hoy la Torre de Pisa sigue siendo uno de los monumentos más visitados del planeta, no por su perfección, sino por su gloriosa imperfección. Si pudiera hablar, quizá diría, con cierto orgullo de diva: “Intentaron corregirme… y aquí sigo, inclinada, legendaria y más fotogénica que nunca.”

10.12.25

Jorge Ilegal

 


Jorge Ilegal, alma incansable de Ilegales, ha muerto a los 70 años, y con él se va algo más que un músico: se va un símbolo de libertad, descaro y coherencia. Para muchos, incluida mi generación, Jorge no era solo una voz; era una actitud. La prueba viviente de que el rock podía ser elegante y brutal al mismo tiempo, inteligente sin perder fiereza, irónico sin convertirse en parodia.

Su muerte pesa porque su vida fue un puñetazo constante contra la complacencia. Desde aquellos primeros acordes que descubrimos en cintas desgastadas, cuando Europa ha muerto sonaba casi a profecía y Soy un macarra era una broma que algunos no entendían, hasta los conciertos más recientes, donde seguía moviéndose con ese aire de tipo que había pactado solo con sí mismo, Jorge mantenía la misma esencia: la del que no se vende, la del que no se doblega.

Hay recuerdos que ahora regresan como fogonazos. Aquella primera vez que escuché Tiempos nuevos, tiempos salvajes en una antigua cinta de cassette por pura casualidad, y de repente la habitación pareció cambiar de color. O esas noches en las que, buscando algo que sacudiera el ánimo, bastaba poner un disco de Ilegales a un volumen que rozaba lo irresponsable para sentir que todo era posible… o al menos soportable.

Incluso quien no lo conoció personalmente lo siente cercano: por la crudeza lúcida de sus letras, por esa ironía fina que parecía decirte “no te tomes tan en serio, pero tampoco te rindas”.

Jorge era el tipo de artista que no hablaba para gustar, sino para decir. Y sus canciones, rabiosas, poéticas, desobedientes, se quedaron grabadas en la memoria de quienes crecimos con ellas como pequeñas brújulas en mitad del caos.

Hoy se apaga una voz irrepetible, pero permanece su eco: en los garitos oscuros, en los coches que llevaron su música a todo volumen por carreteras secundarias, en los que aprendieron que la honestidad también puede ser eléctrica.

Se va Jorge Ilegal, sí, pero quedan sus canciones como cicatrices hermosas. Y queda esa sensación íntima de que, en cierto modo, todos fuimos un poco más libres gracias a él.

4.12.25

Sueño Surrealista

 


Soñé, o eso creo, que caminaba por una llanura derretida, como si Dalí hubiese decidido darle vacaciones a los relojes y ponerlos a sudar bajo un sol de mercurio. En medio del paisaje, Diego Armando Maradona regateaba a una jirafa transparente mientras arengaba a la atmósfera: “¡La pelota no se mancha, che, pero el cielo sí que se arruga!”. A cada gambeta, el aire chisporroteaba como un vinilo viejo.

De pronto apareció Ángel Cristo montado no en un león, sino en un enorme caballito de madera que avanzaba a trompicones, como si alguien lo hubiera dejado a medio tallar. Él, solemne, levantaba una trompeta dorada que emitía sonidos de carrillón oxidado. Tras él, danzando torcido y desafiante, surgió El Langui, declamando versos imposibles: “Lo que no late, no existe; lo que existe, resbala”. Y el eco se multiplicó en cientos de pequeñas carcajadas de papel.

Fue entonces cuando un señor de Salamanca , con boina impecable y voz de profesor jubilado, irrumpió en escena para anunciar, sin venir a cuento: “La Plaza Mayor está hoy especialmente cuadrada”. Nadie le cuestionó la sentencia; en los sueños, la geometría obedece a quien habla más seriamente.

A su lado, un vendedor de sombreros ofrecía modelos imposibles: uno con alas de colibrí, otro con bigote incorporado, otro que lloraba lágrimas de fieltro inglés. Yo estuve a punto de comprarle uno, pero en ese instante Bram… o quizá Brasil Stoker, su primo tropical y algo vampírico, se deslizó entre nosotros recitando un evangelio de sombras y mangos maduros. Cada sílaba liberaba un murciélago con acento carioca.

Y para rematar, ahí, en el horizonte, caminaban The Proclaimers. Caminaban y caminaban, mil millas y mil más, pero sin llegar jamás a ningún sitio, repitiendo un estribillo que en el sueño sonaba como un himno metafísico: “We would walk to the end of logic, if only feet could think”.

Desperté con la absoluta certeza, absurda, pero solemne, de que todos ellos habían estado discutiendo algo profundamente importante. Quizá el sentido de la existencia. O quizá solo el precio de un sombrero que todavía hoy creo oír sollozar en mi mesilla.

1.12.25

Diciembre


 Diciembre llega lento,

como un susurro frío en la cristalería del alba,

con las manos cargadas de bruma

y un olor a leña que despierta a los tejados

que sueñan con echar a volar.


En sus bolsillos guarda

los últimos restos del año:

un reloj que late fuera de hora,

tres copos que cantan en coro

y un deseo dormido dentro de una nuez.


Hay un silencio nuevo en las calles,

un rumor de luces que tiemblan

como si el viento quisiera apagarlas

para dibujar con ellas un mapa secreto

sobre las ventanas empañadas.


Diciembre sabe a hogar,

a regreso de sombras amistosas,

a pasos que crujen sobre la noche

como si el suelo fuese una vieja postal

que decide contarnos su historia.


Y mientras el mundo se recoge

en el borde de un sueño,

él nos recuerda que el tiempo también se extravía,

que a veces el frío es solo un pájaro blanco

posado en el hombro del día.


Porque diciembre, en el fondo,

es la despedida más dulce del año:

esa en la que uno mira hacia atrás

y ve cómo los recuerdos bailan

con abrigos demasiado grandes,

y entiende, sin prisa,

que aún queda luz por encender

en los cajones donde duermen las horas.

30.11.25

El hijo de la cómica

 


Anoche, en el Gran Teatro de Cáceres, El hijo de la cómica se elevó como una experiencia casi acústica, un ritual en torno a la palabra y a la memoria. Y allí, en el centro exacto del escenario, José Sacristán demostró una vez más que hay voces que no envejecen: se afinan. A sus 88 años, la suya no es solo un instrumento interpretativo, sino una geografía emocional. Su timbre, esa mezcla de grava noble, ironía tierna y respiración sabia, resonó con una profundidad que hizo del teatro una caja de resonancia íntima, cálida, casi confesional.

Sacristán no recita; modula el tiempo. Cada frase cae con un peso exacto, cada pausa es un continente, cada inflexión parece pulida por décadas de oficio y verdad. Su voz no busca el efecto, sino la hondura: vibra, acaricia, rasga o reconcilia, según lo exija el texto, pero siempre desde una autenticidad que solo puede ofrecer quien ha convivido con el escenario como con un viejo amigo.

Y qué decir del texto: el libreto de Fernando Fernán Gómez, construido a partir de sus propias vivencias, desde su nacimiento en Lima hasta el año 1943, late con esa mezcla inimitable de inteligencia, memoria y melancolía que definió al autor. Es un viaje vital lleno de luz y heridas, de humor y desgarro, de infancia, humildad y supervivencia. Sacristán lo acoge con respeto casi litúrgico, pero también con la libertad de quien entiende cada pliegue emocional del relato y lo devuelve enriquecido, como si él mismo hubiese estado allí, en esos primeros años del joven Fernando.

En esa conversación silenciosa entre dos gigantes, el uno ausente, pero vivo en sus palabras; el otro, presente y colosal sobre las tablas, se teje una de esas noches que solo el teatro es capaz de regalar. Una noche en la que la voz, la memoria y el talento construyen algo que trasciende la función y se instala en quienes tuvimos la fortuna de escucharlo.

27.11.25

Niebla con billete a 1969

 Esta mañana, a las 6:00, la niebla a las afueras de Cáceres no era niebla: era directamente una máquina del tiempo mal calibrada, como si algún técnico del clima hubiera dejado el botón de “viaje al pasado” en modo prueba. De pronto, sin comerlo ni beberlo, me vi entrando en un túnel espacio-temporal y ¡zas!, aparecí plantado en la Plaza Mayor en 1969, con más frío que en el pasillo de los yogures de Carrefour… pero sin yogures.

Lo primero que me sorprendió fue la estampa: la plaza con ese brillo mate de las cosas antiguas bien cuidadas, los soportales iluminados por bombillas amarillas que parecían cansadas de alumbrar, y un Seat 600 color crema aparcado torcido, como mandaba la tradición. Entre ese silencio casi solemne y el aire cortante, el Cáceres del 69 tenía ese toque de postal que hoy sólo encuentras en las casas de los abuelos.

Y allí iba yo, caminando con mis deportivas blancas totalmente fuera de la moda de la época, cuando lo que se llevaba eran los zapatos castellanos brillantes, los pantalones de pernera estrecha y las camisas con cuello pronunciado, bien planchadas. A mi paso, un grupo de chicas con abrigos de paño y moños altos me miraron como quien observa un espécimen recién escapado del futuro.

Como uno intenta no perder el norte ni en pleno salto temporal, aproveché para sacar una foto, que ya veré cómo explico en la tienda de revelado cuando vean en la imagen coches de hace medio siglo y yo vestido como si viniera del gimnasio. Después di una vueltecita por la plaza: ni coches híbridos, ni patinetes eléctricos, ni chavales diciendo “bro-bro”; lo único eléctrico era la mirada de una señora que me vio con un móvil en la mano y murmuró “este aparato no es de este mundo, Manuel”.

Me senté en una terraza, con sillas de hierro que pesaban lo mismo que un lavadero de piedra, a tomarme un café con leche por cuatro pesetas. Cuatro. Pesetas. Casi lloro. El camarero, bigote perfectamente recortado y chaleco marrón, me llamó “caballero”. Algo que en 2025 solo me pasa si voy a una boda o a entregar papeles en Hacienda.

Y entonces ocurrió lo realmente surrealista: me crucé con el mismísimo alcalde, don Alfonso Díaz de

 

Bustamante, que iba acompañado de dos concejales y lucía un abrigo oscuro con solapa ancha y un sombrero de ala corta como salido de un noticiario en blanco y negro. Al verme tan perdido, se acercó con una cortesía de otra época:

—¿Se encuentra bien, caballero? No me suena su rostro, y suelo conocer a casi todos los de la ciudad.

—Eh… vengo de… lejos —dije, sin mentir del todo.

El alcalde sonrió.

—Pues le diré una cosa: aquí en Cáceres, si viene para quedarse, no tardará en sentirse en casa. Y si sólo está de paso… disfrute de la plaza, que hoy está especialmente hermosa.

Me quedé a cuadros. No todos los días te topas con el alcalde de 1969 mientras intentas no desintegrarte entre dos líneas temporales. Y menos con uno tan elegante, tan propio de la moda masculina de entonces: barba bien afeitada, traje recto, corbata estrecha y ese aire de autoridad sobria que ya no se fabrica.

Luego pasé por una tienda. O mejor dicho: un templo del jamón y el queso a precios que hoy serían motivo de investigación internacional. Ver un cartel que decía “Jamón bueno: 240 pesetas” me provocó una especie de crisis existencial. No me llevé media despensa porque no sabía si un vórtice espacio-temporal permite regresar cargado de chacina sin abrir un agujero negro.

Entre puesto y puesto me crucé con Manolo, el de los ultramarinos, con su delantal azul y un peinado brillantinado que también era moda de la época. Me ofreció un paquete de Chester sin filtro “para entrar en calor”. Decliné. Bastante viaje llevaba ya en el cuerpo.

Y cuando la niebla volvió a formarse en un remolino sospechoso, como diciendo “última llamada al presente” tuve que regresar deprisa. Volví con las manos vacías, que luego Hacienda pregunta.

Para la próxima visita al 69 lo tengo clarísimo:

• Comprar un par de pisos en Cánovas.

• Unos terrenos en el Olivar de los Frailes.

• Y si me queda un minuto, hablar con el señor que inventó el precio del café en 2025 para que afloje un poquito.

En fin, que la niebla cacereña será muy traicionera… pero oye, te da cada viaje. Y visto lo visto, en el próximo igual me encuentro a Camilo Sesto ensayando o a un grupo de modistas comentando la última falda de tubo llegada de Madrid. Aquí, entre un salto temporal y otro, cualquier cosa puede pasar.

19.11.25

La sombra que aún espera


 En lo alto de un risco, donde el viento parecía hablar en voz baja y las noches caían como un manto espeso, se alzaba el castillo de San Alvar. Allí, en el salón principal, un lugar donde las telarañas parecían bordados antiguos y el eco era el único habitante fiel, vagaba un fantasma llamado Don Leandro.

Leandro no era un espectro furioso ni un alma en pena que buscara venganzas. Era, más bien, una sombra triste. Había sido señor del castillo muchos siglos atrás, cuando los estandartes aún flameaban y las almenas vibraban con risas, banquetes y música de laúd. Ahora, cada piedra estaba fría y vacía, como si el tiempo hubiera vaciado no solo las salas, sino también los recuerdos de todos menos los suyos.

Cada noche, Leandro recorría los pasillos recordando su vida. Veía, como en un sueño lejano, a su esposa Elena caminando junto a él por los jardines; escuchaba la carrera de sus hijos entre los patios; sentía el orgullo de las celebraciones, del hogar lleno. Pero al intentar acercar la mano a esas visiones, todo se desvanecía como polvo dorado.

Porque todos ellos, Elena, los niños, los amigos, los sirvientes, habían partido siglos atrás hacia un lugar al que él no podía seguir.

Leandro estaba atrapado en un pequeño pliegue entre dos mundos: el de los vivos, que ya no podían verlo, y el de los muertos, que no podían recibirlo. Era como una carta olvidada entre las páginas de un libro perdido.

A veces, cuando el amanecer teñía de rosa las almenas, Leandro sentía que algo tiraba de él, como una brisa cálida que casi lo llamaba por su nombre. Pero nunca era suficiente. Algo en el castillo, sus recuerdos, su amor, su pena, o tal vez su propio miedo, lo retenía allí, como una raíz que no quiere soltarse de la tierra.

Y aun así, cada noche, él seguía caminando, murmullo entre piedras, esperando el día en que sus pasos dejaran de resonar y, por fin, pudiera cruzar el umbral que lo separaba de los suyos.

Mientras tanto, el castillo de San Alvar seguía en pie, silencioso y solitario, guardando en su interior al último de sus habitantes: un fantasma que no asustaba a nadie, porque solo deseaba dejar de estar solo.

18.11.25

Atilano Coco


 En Guarrate, un pequeño pueblo de Zamora, cuando aún las campanas marcaban las horas como si cosieran el tiempo, nació un niño de nombre suave: Atilano, nombre de santo antiguo, de campo húmedo y trigo recién cortado. Nadie imaginó entonces que su destino sería como esas luces discretas que alumbran sin reclamar aplausos, como un farol en una esquina donde casi nadie se detiene.

Desde pequeño aprendió que la fe no es un ejercicio de estruendo, sino una lumbre mínima, un rescoldo que se cuida con la mano ahuecada. Cuando escuchó por primera vez la palabra metodista, no sintió la extrañeza de lo desconocido, sino la cercanía de algo que parecía ya escrito en su interior. Y así, con esa mezcla de timidez y determinación que acompaña a los que creen sin vanidad, emprendió camino a Inglaterra, donde el viento olía a libros abiertos y a iglesias sin oro, donde la oración era un murmullo y no un desfile.

Allí, en las capillas de madera oscura, supo que su misión no sería cambiar el mundo, sino estar en él con una dignidad silenciosa. Aprendió que, a veces, la fe solo consiste en sentarse al lado del que está solo.

Regresó a España con la modestia de los que no vuelven a casa para exhibir títulos, sino para sembrar esperanza. Volvió a Salamanca, a esas calles que parecen hechas para que los pasos resuenen, y allí levantó su pequeña iglesia, abierta como un libro cotidiano. Predicaba como quien habla con un vecino: sin altivez, sin dogma de piedra, sin temor a la duda. Y muchos, incluso los que no creían, reconocían en él la rara virtud de la coherencia.

Fue entonces cuando Miguel de Unamuno lo miró con interés. El rector, hecho de preguntas abrasadoras, de tempestades internas, veía en Coco algo que en él mismo escaseaba: la serenidad de quien ha elegido un camino y lo recorre sin ira. Atilano, por su parte, veía en Unamuno un alma contradicha que buscaba, como él, un refugio en la conciencia.

Solían caminar juntos por el casco viejo. Uno era incendio; el otro, brasa. Uno preguntaba; el otro escuchaba. Dos hombres tan distintos que parecían necesarios el uno para el otro.

Llegó el verano del 36 como llega un viento que arranca techumbres. Y a ese viento lo llamaron Guerra Civil. Las palabras se volvieron armas, la fe un campo de batalla, y la diferencia un delito.

Para un pastor protestante, en una España que exigía uniformidad espiritual, el peligro se volvió cotidiano. Pero Atilano no quiso esconderse. Siguió visitando enfermos, consolando familias, predicando con voz baja mientras por la ciudad resonaban otras voces que pedían pureza, obediencia, silencio.

Una noche lo apresaron. No hubo gritos ni resistencia; solo la firmeza de quien sabe que la violencia no entiende de razones, pero que aun así no renuncia a ellas. Lo acusaron de masonería, esa palabra mágica que entonces servía para encender hogueras, y también de ideas subversivas. Que un pastor hablase de libertad de conciencia ya era subversión suficiente para tiempos que exigían sumisión.

Unamuno intercedió. Lo hizo con la desesperación del que ve cómo la historia, esa bestia ciega, se lleva por delante a los justos y deja indemnes a los crueles. Pero su voz llegó tarde o llegó a oídos sordos, que en esos meses era lo mismo.

En prisión, Atilano escribía pequeñas notas en los márgenes de cualquier papel que encontraba. No pedía clemencia ni justificaba nada. A veces solo anotaba un versículo, o los nombres de su esposa y sus hijas, como quien escribe salmos personales para que no se los devore la memoria del miedo.

Los presos decían que tenía una paciencia extraña, casi luminosa. Mientras otros lloraban o maldecían, él parecía habitar un silencio suyo, como si protegiera a los demás del ruido interior.

La madrugada del 9 de diciembre de 1936 lo condujeron hacia la tapia donde tantos otros habían sido llevados. El frío era un espejo. El cielo, un pozo oscuro. Nadie anotó sus últimas palabras; no hubo testigos que quisieran recordarlas. Pero se dice que su mirada, antes del disparo, no tenía rencor.

Murió joven, demasiado joven, apenas un hombre que empezaba a construir futuro.

Después, como sucede con los hombres sin poder, su historia quedó enterrada bajo papeles oficiales, bajo silencios familiares, bajo la costumbre española de olvidar lo incómodo. Pero la memoria tiene la costumbre obstinada de volver, igual que una raíz atraviesa la piedra.

Y así, con los años, su nombre volvió a escucharse en templos protestantes, en libros, en estudios universitarios, en manos que buscaban justicia para quienes la guerra convirtió en sombra.

Hoy, Atilano Coco no es solo un pastor protestante ni solo un fusilado. Es una figura de luz tenue, de esas que no ciegan, pero acompañan. Una presencia que nos recuerda que hay vidas que, sin ruido, sin gestos teatrales, se convierten en ejemplos. Que la integridad, esa virtud que tanto escasea, puede vivirse de forma callada y firme, como un canto que solo escucha quien quiere escuchar.

Es, en definitiva, la historia de un hombre que eligió ser fiel a sí mismo, aun cuando el mundo se volvió en su contra.

Un hombre humilde. Un creyente tranquilo.

Un nombre que vuelve.


15.11.25

Cumplir 53


 Cumplir 53 es un poco como abrir una caja que no recordabas tener: al principio te asustas (“¿pero esto estaba aquí?”), luego te reconoces (“anda, si esto es mío”) y, finalmente, te ríes porque dentro hay recuerdos, achaques opcionales y un número creciente de invitaciones a reencuentros donde todos fingen que “están igual que siempre”.

A los 53 descubres que ya no quieres impresionar a nadie. Que la siesta deja de ser un vicio para convertirse en un derecho constitucional. Que los camareros te llaman “caballero” pero tú sigues sintiéndote más cerca del chaval que pedía medios de vino con limón en vaso de plástico y hamburguesa de la casa, en la desaparecida "La Encina".

A los 53 aprendes que la vida no se cuenta por años, sino por anécdotas: por esas veces en que reíste hasta dolerte la espalda, por las personas que se quedaron incluso cuando no estabas de humor, por las canciones que sigues cantando aunque ya no puedas alcanzar las notas y por los errores que, mira, al final resultaron ser atajos y grandes soluciones en la vida. 

A los 53 ya tienes claro que tu memoria funciona como el almacenamiento del móvil: está llena. Y si quieres meter algo nuevo, tienes que borrar tres cosas: normalmente, dónde dejaste las llaves, para qué entraste en la cocina y cómo se llama el vecino del tercero que lleva saludándote más de 20 años.

También descubres una sabiduría rara y preciosa: la de saber decir que no sin sentirte culpable, la de valorar más una buena compañía que una buena hora de llegada, la de entender que el plan perfecto es aquel que no exige nada salvo estar.

Cumplir 53 no es envejecer: es afinarte. Es como pasar de ser proyecto a ser versión definitiva (con alguna actualización pendiente, vale, pero estable). Es darte cuenta de que lo imprescindible cabe en un puñado de afectos y que lo demás… lo demás son historietas para reírte cuando toquen los 54.

Y lo mejor de cumplir años es la sensación, secreta pero real, de que aún queda muchísimo por estrenar: viajes, canciones, lecturas, vinos, amistades, tonterías que contar y fotos donde puedo asegurar que “salgo fatal”.

Así que, si como yo, cumples 53, felicidades: estás en la edad perfecta para tomarte la vida en serio, pero a ti mismo, nunca.

13.11.25

Los Javis


 No "sus" riais, pero estoy con un desasosiego y un principio de incertidumbre que no puedo soportar. Primero han sido Andy y Lucas, y confieso que aquello ya me ha dejado tocado. Una separación inesperada, un cataclismo sentimental de los que no llenan los informativos, pero sí dejan un silencio incómodo en el corazón de la rumbita pop española. Ahora son Los Javis los que anuncian su ruptura, y sinceramente, ya no sé si tengo fuerzas para otro golpe así.

Estamos viviendo un año durísimo para esas parejas en las que nunca supimos quién era quién, esos dúos que parecían concebidos por clonación más que por coincidencia. La ciencia aún no ha podido explicarlo, pero el ojo humano no distingue a ciertos binomios: uno empieza una frase y el otro la termina, uno parpadea y el otro ya está llorando por la misma emoción estética.

Con Los Javis no sabíamos quién dirigía y quién lloraba, quién decía “acción” y quién decía “bravísimo”. Eran un único ente luminoso, un concepto artístico con dos DNI. Y ahora, de pronto, el universo se desequilibra.

Se nos está desmoronando un sistema de referencias. Si esto sigue así, cualquier día Los Pimpinela anuncian “diferencias creativas con la canción de desamor”, Ibai y Piqué se reparten la custodia de Twitch, y David y José Muñoz, los Estopa, piden el indulto emocional en La Sexta Noche.

No se trata solo de música o de televisión: es el fin de una era. Aquella en la que crecimos creyendo que la amistad era un contrato vitalicio y las parejas artísticas, un matrimonio sagrado. Andy y Lucas, los Javis, Tip y Coll, Martes y Trece, Cruz y Raya… ¿quién queda? ¿A quién acudiremos ahora cuando necesitemos un referente de simbiosis absoluta? ¿A Mario y Luigi?

Lo peor es que uno ya no puede fiarse de nadie. Detrás de cada dúo hay un futuro comunicado de Instagram escrito con tono amable y foto en blanco y negro. “Nos queremos mucho, seguiremos siendo amigos”, dicen todos. Pero el daño ya está hecho: el público huérfano, los memes de luto, los fans en modo orfandad emocional.

Quizá sea el signo de los tiempos. La posmodernidad no destruye instituciones: las disuelve con un filtro sepia y una nota de voz. Y así vamos, navegando entre separaciones, hashtags y nostalgia.

Yo, por si acaso, voy preparando el alma para el próximo golpe. Porque si un día de estos me despierto y los del Río anuncian que se separan, juro que me doy de baja del siglo XXI.

11.11.25

Frankenstein: belleza, culpa y Netflix


 Es tan cíclico lo de resucitar a los clásicos que ya ni nos sorprende: cada década parece necesitar su propio Frankenstein y su propio Drácula, como si Hollywood y Europa compitieran por ver quién levanta antes al muerto. Y mientras Guillermo del Toro presenta su versión de Frankenstein en 2025, Luc Besson estrena en pocos días un nuevo Drácula. Sí, Luc Besson, el de El quinto elemento, porque claro, el conde transilvano necesitaba urgentemente una persecución con neones y música electrónica. En fin, el eterno retorno de los monstruos.

Pero volviendo a Frankenstein: lo de Del Toro no es una simple resurrección, sino una misa fúnebre con orquesta, lluvia perpetua y alma de tragedia romántica. Visualmente es un festín, un delirio gótico que solo él podría firmar, lleno de texturas húmedas, luces doradas y ecos de pintura flamenca. Jacob Elordi, con esa mezcla de belleza y extrañeza, da vida (literalmente) a la criatura más humana que se ha visto en mucho tiempo, y Oscar Isaac compone un Víctor Frankenstein atormentado, un hombre que juega a ser dios y acaba convertido en su propio monstruo. La película tiene esa atmósfera de cuento moral y de ruina moral que Del Toro maneja como nadie. Todo suena, se ve y se siente como una tragedia de gran pantalla. Y sin embargo, aquí viene la ironía: la mayor película gótica del año se estrena, salvo por escasos días en algunos días, directamente en Netflix.

 Frankenstein no es una película para ver en casa con el móvil vibrando al lado: es para verla en una sala oscura, con el sonido retumbando y el rostro de la criatura iluminado por un rayo. Pero nada, aquí estamos, reviviendo la épica de Shelley en el sofá, mientras Netflix te sugiere “ver también Emily in Paris”. Da un poco de pena, no por la película, que es magnífica, sino porque el rito se ha perdido.

Y si comparamos esta versión con las clásicas, el ejercicio se vuelve aún más interesante. Frente al hierático y trágico monstruo de Boris Karloff en la joya de James Whale (1931), el de Elordi es más introspectivo, más sensible, casi un ángel caído que se sabe víctima de la ambición ajena. Donde Whale construía horror y piedad en blanco y negro, Del Toro añade lirismo, carne y culpa. Frente al delirio visual de Kenneth Branagh en 1994, aquella Mary Shelley’s Frankenstein que era tan ampulosa como fascinante, esta versión resulta más contenida, más melancólica y más fiel al espíritu filosófico del original. Del Toro no busca el susto ni el exceso romántico, sino la poesía de lo maldito.

En conjunto, es una película enorme, hermosa, barroca y emocional. Y aunque algún purista pueda decir que el barroquismo de Del Toro roza lo excesivo, lo cierto es que pocos directores contemporáneos filman con tanto respeto por la materia del mito. Si Whale dio forma al monstruo, Branagh lo vistió de tragedia, y Del Toro lo ha envuelto en alma y conciencia.

Así que sí, otra vez Frankenstein. Pero esta vez, el monstruo respira. Y, por desgracia, lo hace frente a la pantalla de tu televisor, cuando debería rugir en la oscuridad de un cine.

6.11.25

Tarde de Noviembre en Elvas

 Se ha dormido el sol sobre la frontera,

y el Guadiana calla, como rendido;

tus manos, leves, tienen el sonido

de quien aún sueña, pero ya espera.


Cruza el otoño su primavera

de luces breves y amor contenido;

y el mundo, aunque incierto y dividido,

parece justo si estás, siquiera.


No sé qué haremos con los inviernos,

ni qué palabra pondrá el destino,

ni a qué puerto nos lleven los días.


Pero hay calor en tus ojos tiernos,

y en su reflejo, puro y vecino,

se hace feliz lo que no sabías.



27.10.25

La burbuja de la tarta de queso

 Vivimos en la era dorada de la tarta de queso. Da igual a dónde vayas: restaurante fino, tapería de toda la vida, gastrobar con bombillas colgando, mesón con mantel de cuadros, hamburguesería “artesana”, cafetería con nombre en inglés o bar de polígono con menú a 12,50. En todos lados, ahí está, agazapada en la carta como si fuera un requisito legal: tarta de queso. Y claro, siempre “casera”. Todo es “casero”. Da igual que venga envuelta en plástico individual, que lleve más horas en la nevera que la momia de Tutankamón, o que tenga el mismo sabor que el envase. Tú preguntas con inocencia:

—¿Es casera?

Y el camarero responde sin pestañear:

—Claro, hombre. La hace una señora que conocemos.

Sí, la señora… La Señora de las Tartas Industriales, la misma que surte a 400 bares y cuya receta secreta se guarda en un pendrive de Mercadona.

Luego está el sirope, ese charco rojo fosforito que parece un accidente de pintura. Lo echan por encima como si quisieran borrar las pruebas del crimen. “Sirope de frutos del bosque”, dicen. Pero ni un fruto ni un bosque: pura química con sabor a chicle barato. Y cuidado con el azul, que ese ya es directamente radiactivo.

Por si fuera poco, coronan el desastre con nata de spray. Un suspiro de gas propulsor que dura lo mismo que la ilusión del primer bocado. La ponen al lado de la tarta como si fuera un acompañamiento gourmet, y tú piensas: esto no es nata, es espuma de afeitar con complejo de postre.

Y así vamos, atrapados en la burbuja de la tarta de queso. Nadie se atreve a pedir otra cosa por miedo a quedar como raro. El flan ya es arqueología culinaria, el arroz con leche está en peligro de extinción y el tocino de cielo solo sobrevive en conventos o en recuerds de abuela. Pero cuidado, que toda burbuja explota. Y el día que lo haga, habrá bares con cámaras llenas de tartas sin dueño, camareros llorando sobre el sirope y chefs buscando desesperados en Google cómo se hace un flan.

Mientras tanto, seguiremos comiendo “tarta de queso casera” que viene en camión refrigerado, sonriendo y diciendo:

—Está buena, ¿eh?

Y sí… está buena, como todas. Porque, sinceramente, ya ni distinguimos si estamos comiendo queso, nata o nostalgia con sabor a estafa.

Y cuando llegue el Apocalipsis, ese de verdad, con fuego, langostas y reguetón, no quedarán ni los bancos ni los políticos… pero ahí seguirá ella: la tarta de queso, intacta, con su sirope brillante y su nata de spray todavía aguantando el tipo.

Porque si algo es eterno en este país, no es la fe ni el amor: es la tarta de queso “casera” del menú del día.